No dije nada.
– ¿Me traicionará usted? -me preguntó.
– Claro que no, Margaret.
– Entonces márchese. Olvídese de Jedson y no la incluya en su artículo. Aquí no hay nada que le interese a alguien de fuera.
– No puedo.
Se sentó muy tiesa en su silla.
– ¿Por qué no? -había terror e ira en su voz, algo decididamente amenazador en su mirada. Yo podía comprender la huida de su amante hacia la soledad. Estaba seguro que la agonía mental de la masa estudiantil de Jedson no era de lo único que había escapado.
Para mantener nuestras líneas de comunicación abiertas, no tenía otra cosa que ofrecerle más que la verdad, y la oportunidad de ser una más en la conspiración. Inspiré profundamente y le conté la verdadera razón de mi visita.
Cuando hube acabado, mostraba la misma expresión. Yo quisiera haberme echado atrás, pero mi silla estaba a escasos centímetros de la puerta.
– Es curioso -dijo-, debería sentirme usada, explotada, pero no es así. Tiene usted un rostro honesto. Incluso sus mentiras suenan a verdades.
– No soy más honesto de lo que pueda serlo usted. Simplemente quiero conseguir algunos datos. Ayúdeme.
– ¿Sabe?, yo fui miembro de la organización izquierdista estudiantil, la SDS. En aquellos días, los policías eran para nosotros los «cerdos».
– Éstos no son aquellos días, y no soy un policía. Además, no estamos hablando de teorías abstractas, ni polemizando sobre la revolución. Esto es un crimen triple, Margaret, y abuso de niños y quizá más. Nada de asesinatos políticos, sino gente inocente cortada en sangrientos pedacitos, hecha picadillo, desechos humanos. Y niños aplastados por coches en carreteras de cañones solitarios.
Se estremeció, me dio la espalda, se pasó una uña no pintada por encima de una muela, y luego me volvió a dar la cara.
– ¿Y cree usted que uno de ellos, uno de Jedson, ha sido el responsable de todo eso? -la idea en sí le resultaba deliciosa.
– Creo que dos de ellos han tenido algo que ver en el asunto.
– ¿Y por qué está usted haciendo esto? ¿No dice usted que es psiquiatra?
– Psicólogo.
– Lo que sea. ¿Qué saca usted de esto?
– Nada. Nada que usted pueda creer…
– Vamos a verlo.
– Quiero que se haga justicia. Es algo que no me deja dormir.
– Le creo -dijo en voz baja.
Se fue durante veinte minutos y cuando regresó traía un montón de libros de gran tamaño, encuadernados en piel azul marroquinada.
– Éstos son los anuarios, si es que sus estimaciones sobre su edad son correctas. Le voy a dejar con ellos y me iré a buscar en los archivos de alumnos. Ciérrese por dentro cuando me haya ido y no conteste aunque llamen. Yo haré tres llamadas y luego dos, ésa será nuestra contraseña.
– A sus órdenes.
– Ja -rió, y por primera vez pareció atractiva.
Timothy Kruger me había mentido acerca de ser un chico pobre que justo había logrado entrar en Jedson. Su familia había donado un par de los edificios, e incluso una pura lectura por encima de los anuarios dejaba bien claro que los Kruger eran Muy Importantes. En cambio, la parte acerca de sus proezas atléticas era cierta: se había signi-ficado en las pistas de carreras, en pelota base y en lucha grecorromana. Había fotos de él saltando obstáculos, lanzando la jabalina y, más adelante, en una sección dedicada al teatro, en los papeles de Hamlet y Petruchio. La impresión que me dio era que constituía toda una figura en el campus. Me pregunté cómo habría acabado en La Casa de los Niños, trabajando con una titulación falsa.
La foto de L. Willard Towle mostraba que, en su juventud, había sido uno de esos rubios tipo Tab Hunter. Las notaciones que había bajo su nombre mencionaban la presidencia en el Club de los PreMed y en la Sociedad Honorífica de Biología. También había un asterisco que llevaba a una nota a pie de página que aconsejaba al lector que fuese a la última página del libro. Obedecí las instrucciones y llegué a una foto orlada en negro… la misma foto que había visto en la oficina de Towle, de su esposa e hijo contra un fondo de lago y montañas. Había una inscripción bajo la foto:
In Memoriam Lilah Hutchison Towle
1930- 1951
Lionel Willard Towle, Jr. 1949- 1951
Bajo la inscripción había unas líneas de poesía:
Que rápidamente que llega la noche,
Para ahogar nuestras esperanzas,
Y para apagar nuestros sueños;
Pero aún en la noche más oscura,
El rayo de la paz sigue iluminándonos.
Estaba firmado «S»
Yo estaba volviendo a leer el poema cuando la llamada codificada de Margaret Dopplemeier sonó en la puerta. Corrí el pestillo y entró llevando un sobre de color marrón. Cerró la puerta, se fue a su escritorio, abrió el sobre y dejó caer de su interior dos fichas de siete y medio por doce y medio centímetros.
– Vienen directamente del sagrado archivo de alumnos – le dio una mirada a una y me la entregó-. Aquí está su doctor.
El nombre de Towle estaba arriba, escrito a mano con letra elegante. Bajo él había varias anotaciones, de diferentes manos y distintos colores de tinta. La mayoría eran abreviaciones y códigos numéricos.
– ¿Me la puede explicar?
Rodeó el escritorio y se sentó junto a mí, tomó la ficha y la estudió.
– No hay nada misterioso en esto. Las abreviaciones son simplemente para ahorrar espacio. Los cinco dígitos tras el apellido son el código del alumno, para los envíos de correspondencia, necesidades de archivo y cosas así. Después tiene el número 3, que significa que es el tercer miembro de su familia que viene a Jedson. Eso de med no necesita explicación… es un código de dedicación, y el F.- med quiere decir que la medicina también es la ocupación principal de la familia. Si fueran navieros pondría nav y si banqueros bnq, etc. El G:51 indica el año en que se graduó. C.J, 148793 indica que se casó con otra estudiante de Jedson y da su código para poder consultar su ficha. Aquí hay algo interesante… hay una crucecita entre paréntesis (+) tras el código de la esposa, lo que quiere decir que está muerta, y la fecha de su muerte es 17/6/51… ¡murió cuando aún era estudiante aquí! ¿Sabía usted eso?
– Lo sabía. ¿Habría modo de averiguar algo más acerca de esa muerte?
Pensó un instante.
– Podríamos mirar los periódicos locales de esas fechas, buscando una nota necrológica o un obituario.
– ¿Y la revista de los estudiantes?
– El Spartan es un bodrio -dijo despectivamente -, pero supongo que sí hablaría de una cosa así. Los números atrasados se guardan en la biblioteca, al otro lado del campus. Podemos pasar luego por allí. ¿Cree que puede ser interesante?
– Podría ser, Margaret. Quiero saber todo lo que pueda de esa gente.
– Van der Graaf -exclamó.
– ¿Qué es eso?
– El profesor Van der Graaf, del Departamento de Historia. Es el más viejo de la Vieja Guardia, lleva en Jedson más tiempo que cualquier otra persona que yo conozca. Además es un chismoso de cuidado. Me senté a su lado en una fiesta campestre y el buen anciano me contó toda serie de chismes: quién se iba a la cama con quién, los trapos sucios del profesorado y cosas así.
– ¿Y le dejan que cuente esas cosas?
– Tiene casi los noventa, esta podrido de dinero de su familia, no está casado y no tiene herederos. Esperan que un día de estos la palme y le deje la pasta a la universidad. Es catedrático honorífico desde quien sabe cuánto tiempo. Tiene aquí una oficina y siempre está metido en ella, haciendo ver que escribe libros. No me sorprendería que hasta durmiese ahí. Sabe más sobre Jedson que nadie.
– ¿Y cree que hablará conmigo?
– Si le apetece. De hecho, pensé en él cuando me dijo usted por teléfono que quería saber cosas sobre alumnos que se hayan hecho famosos. Pero luego pensé que sería muy arriesgado dejarle a solas con un periodista. Una nunca sabe qué es lo que va a hacer o decir.