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Lanzó una risita, disfrutando de la habilidad del viejo al rebelarse desde una posición de poder.

– Naturalmente, ahora que sé lo que usted quiere – continuó-, pienso que hablar con él le vendría al dedillo. Pero necesitará inventarse algo para explicar el porqué quiere que le hable de Towle, aunque me imagino que eso no debe de ser un gran problema para alguien tan inventivo como lo es usted.

– ¿Qué tal le suena esto?: soy un periodista de la revista Medical World News; digamos que me llamo Bill Roberts… Y el doctor Towle acaba de ser elegido Presidente de la Academia de Pediatras, por lo que estoy escribiendo un artículo acerca de sus estudios…

– Suena bien. Voy a llamarle ya.

Tendió la mano hacia el teléfono y yo le di otra mirada a la ficha de alumno de Towle. La única información que ella no me había explicado era una columna de datos fechados bajo la indicación general $, que supuse que serían donaciones a Jedson. Promediaban los diez mil dólares al año. Towle era un hijo agradecido.

– Hola, profesor Van der Graaf -estaba diciendo ella -, soy Margaret Dopplemeier de Relaciones Públicas. Sí, estoy bien, gracias, ¿y usted? Muy bien… oh, estoy segura que podremos arreglarlo, profesor.

Tapó el micrófono con la mano y me hizo un guiño, susurrando las palabras: «está de buenas».

– No sabía que le gustase la pizza, profesor. No. No, tampoco a mí me gustan las de anchoas. Sí, me gustan los Duesenbergs. Sí, ya sé que a usted también le gustan… sí, ya lo sé. La lluvia caía a mares, profesor. Sí, me gustaría. Sí, cuando mejore el tiempo. Con la capota bajada. Yo llevaré la pizza.

Coqueteó con Van der Graaf durante unos minutos y, al fin, llegó al tema de mi visita. Escuchó, me hizo un signo de asentimiento, cerrando el índice y el pulgar en un okey, y volvió a flirtear. Tomé la ficha de Kruger.

Era el quinto miembro de su familia que iba a Jedson y se listaba su graduación como ocurrida hacía cinco años. No había mención alguna acerca de su actual trabajo, en cuanto a la familia, se decía que se dedicaba al com, trans y finc. No había mención alguna a un matrimonio, ni había donado dinero alguno a la universidad. Sin embargo, había un dato interesante bajo la notación REL-F -decía Towle. Finalmente las tres letras BDA estaban escritas con trazo grueso en la parte inferior de la ficha. Margaret acabó con el teléfono.

– Le recibirá. Siempre que yo le acompañe y me comprometa, le cito textualmente: «a darme un buen masaje, jovencita. Así contribuirá a prolongar la vida de un fósil viviente». El muy viejo verde… -lo dijo afectuosamente.

Le pregunté acerca del nombre de Towle en la ficha de Kruger.

– REL- F es relaciones familiares. Aparentemente los dos personajes que le interesan a usted son primos o algo así.

– ¿Y entonces por qué no está él puesto en la ficha de Towle?

– Esa categoría de dato debe de ser nueva, posiblemente la añadieron después de que Towle se graduase y, en lugar de remontarse hacia atrás y ponerla en todo el archivo, probablemente sólo la fueron indicando en las fichas nuevas. Lo que sí es interesante es ese BDA. Quiere decir que lo han borrado del archivo.

– ¿Y por qué han hecho eso?

– No lo sé. Y aquí no lo dice. Nunca lo diría. Probablemente por alguna falta. Con su historial familiar ha tenido que ser algo muy gordo. Algo que hizo que la escuela quisiera lavarse las manos en lo que a él se refiere. -Me miró-. Esto se está poniendo interesante, ¿no?

– Mucho.

Volvió a meter las fichas en el sobre y lo cerró en su escritorio.

– Ahora le llevaré con Van der Graaf.

22

Un ascensor que era una jaula dorada nos llevó al quinto piso de un edificio rematado por una cúpula que estaba a un extremo del campus. Abrió sus fauces y nos soltó en un silencioso vestíbulo, decorado con un zócalo de mármol y tapizado de polvo. El techo era cóncavo y en yeso, sobre el que había sido pintado un ya descolorido mural de querubines soplando trompetas: estábamos dentro de la concha de la cúpula. Las paredes eran de piedra y soltaban un olor de papel en putrefacción. Una ventana con paneles en forma de rombos separaba dos puertas de madera. Una de ellas llevaba la mención SALA DE MAPAS y parecía no haber sido abierta en generaciones. La otra no decía nada.

Margaret golpeó con los nudillos en la puerta sin letrero y, al ver que no obtenía respuesta, la abrió. La habitación que reveló era espaciosa y de techo alto, con ventanas de catedral que daban una vista del puerto. Cada centímetro posible de espacio en las paredes había sido ocupado por estantes repletos de libros raídos, puestos al azar. Aquellos libros que no habían hallado un lugar de descanso en los estantes se hallaban en montones, precariamente equilibrados, por el suelo. Había una mesa de caballetes en el centro de la habitación, que estaba llena de montones de manuscritos y aún más libros. Un globo terráqueo sobre un soporte con ruedas y un escritorio de patas con forma de garras habían sido arrinconados contra un ángulo. Encima del escritorio se veía una caja de esas de la MacDonalds de llevarse la comida a casa, y un par de servilletas de papel, arrugadas y grasientas.

– ¿Profesor? -dijo Margaret, y luego a mí-: Me pregunto a dónde habrá ido.

– ¿Jugamos al escondite? -la voz venía de algún lugar tras la mesa de caballetes.

Margaret se sobresaltó, el bolso se le cayó de las manos y su contenido se desparramó por el suelo.

Una cabeza apergaminada apareció atisbando por sobre los bordes arrugados de un montón de papel amarillento.

– Lamento haberla asustado, cariño -la cabeza estaba echada hacia atrás en una carcajada silenciosa.

– Profesor -dijo Margaret-. ¿No le da vergüenza? Se inclinó a recoger sus cosas.

Él salió de detrás de la mesa con aspecto de niño regañado. Hasta ese momento yo había creído que estaba acurrucado. Pero cuando su cabeza no subió más, me di cuenta que todo el tiempo había estado de pie.

Medía menos de un metro y medio. Su cuerpo era de un tamaño normal, pero estaba doblado por la cintura, con su columna formando una S y con su deformada espalda cargada con una joroba del tamaño de una mochila bien repleta. Su cabeza parecía demasiado grande para su figura y era como un huevo arrugado coronado por un mechón de cabello blanco y muy fino. Cuando se movía parecía un escorpión adormecido.

Tenía una expresión de falsa contricción, pero el centelleo de sus llorosos ojos azules decía más que su boca sin labios y las comisuras caídas.

– ¿Puedo ayudarte, cariño? -su voz era seca y tenía un acento muy culto.

Margaret recogió sus últimos efectos personales del suelo y los metió en el bolso.

– No, gracias profesor. Ya lo tengo todo -recobró el aliento y trató de parecer compuesta.

– Pero, ¿a pesar de todo tendremos ese picnic con pizza?

– Sólo si se porta bien.

Él junto sus manos, como rezando.

– Te lo prometo, cariño -afirmó.

– De acuerdo, profesor. Éste es Bill Roberts, el periodista del que le hablé. Bill, le presento al profesor Van der Graaf.

– Hola, profesor.

Me miró bajo párpados adormilados.

– No te pareces a Clark Kent -me dijo.

– ¿Cómo?

– ¿No se supone que los periodistas deben parecerse a Clark Kent, la identidad secreta de Superman?

– No tenía noticias de que eso estuviera regulado por la Asociación de la Prensa.

– A mí me entrevistó un periodista después de la Guerra… la grande, la Segunda. Quería saber qué lugar tendría esa guerra en la Historia. Y él se parecía a Clark Kent -se pasó una mano por su cráneo, lleno de manchas del hígado-. ¿No tienes unas gafas o algo así jovencito?