– No se lo puedo decir.
– Doctor -dijo riéndose -, perdone la expresión, pero es usted un calientabraguetas. Yo soy un husmeador profesional. Colóqueme delante algo extraño y se me pone tiesa.
– ¿Y qué le hace pensar que esto es extraño?
– Los doctores que van por ahí tratando de meterse en los archivos ajenos no son una cosa común. De hecho, si la memoria no me falla, son los comecocos los que se acostumbran a encontrar con que se les meten en sus consultas y acaban con un cadáver en ellas.
– No puedo explicárselo ahora, Ned.
– Soy bueno guardando secretos, Doc.
– No. Aún no. Confíe en mí. Ya lo hizo antes.
– Eso ha sido pegar bajo el cinturón, Doc.
– Lo sé. Y no le daría un golpe bajo si esto no fuera importante. Necesito su ayuda. Quizá esté detrás de algo, quizá no. Si lo estoy, usted será el primero en enterarse.
– ¿Es algo grande?
Pensé en ello por un momento.
– Podría ser.
– De acuerdo -suspiró-, ¿qué es lo que quiere que haga?
– Voy a dar su nombre como referencia. Si alguien le llama, quiero que apoye mi historia.
– ¿Y cuál es esa historia? Escuchó.
– Eso parece bastante inofensivo. Naturalmente -añadió jocosamente-, si le descubren probablemente me encontraré sin trabajo.
– Tendré cuidado.
– Aja. ¡Qué infiernos, al fin y al cabo ya me queda poco para que me den el reloj de oro! – hubo una pausa, como si estuviera imaginándose cómo iba a ser su vida tras la jubilación. Aparentamente no le gustó lo que imaginó, porque cuando volvió a ocupar la línea, había brío en la voz y me ofreció el lamento priápico del reportero-: Voy a volverme mochales tratando de pensar de qué va todo esto. ¿Está seguro de que no quiere darme ni una pista de lo que anda detrás?
– No puedo, Ned.
– De acuerdo, de acuerdo. Vaya tras de su madeja y piense en mí si por el ovillo obtiene un jersey.
– Lo haré. Gracias.
– Oh, infiernos, no me dé las gracias. Aún me siento mal por haber tardado tanto tiempo en pagarle. Ahora miro a mi niña y veo a una damisela sonriente y de mejillas sonrosadas, toda una belleza. Aún es algo demasiado delgada para mi gusto, pero al menos no es un cadáver ambulante como antes. Es normal, por lo menos hasta donde yo alcanzo a ver. Ahora puede sonreír. Y eso se lo debo a usted, doctor.
– Que siga bien, Ned.
– Lo mismo digo.
Colgué. Las palabras de agradecimiento de Biondi me hicieron tener un instante de dudas acerca de mi retiro de la profesión. Luego pensé en cuerpos ensangrentados y la duda se alzó y se sentó en la parte trasera del coche de muertos.
Me costó varios falsos intentos el encontrar a la persona adecuada en el Jedson College.
– Relaciones Públicas, señora Dopplemeier.
– Señora Dopplemeier, soy Alex Delaware, escritor del Los Angeles Times.
– ¿Qué puedo hacer por usted, señor Delaware?
– Estoy escribiendo un artículo sobre las pequeñas universidades del Oeste, concentrándome en las instituciones que no son muy conocidas, pero no obstante excelentes desde un punto de vista académico: Claremont, Occidental, Reed, etc. Me gustaría incluir a Jedson en el trabajo.
– ¿Oh, realmente? – sonaba sorprendida, como si fuera la primera vez que alguien hubiera etiquetado a Jedson como excelente en lo académico -. Eso sería muy agradable, señor Delaware. Me complacería mucho contestarle ahora mismo a todas las preguntas que tenga en mente.
– No era en eso en lo que yo pensaba. Verá, intento darle al artículo una visión más personal. Mi director está menos interesado en las estadísticas que en el sabor local. El fondo del artículo es que las universidades pequeñas ofrecen un mayor grado de contacto y de… intimidad, que es algo que les falta a las grandes universidades.
– ¡Qué cierto es eso!
– Lo que estoy haciendo es visitando los campus, charlando con el profesorado y los estudiantes… es un artículo con mis impresiones subjetivas.
– Comprendo exactamente lo que busca. Lo que usted quiere destacar es la parte humana…
– Exactamente. Ése es un modo maravilloso de expresarlo.
– Yo trabajé dos años en un periódico local en New Jersey antes de venir a Jedson -dentro del alma de cada relaciones públicas se esconde un homúnculo periodístico, que se impacienta por ser liberado y gritar «¡ Exclusiva!» a los oídos del mundo.
¡Ah, un alma gemela!
– Bueno, ya lo he dejado, pero de vez en cuando pienso en volver a ello.
– No es un modo de hacerse rico, pero uno nunca deja de confiar en ello, señora Dopplemeier.
– Margaret.
– Margaret. Pensaba volar hasta ahí esta noche y me pregunto si podría mañana hacerle una visita.
– Déjeme ver -oí ruido de papeles-. ¿Qué le parece hacia las once?
– Excelente.
– ¿Hay algo que quiere que le tenga preparado?
– Una cosa que andamos mirando es lo que les suceda a los graduados de las pequeñas universidades. Me gustaría oír de sus alumnos con más éxito: doctores, abogados, este tipo de personas.
– Yo misma no he tenido tiempo de familiarizarme con la lista de los antiguos alumnos… llevo aquí muy pocos meses. Pero haré preguntas por aquí y veré si puedo encontrar a alguien que le pueda ayudar.
– Se lo agradecería.
– ¿Dónde puedo ponerme en contacto con usted, caso de que me fuera necesario?
– Estaré de viaje la mayor parte del tiempo, pero puede dejar un mensaje a mi jefe del Times, Edward Biondi. – Le di el número de Ned.
– Muy bien. Entonces quedamos para mañana a las once. La universidad está en Bellevue, justo en las afueras de Seattle. ¿Sabe dónde se encuentra esto?
– ¿En la costa este del Lago Washington? -años atrás había sido profesor invitado en la Universidad de Washington y había visitado la casa de quien me había invitado, en Bellevue. Lo recordaba como un pueblo- dormitorio de clase media y alta, con casas agresivamente modernas, céspedes cuadrados trazados con regla y centros comerciales ocupados por tiendas de comida para gourmets, galerías de antigüedades y tiendas de ropa cara.
– Así es. Si viene desde el centro, coja la 1- 5 hasta la 520 que gira en el Puente Flotante de Evergreen Point. Vaya todo el camino a través del puente hasta la orilla este, gire al sur en Fairweather y continúe a lo largo de la costa. Jedson se encuentra en la Bahía de Meydenbauer, nada más pasar el club de yates. Yo estoy en el primer piso del Crespi Hall. ¿Se quedará usted a comer?
– No se lo puedo asegurar. Depende cómo ande de tiempo -y de lo que encuentre.
– Por si acaso, tendré algo preparado para usted.
– Es muy amable por su parte, Margaret.
– Cualquier cosa por un compañero periodista, Alex. Mi siguiente llamada fue a Robin. Tardó nueve timbrazos en contestar.
– Hey -estaba sin aliento-. Tenía en marcha la sierra grande y no te oía. ¿Qué pasa?
– Me voy a ir de la ciudad un par de días.
– ¿A Tahití sin mí?
– Nada tan romántico, a Seattle.
– Oh. ¿Trabajo de detective?
– Llámalo mejor investigaciones biográficas – le dije lo de que Towle había estudiado en Jedson.
– Desde luego andas detrás de ese tipo, ¿no?
– Él también anda tras de mí. Cuando he estado en el Pediátrico esta mañana Henry Bork me cazó en el pasillo, me metió en su oficina y me dio una versión no demasiado sutil del viejo apretar las tuercas. Parece ser que Towle ha estado poniendo en cuestión mi ética en público. No hay quien se lo quite de encima, como las setas venenosas después de una inundación. Él y Kruger comparten alma mater y eso me hace desear conocer algo más acerca de las muy nobles aulas de Jedson.