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– Lo siento, pero tengo unos ojos perfectamente sanos. Me dio la espalda y fue hacia una de sus librerías.

Había una gracia rara, como reptiloide, en sus movimientos: su deforme cuerpo parecía moverse hacia un lado, cuando en realidad se estaba moviendo hacia adelante. Se subió lentamente a una escalera baja, tendió el brazo hacia arriba y tomó un volumen encuadernado en piel, bajó y regresó.

– Mira – me dijo, abriendo el libro que pude ver que era una colección de tebeos encuadernados -. Esto es lo que yo quiero decir.

Su tembloroso dedo apuntaba a un dibujo del mejor de los periodistas del Daily Planet entrando en una cabina telefónica.

– Clark Kent. Éste sí que es un periodista.

– Estoy segura de que el señor Roberts sabe quién es Clark Kent, profesor.

– Entonces que vuelva cuando se parezca más a él, y hablaremos -nos espetó el viejo.

Margaret y yo intercambiamos miradas de impotencia. Ella iba a decir algo cuando Van der Graaf echó hacia atrás su cabeza y lanzó una seca carcajada.

– ¡Inocentada! -se reía de muy buena gana de su propio ingenio, hasta que su risa se disolvió en un ataque de tos y flemas.

– ¡Oh, profesor! -le riñó Margaret.

Se enfrentaron el uno con el otro, en un torneo verbal. Comencé a sospechar que su amistad estaba bien establecida. Me quedé a un lado, sintiéndome como el asistente involuntario a uno de esos espectáculos de seres monstruosos de las ferias.

– Admítelo, cariño -él estaba diciendo -. ¡Te había engañado!

Dio pataditas al suelo, con plena satisfacción.

– ¡Te habías creído que ya estaba totalmente senil!

– No es usted más senil que yo -le contestó ella-. Simplemente es un crío malcriado.

Mis esperanzas de obtener información fiable de aquel enano jorobado estaban disminuyendo por momentos. Me aclaré la garganta.

Dejaron de hablar y me miraron. Una burbuja de saliva se había formado en la comisura de la retorcida boca de Van der Graaf. Sus manos vibraban con falso Parkinsons. Margaret se alzaba frente a él con las piernas abiertas.

– Y ahora quiero que coopere con el señor Roberts – le dijo con severidad.

Van der Graaf me lanzó una mirada aviesa.

– Oh, de acuerdo -gimió-, pero sólo si me llevas alrededor del lago en mi Doosie.

– Ya le he dicho que lo haría.

– Tengo un coche Duesenberg del treinta y siete -me explicó -. Un carruaje maravilloso. Cuatrocientos garañones relinchantes bajo una capota rubí brillante. Escapes cromados. Consume gasolina con una voracidad despreocupada. Yo ya no puedo conducirlo y Maggie es una moza robusta; siguiendo mis instrucciones podría manejarlo. Pero rehusa.

– Profesor Van der Graaf, hubo una buena razón para que yo rehusara: estaba lloviendo y no quise ponerme tras el volante de un automóvil que vale doscientos mil dólares en un tiempo peligroso.

– ¡Bah! Yo llevé a ese juguete de aquí a Sonoma en el cuarenta y cuatro. Se agranda ante las adversidades metereológicas.

– De acuerdo, le llevaré. Mañana, si el señor Roberts me da un buen informe de su comportamiento.

– Yo soy el profesor. Yo doy las notas.

Ella le ignoró.

– Tengo que volver a la biblioteca, señor Roberts. ¿Sabrá hallar usted el camino de regreso a mi oficina?

– Desde luego.

– Le veré cuando haya acabado, entonces. Adiós, profesor.

– Mañana a la una. Llueva o haga sol -gritó él, mientras ella se alejaba.

Cuando la puerta se hubo cerrado, me invitó a sentarme.

– Yo me quedaré de pie, no encuentro una silla que se me adapte. Cuando era un chico, papá llamó a carpinteros y tallistas en madera, tratando de hallar un modo de sentarme cómodamente. Sin conseguirlo; no obstante, produjeron algunas esculturas abstractas realmente fascinantes – se rió, y se aferró a la mesa de caballetes para sostenerse-. He pasado de pie la mayor parte de mi vida y al cabo probablemente eso haya sido beneficioso. Tengo unas piernas que parecen fundidas en acero. Y mi circulación es tan buena como la de alguien con la mitad de mi edad.

Me senté en un sillón de cuero. Ahora nuestros ojos estaban a la misma altura.

– Esta Maggie -dijo-, ¡vaya una chica! Flirteo con ella, trato de animarla… Parece estar tan sola la mayor parte del tiempo.

Revolvió los papeles y sacó de entre ellos una petaca.

– Whisky escocés. Encontrará dos vasos en el cajón superior derecho del escritorio. Haga el favor de tomarlos y sea tan amable de entregármelos.

Encontré los vasos, que no parecían estar demasiado limpios. Van der Graff echó en cada uno de ellos unos tres centímetros de whisky, sin dejar caer una sola gota.

– Aquí tiene.

Le vi dar un sorbito a su bebida y yo seguí su ejemplo.

– ¿Cree usted que aún seguirá virgen? ¿Es tal cosa posible en nuestros días? -se enfrentó con las preguntas como si fueran una cuestión epistemológica.

– Realmente no sabría decírselo, profesor. Sólo la conozco desde hace una hora.

– No puedo imaginármelo, la virginidad en una mujer a su edad. Y, sin embargo, me resulta igualmente increíble la sola idea de esas caderas de lechera rodeando a un par de cachas de fornicador.

Bebió algo más de whisky y contempló la vida sexual de Margaret Dopplemeier en silencio, con la mirada perdida en el vacío. Finalmente dijo:

– Es usted un hombre joven paciente. Ésa es una cualidad poco común.

Asentí con la cabeza.

– Me imagino que empezaremos cuando usted esté dispuesto, profesor.

– Sí, confieso que tengo una buena parte de comportamiento infantil. Es un requisito de mi edad y condición. ¿Sabe cuánto tiempo hace que no he dado una clase o escrito un artículo serio?

– Me imagino que bastante.

– Más de dos décadas. Desde entonces he estado aquí arriba dedicado a largas y solitarias temporadas de lo que supuestamente es un profunda actividad mental… en realidad, lo que hago es vaguear. Y, sin embargo, soy catedrático honorífico. ¿No cree que un sistema que tolera tal insensatez es absurdo?

– Quizá exista la sensación de que se ha ganado usted el derecho a una jubilación con todos los honores.

– ¡Bah! -hizo un gesto con la mano-. Eso suena demasiado parecido a la muerte. Jubilación con honores y los gusanos mordisqueándole ya a uno los dedos de los pies. Le quiero confesar, joven, que jamás me gané nada. Escribí sesenta y tres artículos en prestigiosas publicaciones científicas, y todos menos cinco eran pura basura. Codirigí tres libros que nadie nunca leyó y, en general, llevé una vida de niño mimado. Ha sido todo maravilloso.

Se acabó el whisky y dejó el vaso sobre la mesa con mucho estrépito.

– Me mantienen aquí por que tengo millones de dólares en un fondo libre de impuestos que mi padre me legó, y porque esperan que yo se los legue a ellos – sonrió con una mueca -. Quizá lo haga, quizá no. Tal vez lo teste todo a alguna organización de negros, o alguna otra cosa igualmente escandalosa. Un grupo que luche por los derechos de las lesbianas, quizá. ¿Existe alguna cofradía así?

– Estoy seguro que debe de haberla.

– Sí, en California sin duda. Y, hablando de esto, usted quiere hablar de Willie Yowle que está en Los Ángeles, ¿no es eso?

Repetí la historia acerca del Medical World News.

– De acuerdo -suspiró -, si insiste… Tratraré de ayudarle. Dios sabe que no entiendo el porqué alguien puede llegar a interesarse en Willie Towle, pues jamás puso el pie en este campus alguien más insípido que él. Cuando me enteré que había llegado a ser médico, me asombré mucho, nunca le pensé intelectualmente apto para una cosa tan avanzada. Naturalmente, su familia está muy enraizada en la práctica de la medicina… uno de los Towles fue el médico personal del General Grant, en la Guerra Civil, ahí tiene ya una nota de interés para su artículo, y me imagino que el conseguir a que admitieran a Willie en la Facultad de Medicina no les debió resultar muy difícil.