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Sonaba amargada, como una de esas chicas a la que nadie saca a bailar y está describiendo la fiesta de fin de curso.

– Los ingresos medios anuales del tipo de familia que envía a sus chicos a estudiar aquí están por encima de los cien mil dólares. Piense en ello, Alex. Aquí todo el mundo es rico. ¿Ha visto el puerto?

Asentí con la cabeza.

– Esos juguetitos flotantes pertenecen a los estudiantes – hizo una pausa como si ella misma no acabase de creérselo-. El aparcamiento parece el del Grand Prix de Monte Cario. Y, a diario, esos chicos visten de cachemir y ante.

Una de sus descarnadas y ásperas manos halló a la otra y la acarició. Miró de pared a pared por su pequeño cubículo, como buscando micrófonos ocultos. Me pregunté qué era lo que la ponía tan nerviosa. Así que Jedson era un centro para chicos ricos. Stanford también había empezado de aquel modo, y quizá hubiera acabado igualmente estancado, de no ser por alguien que había descubierto que, el no dejar entrar a los judíos y asiáticos listos y a otra gente de raros apellidos y alta inteligencia, llevaba a una eventual entropía académica.

– El ser rico no es ningún crimen -dije.

– No es sólo eso. Es la absoluta estupidez que acompaña a la riqueza. Yo estuve en Madison durante los sesenta, allí había un sentido de solidaridad social. Activismo. Estábamos luchando para acabar con la guerra. Ahora es el movimiento contra las armas nucleares. La universidad puede ser un vivero para la toma de conciencia. Pero aquí no crece nada…

Me la imaginé quince años antes, vestida con pantalón caqui y camiseta de manga larga, manisfestándose y gritando eslogans. El radicalismo había luchado una batalla, perdida de antemano, por sobrevivir, erosionado por tener demasiado de nada. Pero ella aún podía sentir alguna nostalgia…

– Es especialmente duro para los profesores -me estaba diciendo-. No para los de la Vieja Guardia, sino para los Jóvenes Leones… así es como se autodenominan. Vienen aquí a causa de los problemas por lograr trabajo, con su típico liberalismo académico y puntos de vista avanzados. Duran dos, quizá tres años. Esto es intelectualmente estultificante… para no hablar de la frustración de ganar sólo quince mil dólares al año, cuando el guardarropa de un estudiante ya cuesta más que eso.

– Lo cuenta usted como si lo supiese de buena tinta…

– Lo sé. Había… un hombre. Un buen amigo mío. Llegó aquí a enseñar filosofía. Era brillante, un graduado de Princeton, un auténtico intelectual. Esto lo devoraba. Me lo explicaba, me decía lo que era el colocarse frente a una clase y hablar de Kierkegaard y Sartre y ver a treinta pares de ojos perdidos en la lejanía… Ubermensch U, así la llamaba, la universidad de los infrahumanos. Se marchó el año pasado.

Se la veía dolida. Cambié de tema.

– Mencionó usted a la Vieja Guardia. ¿Quiénes son esos?

– Graduados de Jedson que desarrollan un interés por algo que no sea el hacer dinero. Siguen hasta conseguir doctorados en humanidades, en temas totalmente inútiles como Historia, o Sociología, o Literatura… y luego vuelven aquí arrastrándose, para enseñar. Jedson se cuida de los suyos.

– Supongo que les resulta más fácil el relacionarse con los estudiantes, visto que provienen del mismo ambiente social.

– Así debe ser, pues ellos siguen. La mayoría de ellos son mayores… últimamente no han habido muchos estudiosos que regresen a su alma mater. Es posible que la Vieja Guardia esté disminuyendo. En realidad, algunos de ellos son bastante decentes. Tengo la impresión de que aquí siempre fueron unos marginados… los que no se adaptaban. Supongo que incluso las clases privilegiadas tienen de éstos.

La expresión de su rostro hablaba de su experiencia personal con el dolor del rechazo social. Debió haberse dado cuenta de que corría el peligro de cruzar la frontera entre el comentario social y el striptease psicológico, porque se echó atrás, se puso las gafas y sonrió agriamente.

– ¿Qué tal está esto para una buena relaciones públicas?

– Para ser usted nueva en el lugar, parece que ha llegado hasta el fondo.

– Algo de ello lo he visto por mí misma. Otras cosas me las han contado.

– ¿Su amigo el intelectual?

– Sí.

Se detuvo y tomó un gran bolso, de imitación piel. No le costó mucho hallar lo que estaba buscando.

– Éste es Lee – me dijo y me entregó una foto de ella y un hombre varios centímetros más pequeño. El hombre estaba quedándose calvo, aunque tenía mechones de espeso, rizado y negro cabello sobre cada oreja, un bigote muy poblado y gafitas redondas sin aro. Vestía una desteñida camisa azul de trabajo y tejanos y calzaba botas altas de lazos de montañero. Margaret Dopplemeier estaba ataviada con un sarape que acentuaba su tamaño, pantalones de pana muy anchos y sandalias planas. Ella tenía el brazo alrededor de él, y parecía al tiempo materna e infantilmente dependiente.

– Ahora está en Nuevo Méjico, trabajando en su libro. Necesita la soledad, dice.

Le devolví la foto.

– Los escritores necesitan eso a menudo.

– Sí. Hablamos sobre eso una y otra vez -guardó de nuevo su reliquia, tendió la mano hacia el queso, pero luego volvió a retirarla, como si repentinamente hubiera perdido el apetito.

Dejé que pasara un momento de silencio, luego hice un arabesco, apartándome en tangente de su vida.

– Lo que me está diciendo resulta fascinante, Margaret: Jedson está perfectamente montado y se matricula justo la gente que necesita. Es un sistema que se perpetúa a sí mismo.

La palabra «sistema» puede ser un buen catalizador para alguien que haya coqueteado con la izquierda. La hizo ponerse de nuevo en marcha.

– Absolutamente; el porcentaje de alumnos cuyos padres son graduados de Jedson es increíblemente alto. Apostaría que los dos mil estudiantes provienen de no más de quinientas o seiscientas familias. Cuando preparo listas, los mismos apellidos aparecen una y otra vez. Es por eso por lo que me sobresalté cuando usted lo llamó una gran familia. Me pregunté cuánto sabría ya.

– Nada, hasta que llegué aquí.

– Sí. Le he contado demasiado, ¿no?

– En un sistema cerrado, lo menos que desea el establishment es que haya publicidad -insistí.

– Naturalmente. Jedson es un anacronismo. Sobrevive en el siglo veinte a base de seguir siendo pequeño y manteniéndose apartado de las primeras páginas. Mis instrucciones eran de darle a usted de comer, darle de beber, ocuparme de que diera un agradable paseito por el campus y luego escoltarle hasta el exterior con poco o nada sobre lo que escribir. Los directivos de Jedson no quieren salir en el Los Ángeles Times. No quieren que cosas tales como la igualdad de oportunidades en la matriculacion o la búsqueda de la excelencia educativa asomen sus feas caras por estos andurriales.

– Aprecio mucho su honestidad, Margaret.

Por un momento pensé que se iba a echar a llorar.

– No lo haga sonar como si yo fuese una especie de santa. No lo soy, y lo sé. El que haya hablado con usted ha sido una cobardía, un engaño. La gente de aquí no son unos malvados. Yo no tengo ningún derecho a dejarlos así, al descubierto. Han sido buenos conmigo. Pero me canso de estar siempre mostrando una careta, de acudir a tomar el té con buenas señoras que pueden pasarse todo el día hablando de las distintas modalidades en la loza de lujo, o de cómo disponer correctamente una mesa… ¿se creería que aquí dan una asignatura que consiste en cómo poner bien una mesa?

Se miró las manos como si no se las imaginase sosteniendo algo tan frágil como la loza de lujo.

– Mi trabajo es pura pretensión, Alex. Es un puro servicio de envío de correspondencia ennoblecido. Pero no lo voy a dejar -insistió, como debatiéndolo con un adversario invisible -. Aún no. No en este momento de mi vida. Me despierto y veo el lago. Tengo mis libros y un buen equipo estéreo. Puedo coger moras de las zarzas no muy lejos de aquí. Me las como por la mañana con nata.