Выбрать главу

– Tan bien como cabría esperar. Ya sabes cómo son los doctores.

Hice una mueca.

– Soy un accesorio más -dijo -. Si algún día trasladan la oficina, me llevarán con el resto del mobiliario.

Miré su cuerpo, arriba y abajo.

– No creo que nadie te pueda confundir con el mobiliario. Ella rió nerviosamente y se retocó el cabello con un gesto reflejo.

– Gracias -el autoescrutinio se hizo demasiado perturbador, por lo que me puso a mí bajo los focos.

– ¿Qué es lo que te ha traído aquí?

– Estoy atando cabos sueltos… acabando unos historiales incompletos, papeleo. No me he preocupado demasiado de estar al día en mi correo. Me parece que recibí un aviso de que estaba retrasado en el pago de mis cuotas colegiales.

– No recuerdo haberte mandado ninguno, pero podría haberlo hecho alguna de las otras chicas. Estuve fuera un mes. Por una operación.

– Lamento oír eso, Cora. ¿Todo va bien ahora?

– Problemas femeninos -sonrió-. Dicen que estoy muy bien.

Su expresión indicaba que los que decían tal cosa eran unos redomados mentirosos.

– Me alegro.

Cruzamos nuestras miradas; por un momento, pareció tener veinte años, inocente y esperanzada. Me dio la espalda, como si quisiera que esa imagen fuera la que me quedase en la mente.

– Déjame comprobar tu ficha..

Se alzó y abrió un archivador laqueado en negro, del que sacó una carpeta azul.

– No -me dijo- estás al correinte. Recibirás una notificación para el pago del próximo año, en un par de meses.

– Gracias.

– No hay por qué. Volvió a guardar la carpeta.

– ¿Hace una taza de café? -inquirí en modo casual. Me miró, luego miró su reloj.

– No me toca un descanso hasta las diez, pero, ¿qué infiernos? Sólo se vive una vez… ¿no?

– Justo.

– Déjame ir al cuarto de las niñas y arreglarme un poco.

Se ahuecó el cabello, recogió su bolso y salió de la oficina para ir al lavabo que estaba al otro extremo del pasillo.

Cuando vi que la puerta se cerraba tras ella me acerqué al archivador. El cajón que ella había abierto estaba marcado «Personal, A- G». Dos cajones más abajo hallé lo que buscaba. Y fue a parar al interior del buen maletín.

Estaba esperando junto a la puerta cuando ella regresó, lavada sonrosada y hermosa, y oliendo a pachuli. Tendí mi brazo y ella lo cogió.

Tomando el café del hospital la estuve escuchando. Me habló de su divorcio, una herida de siete años de antigüedad que no acababa de cicatrizar, de la hija quinceañera que la estaba volviendo loca de hacer excatamente lo mismo que ella había hecho cuando era una adolescente, problemas con el coche, la insensibilidad de sus superiores, la injusticia de la vida.

Era extraño el llegar a conocer, por primera vez, a una mujer en cuyo cuerpo yo me había introducido. En el juego de palabras cruzadas que es el apareamiento actual, había mucha más intimidad en sus narraciones de penas y pesares que la que había habido en el abrir de sus piernas.

Nos separamos como amigos.

– Vuelve otra vez a visitarme, Alex.

– Lo haré.

Caminé hacia el aparcamiento, maravillándome de la facilidad con que me podía poner la máscara del engaño. Siempre me había gratificado a mí mismo con una autoconside-ración de integridad. Pero, en los últimos tres días, me había convertido en un experto en robo con disimulo, ocultamiento de la verdad, mentira descarada con faz imperturbable y putañeo emocional.

Debía de ser a causa de las malas compañías.

Fui hasta un coquetón restaurantito italiano en el Oeste de Hollywod. El local acababa de abrir y yo estaba solo en mi cubículo de la parte de atrás. Ordené escalopines al Marsala, un acompañamiento de linguini con ajo y aceite y una Coors.

Un camarero que arrastraba los pies me trajo la cerveza. Mientras esperaba la comida abrí el maletín y examiné mi botín.

La ficha de Towle tenía cuarenta páginas de largo. La mayor parte consistía en fotocopias de sus diplomas, certificados y premios. Su curriculum vitae eran veinte páginas de baladronadas, marcadamente desprovistas de toda cita a publicaciones científicas… había sido coautor de un breve informe cuando era un interno y no había vuelto a escribir nada desde entonces… y en cambio estaba lleno de entrevistas en la radio y televisión, conferencias a grupos de personas no médicas, servicios voluntarios a La Casa y otras organizaciones similares. Y, sin embargo, era catedrático con todas las consecuencias de ello en la Facultad de Medicina. ¿Dónde estaba aquí el rigor académico?

El camarero me trajo la ensalada y un cesto con panecillos. Tomé la servilleta con una mano e iba a meter de nuevo el historial en el maletín con la otra, cuando algo en la primera página de la ficha resumen atrajo mi atención.

En la casilla marcada como universidad en la que cursó sus estudios él había indicado: Jedson Colege, Bellevue, Washington.

20

Me fui a casa, llamé al Los Ángeles Times y pedí por Ned Biondi, en Noticias Locales. Biondi era uno de los redactores jefes del periódico, un tipo bajito y nervioso, que parecía salido de la película Primera Página. Yo había tratado a su hija quinceañera de anorexia nerviosa hacía unos años. Biondi, con su salario de periodista, no había podido lograr reunir el dinero para el tratamiento (eso complicado por su tendencia a apostar por el caballo equivocado en Santa Anita). Pero la chica tenía problemas y yo había hecho la vista gorda. Le había costado año y medio liquidar la deuda. Su hija había quedado curada tras unos meses de irle arrancando capas de odio a sí misma, que estaban sorprendentemente osificadas tratándose de alguien que sólo tenía diecisiete años de edad. La recordaba claramente, una chica alta y morena, que vestía pantalones cortos de corredora y camisetas que acentuaban el aspecto esquelético de su cuerpo; una muchacha de rostro ceniciento y de piernas como palillos que pasaba de períodos profundos y depresivos de silencio ensimismado a ataques de hiperactividad durante los cuales estaba dispuesta a entrar en cualquier categoría de competición olímpica, con una dieta de sólo trescientas calorías diarias.

Había logrado meterla en el Pediátrico del Oeste, en donde había permanecido durante tres semanas. Luego, tras meses de psicoterapia, el tratamiento había logrado tener efecto, y eso la había permitido enfrentarse con una madre que era demasiado hermosa, un hermano que era demasiado atlético y un padre que era demasiado ocurrente…

– Biondi.

– Ned, soy Alex Delaware.

Le llevó un segundo reconocer mi nombre, sin el título.

– ¡Doctor! ¿Cómo está usted?

– Estoy bien, ¿y cómo está Anne Marie?

– Muy bien. Está acabando su segundo año en Wheaton… en Boston. Tiene algunas buenas notas y otras no tan buenas, pero éstas no le dan pánico. Aún es demasiado exigente consigo misma, pero parece estarse ajustando bien a los altos y los bajos de la vida, tal como los llamó usted. Su peso se ha estabilizado en cuarenta y uno.

– Excelente. Déle recuerdos de mi parte cuando hable con ella.

– Desde luego que lo haré. Y muchas gracias por haber llamado.

– Bueno, en realidad hay algo más que un seguimiento profesional de un caso.

– ¿Oh? -a su voz llegó una tonalidad expectante, el condicionamiento a la vigilancia que tiene alguien que vive de abrir cajas cerradas.

– Necesito un favor.

– Diga cuál.

– Voy a volar hacia el norte, a Seattle, esta noche. Necesito obtener algunos documentos en una pequeña universidad que hay allí, Jedson.

– Hey, eso no es lo que esperaba. Creía que lo que quería era que le hiciera una buena crítica de un libro suyo en la edición dominical o algo parecido. Esto suena a cosa seria.

– Lo es.

– Jedson, lo conozco. Anne Marie iba a tratar de matricularse allí… creímos que un lugar pequeño representaría menos presiones para ella, pero era un cincuenta por ciento más caro que Wheaton, Reed u Oberlin… y eso que esos sitios no son precisamente gratuitos. ¿Qué documentos necesita de allí?