Cuando los bistecs estuvieron a punto la comida de la señora Gutiérrez era un vago recuerdo, por lo que devoré con mucho apetito. Nos sentamos lado a lado en la mesita de la cocina, mirando, a través de los cristales emplomados, cómo las luces se apagaban en las colinas, como si fueran las linternas de un lejano grupo de rescate. Apoyó su cabeza en mi hombro. Mi brazo la rodeó, mientras las yemas de mis dedos reseguían al tacto su rostro. Nos turnamos bebiendo de un único vaso de vino.
– Te quiero -dije.
– Yo también te quiero -me besó bajo la barbilla. Y, después de más sorbitos-: Hoy estuviste investigando esos asesinatos, ¿no es así?
– Sí.
Tomó fuerzas con un trago largo y volvió a llenar el vaso.
– No te preocupes – me tranquilizó -, no te voy a dar la bronca otra vez. No puedo hacer ver que me gusta lo que estás haciendo, pero no voy a intentar controlarte.
La apreté contra mí, a modo de gracias.
– Quiero decir que a mí no me gustaría que tú te portases así conmigo, de modo que yo no lo voy a hacer contigo.
Estaba haciendo la típica definición de la libertad individual, pero la preocupación seguía metida dentro de su voz, como un moscón dentro de una gota de ámbar.
– Tengo cuidado de mí mismo.
– Sé que lo tienes -aceptó, con demasiada rapidez-. Eres un hombre inteligente y puedes cuidar de ti mismo.
Me pasó el vino.
– Si quieres hablar de ello, te escucharé, Alex. Dudé.
– Cuéntamelo, quiero saber lo que está pasando.
Le hice un resumen de lo que había pasado en los últimos dos días, acabando con mi enfrentamiento con Andy Gutiérrez, pero dejando fuera los diez minutos turbulentos con Raquel.
Me escuchó, preocupada y atenta, lo digirió, y me dijo:
– Comprendo el porqué no puedes dejarlo correr. Son tantas cosas sospechosas, sin un hilo que las conecte…
Tenía razón. Era un Gestalt a la inversa, en el que el total era mucho menos que la suma de las partes. Un conjunto desconectado de músicos, rascando, soplando, golpeando, y todos ellos ansiando un director. Pero ¿quién infiernos era yo para hacerme el Ormandy?
– ¿Cuándo se lo vas a contar a Milo?
– No se lo voy a contar. Hablé con él esta mañana y, básicamente, me dijo que me cuidara de mis propios asuntos, que me mantuviese apartado.
– Pero es su trabajo, Alex. Él sabrá lo que hay que hacer.
– Cariño, a Milo le va a dar un ataque cuando le diga que he visitado La Casa.
– Pero ese pobre chico, el retrasado… ¿no hay nada que él pudiera hacer?
Negué con la cabeza.
– No es bastante. Tendrán una explicación para eso. Milo tiene sospechas… apostaría que muchas más de lo que me ha dejado ver, pero está limitado por las reglas y los procedimientos.
– Y tú no lo estás -dijo, suavemente.
– No te preocupes.
– No te preocupes tú. Yo no voy a intentar detenerte. Lo que dije, lo dije en serio.
Bebí más vino. Mi garganta se había constreñido y el frío líquido era astringentemente suavizador.
Se alzó y se quedó en pie tras de mí, poniendo sus brazos sobre mis hombros. Era un gesto no muy diferente al que yo le había ofrecido a Raquel justo unas pocas horas antes. Se inclinó hacia adelante y jugueteó con la línea de vello que biseccionaba verticalemente mi abdomen.
– Yo estoy aquí, Alex, por si me necesitas.
– Siempre te necesito, pero no para meterte en una letrina como ésta.
– Siempre que me necesites, aquí estaré.
Me alcé de la silla y la atraje hacia mí, besando su cuello, sus orejas, sus ojos. Ella echó hacia atrás la cabeza y yo puse mis labios en el cálido pulso que había en la base de su garganta.
– Vamonos a la cama y acurruquémonos el uno contra el otro -dijo ella.
Puse la radio y sintonicé la KKGO. Sonny Rollins estaba extrayendo una sonata líquida de su trompeta. Enchufé una luz suave y aparté la sábana.
La segunda sorpresa de la velada estaba allí: un sobre blanco tamaño carta de negocios, sin señal alguna y parcialmente cubierto por la almohada.
– ¿Esto estaba aquí cuando llegaste?
Ella se había quitado la bata. Ahora se la llevó al pecho, buscando cubrirlo, como si el sobre fuera un intruso, vivo y que respirase.
– Podría ser. No entré en el dormitorio.
Lo abrí, rasgándolo con la uña de mi pulgar, y saqué la solitaria hoja de papel en blanco que había dentro, doblada. La página estaba desprovista de fecha, dirección o cualquier logotipo que la identificase. Era sólo un rectángulo blanco, repleto de líneas de escritura a mano que caían, pesimísticamente, hacia abajo. La letra, apretada y arañesca, me resultaba familiar. Me senté al borde de la cama y leí:
Querido Doctor:
Dejo esto esperando que duermas en tu cama en el próximo futuro, y que así tengas la oportunidad de leerlo. Me tomé la libertad de forzar la puerta trasera para entrar y dejarlo aquí… por cierto deberías ponerle una cerradura mejor.
Esta tarde he sido sustituido en el trabajo que efectuaba respecto al caso H-G. El capitán cree que el caso será beneficiado por la infusión de sangre fresca. La nada oportuna elección de las palabras fue suya. Tengo mis dudas acerca de su motivación para esto, pero lo cierto es que no he establecido nuevos récords en el trabajo detectivesco, de modo que no me encontraba en posición de discutir con él.
Debo haber parecido bastante hundido por la noticia, porque de repente se ha mostrado muy amistoso conmigo y me ha sugerido que me tomase un descanso. De hecho, se ha mostrado muy al corriente de mi ficha personal, sabiendo que yo había acumulado cantidades de tiempo de vacaciones no usado, y urgiéndome a que me lo tomara.
Al principio no me mostré excesivamente contento con la idea, pero luego he empezado a considerarla como excelente. He hallado mi lugar en el soclass="underline" un simpático y pequeño oasis llamado Ahuacatlán, justo al norte de Guadalajara. Algunas comprobaciones preliminares vía conferencia a larga distancia me han revelado que el dicho burgo está extremadamente adecuado para que disfrute de algunos de mis intereses recreativos. En especial la caza y la pesca.
Espero estar fuera durante dos o tres días. El contacto telefónico es tenue e indeseable… a los nativos les preocupa mucho el guardar su intimidad. Te llamaré cuando regrese. Mis saludos a Stradivarius (¿o es Stradivarieta?), y no te metas en problemas.
Te aprecia, Milo
Se la di a Robin para que la leyera. La acabó y me la devolvió.
– ¿Qué es lo que dice… que le han echado a patadas del caso?
– Sí. Probablemente a causa de presiones externas. Pero se va a Méjico a comprobar el pasado de McCaffrey. Aparentemente, cuando llamó allá abajo por teléfono sacó lo bastante como para que le interesase comprobarlo más a fondo.
– ¿Y lo está haciendo a espaldas de su capitán?
– Debe creer que merece la pena – Milo era un hombre valiente, pero no era ningún mártir. Deseaba conservar su pensión tanto como cualquier otro.
– Entonces tú tenías razón. Acerca de La Casa -se metió bajo la ropa de la cama y se cubrió hasta la barbilla. Se estremeció, y no era de frío.
– Sí -el tener razón nunca me había parecido tan poco reconfortante.
La música de la radio llegó a un climax, tras girar algunas esquinas y de repente hizo una inesperada pirueta. Un batería se había unido a Rollins, y abofeteaba un tam – tam tropical en sus tambores… Sólo se me ocurría pensar en caníbales y lianas repletas de serpientes. Cabezas reducidas…
– Abrázame.
Me metí junto a ella y la besé y la abracé y traté de actuar con calma. Pero durante todo el tiempo mi mente estaba en otro lugar, perdida en algún trozo congelado de tundra, flotando mar adentro.
19
El vestíbulo de entrada al Centro Médico Pediátrico del Oeste estaba forrado con placas de mármol grabadas con los nombres de benefactores, muertos ya hacía tiempo. Dentro, el vestíbulo principal estaba lleno con los heridos, los enfermos y los condenados. Padres se mordían las uñas, se peleaban con impresos del seguro y trataban de no pensar en las pérdidas de las masculinidad resultantes de los encontronazos con la burocracia. Los bebés correteaban, colocando sus manos en el mármol, apartándolas rápidamente al notar el frío y dejando tras de sí sucios recuerdos. Un altavoz llamaba nombres y los elegidos se tambaleaban hasta el mostrador de admisiones. Una dama de cabello azulado, con el uniforme a rayas verdes y blancas de los voluntarios de hospitales estaba sentada tras el mostrador de informaciones, tan desconcertada como aquellos a los que se le había mandado asistir.