En un rincón lejano del vestíbulo, niños y mayores estaban sentados en sillas de plástico y miraban la televisión. El aparato sintonizaba un serial que sucedía en un hospital. Los doctores y las enfermeras de la pantalla vestían de un blanco impoluto, tenían el cabello arreglado de peluquería, rostros perfectos y dientes que irradiaban un destello mucoso mientras conversaban en tonalidades lentas, delicadas y bajas acerca del amor, el odio, la angustia y la muerte. Los doctores y las enfermeras que se abrían paso a codazos por el vestíbulo eran, en su conjunto, mucho más humanos: de ropas arrugadas, con ojos de sueño, acosados. Los que entraban se apresuraban, respondiendo a buscapersonas y llamadas telefónicas de emergencia. Los que salían lo hacían con la premura de presos que se escapan, temiendo llamadas de regreso a sus salas en el último momento.
Yo me había puesto mi bata blanca y placa del hospital y llevaba un maletín, cuando las puertas automáticas me permitieron entrar y el guardián, de unos sesenta años y nariz rojiza, me saludó al pasar:
– Buenos días, doctor.
Bajé en ascensor hacia el sótano, junto a una derrotada pareja de negros en la treintena y su hijo, un marchitado chico grisáceo de nueve años, que estaba en una silla de ruedas. En el semisótano se nos unió una técnica de laboratorio, una chica gorda que llevaba una cesta con jeringas, agujas, tubos de goma y tubos de cristal llenos con el jarabe rubí de la vida. Los padres del chico en la silla de ruedas miraron con ansia la sangre; él giró la cabeza hacia la pared.
El viaje terminó en un estremecimiento. Fuimos vomitados a un pasillo amarillo mugriento. Los otros pasajeros giraron a la derecha, hacia el laboratorio. Yo fui en la otra dirección, llegué a una puerta señalada «Historiales Médicos», la abrí y entré.
Nada había cambiado desde que yo me había ido. Tuve que ponerme de lado para pasar por el estrecho pasadizo abierto entre los montones de historiales, amontonados desde el suelo al techo. Aquí nada de ordenadores, nada de intentonas de alta tecnología para ordenar las decenas de millares de carpetas marrones en algo que pareciese un sistema coherente. Los hospitales son instituciones conservadoras, y el Pediátrico del Oeste era el más retrógado de todos, dando al progreso la misma bienvenida que un perro le da a la sarna.
Al final del corredor había una pared gris desnuda. Justo frente a ella se sentaba una joven filipina, de aspecto adormilado, que estaba leyendo una revista de modas.
– ¿Puedo ayudarle?
– Sí. Soy el doctor Delaware. Necesito el historial de uno de mis pacientes.
– Podía haber hecho que su secretaria nos llamase, doctor, y se lo hubiéramos enviado.
Seguro. Dentro de dos semanas.
– Se lo agradezco, pero necesito verlo ahora mismo y mi secretaria aún no ha llegado.
– ¿Cómo se llama el paciente?
– Adams. Brían Adams -la sala estaba dividida alfabéticamente. Había elegido un apellido que la llevaría al extremo más alejado de la sección A- K.
– Si me llena este formulario, yo misma se lo buscaré. Llené el impreso, mintiendo con toda naturalidad. Ella no se molestó en mirarlo y lo dejó caer en un archivador metálico. Cuando se hubo ido, oculta tras los montones, yo fui a la parte L- Z de la habitación, busqué entre las N y hallé lo que buscaba. Me lo guardé en el maletín y regresé.
Ella volvió minutos más tarde.
– Tengo aquí tres Brian Adams, doctor. ¿Cuál de ellos es?
Miré los tres y elegí uno al azar.
– Éste es.
– Si me firma esto – alzaba un segundo formulario-, puedo dejarle llevárselo en préstamo durante veinticuatro horas.
– No habrá necesidad de eso. Lo puedo examinar aquí. Hice toda una pantomima de parecer muy estudioso, mientras hojeaba el historial médico de Brian Adams, de once años, admitido cinco años antes para un rutinaria tonsiloctomía; chasqueé la lengua, agité la cabeza, tomé algunas notas sin sentido, y se lo devolví.
– Gracias. Me ha sido usted de una gran ayuda.
No me contestó, habiendo regresado ya al mundo del camuflaje cosmético y el vestuario diseñados para el segmento sadointelectual.
Hallé una sala de conferencias vacía, pasillo abajo, junto al depósito de cadáveres, cerré la puerta por dentro y me senté para examinar las crónicas finales de Cary Nemeth.
El chaval había pasado las últimas veintidós horas de su vida en la Unidad de Cuidados Intensivos del Pediátrico del Oeste, ni un segundo de las cuales había estado consciente. Desde un punto de vista médico era un caso abierto y cerrado: sin esperanzas. El interno que lo había admitido había tomado sus notas de un modo factual y objetivo, titulándolas Auto contra Peatón, en esa extraña jerga de la medicina que hace que las tragedias suenen a acontecimientos deportivos.
Había sido traído por una ambulancia, aplastado, golpeado, con el cráneo hecho trizas, con todas sus funciones corporales perdidas, excepto las más rudimentarias. Y, sin embargo, millares de dólares habían sido gastados en retrasar lo inevitable, y se habían escrito las suficientes páginas como para hacer un historial médico del tamaño de un libro de texto. Las hojeé: notas de las enfermeras, con su contabilidad compulsiva de entradas y salidas, con el niño reducido a centímetros cúbicos de fluido y fontanería; gráficos de la UCI, notas de progresos, ése sí que era un chiste cruel, consultas a neurocirujanos, nefrólogos, neurólogos, radiólogos, cardiólogos; pruebas de sangre, rayos X, scanners, desviaciones, suturas, alimentaciones intravenosas, suplementos nutritivos parenterales, terapia respiratoria y, finalmente, la autopsia.
Cosido con una grapa al interior de la contraportada estaba el informe del Sheriff, otro ejemplo de reducción a través de la jerga. En su igualmente precioso dialecto, Cary Nemeth era la V, o sea la Víctima.
La V había sido arrollada desde atrás mientras caminaba hacia abajo por la Malibú Canyon Road, justo antes de la medianoche. Iba descalzo y vestía un pijama, amarillo, tenía buen cuidado en señalar el informe. No habían señales de frenada, lo que había llevado al Diputado del Sheriff que hacía el informe a suponer que la V había sido impactada con toda la fuerza del coche. Y, por la distancia a la que había sido lanzado el cuerpo, se estimaba la velocidad del vehículo entre los sesenta y cinco y los ochenta y cinco kilómetros por hora.
El resto era papeleo, un bocadillo de cartulina para algún ordenador del centro.
Era un documento deprimente. Nada de él me sorprendía. Ni siquiera el hecho de que el pediatra de Cary Nemeth, el médico que había firmado el certificado de defunción, fuera Lionel Willard Towle, Doctor en Medicina.
Dejé el historial metido bajo un montón de placas de rayos X y caminé hacia el ascensor. Dos chavales de once años se habían escapado de una sala y estaban haciendo una carrera de sillas de ruedas. Pasaron dando alaridos, con sus tubos intravenosos agitándose como látigos, y yo tuve que echarme a un lado para evitarlos.
Tendí la mano hacia el botón del ascensor y oí mi nombre:
– ¡Hola, Alex!
Era el Director Médico, que venía charlando con un par de internos. Los despidió y se acercó a mí.
– Hola, Henry.
Había ganado unos cuantos kilos desde la última vez que lo había visto, con su papada luchando contra los confines del cuello de su camisa. Su complexión era poco saludablemente rubicunda. Tres cigarros sobresalían del bolsillo del pecho.