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– Pues resultó ser luego un doctor de mucho éxito.

– Eso no me sorprende. Hay diferentes tipos de éxito: uno requiere una combinación de rasgos de personalidad que Willie desde luego poseía: perseverancia, falta de imaginación, un conservadurismo innato. Y, desde luego, un buen cuerpo recto y una cara convencionalmente atractiva es algo que tampoco va mal. Apostaría a que no fue subiendo por ser un profundo pensador científico o un investigador innovador. Sus puntos fuertes son de una naturaleza más mundana, ¿no es así?

– Tiene la reputación de ser excelente doctor -insistí-. Sus pacientes sólo cuentan cosas buenas de él.

– Sin duda les dice exactamente lo que ellos desean oír. Willie siempre fue muy bueno en esto. Muy popular: presidente de esto y de aquello. Fue estudiante mío en un curso sobre la Civilización Europea, y era un verdadero encanto. Sí, profesor, no, profesor. Siempre estaba a mano para correrme la silla… ¡Dios, como odiaba que me ayudasen! Y eso sin tener en cuenta el hecho de que casi nunca me sentaba.

Hizo una mueca al recordar aquello.

– Sí, había en él un cierto encanto banal. Y a la gente le gusta eso en sus médicos, creo que a eso le llaman buenos modales. Naturalmente los ensayos que les hacía hacer como exámenes eran muy reveladores en su caso, pues mostraba su verdadera personalidad. Predecible, exacto pero no iluminador, gramáticamente correcto, sin llegar a ser buen escritor -hizo una pausa-. No es éste el tipo de información que usted se esperaba, ¿no?

Sonreí.

– No exactamente.

– Esto no lo van a poder publicar, ¿verdad? -parecía desencantado.

– No. Me temo que se espera que el artículo sea laudatorio.

– Bravo, hurra, y todo ese bla, bla, bla; o, traduciéndolo una pura caca, ¿correcto? Qué aburrido. ¿No le aburre a usted el tener que escribir esas tonterías?

– A veces. Me ayuda a pagar las facturas.

– Sí, que arrogante ha sido por mi parte el no tomar eso en cuenta. Yo nunca tuve que pagar facturas, mis banqueros lo han hecho por mí. Siempre he tenido más dinero del que podía gastar, y eso le lleva a uno a una terrible ignorancia. Es una falta muy común entre los ricos indolentes: somos increíblemente ignorantes. Y nos casamos entre nosotros, lo que lleva a aberraciones tanto psicológicas como físicas -sonrió, se llevó una mano atrás y se palmeó la joroba -. Todo este campus es un lugar de refugio para los cachorros de los indolentes, ignorantes y intermezclados ricos. Incluyendo a su doctor Willie Towle. Él desciende de uno de los medios ambientes más opresivos que existen. ¿Lo sabía?

– ¿Por ser el hijo de un doctor?

– No, no -me recriminó como si fuera un pupilo especialmente estúpido-. Es uno de los Doscientos. ¿No ha oído hablar de ellos?

– No.

– Vaya al cajón inferior de mi escritorio y saque el mapa viejo de Seattle.

Hice lo que me decía. El mapa estaba doblado y bajo varios ejemplares de Playboy.

– Démelo – me dijo impaciente. Lo abrió y lo desplegó sobre la mesa-. Mire aquí.

Me puse junto a él. Su dedo apuntaba a un punto en el extremo norte del estrecho. A una pequeña isla con forma de diamante.

– La Isla de Brindamoor. Unos ocho kilómetros cuadrados de un terreno asombrosamente poco atractivo, sobre el que están situadas las doscientas mansiones que no tienen rival en ningún otro lugar de los Estado Unidos. Josiah Jedson edificó allí su primera mansión, que era una monstruosidad gótica… y otros como él lo imitaron. Tengo primos que residen allí… la mayor parte de nosotros tenemos algún grado de parentesco… Eso a pesar que mi padre construyó nuestra casa en tierra firme, en Windermere.

– Apenas si se la ve.

La isla era un puntito en el Pacífico.

– Y eso es lo que ellos quieren, muchacho. En muchos de los mapas antiguos la isla ni tiene nombre. Como puede imaginar, no hay acceso por tierra. El ferry hace un viaje de ida y vuelta desde el puerto, cuando el tiempo y las mareas lo permiten, y no es inusitado que durante dos o tres semanas no haya viaje alguno. Algunos de los residentes tienen aviones privados y pistas de aterrizaje en sus propiedades. La mayoría están muy contentos de permanecer en su espléndido aislamiento.

– ¿Y el doctor Towle creció allí?

– Desde luego que sí. Aunque creo que sus tierras ancestrales han sido vendidas. Era hijo único y cuando se trasladó a California no le pareció que hubiera razón alguna para seguir poseyéndolas. La mayoría de esas casas tienen mucho mayor tamaño del que debería tener una casa. Dionosaurios arquitectónicos. Escalofriantemente caras de mantener… y hoy en día incluso los Doscientos tienen que andarse con cuidado con el presupuesto. No todos tuvieron antepasados tan astutos como mi padre.

Se palmeó la tripa, autocomplaciente.

– ¿Y cree que el haber crecido en ese tipo de aislamiento pudo tener efectos sobre el doctor Towle?

– Ahora suena usted como un psicólogo, jovencito.

Sonreí.

– Contestando a su pregunta, desde luego. Los niños de los Doscientos eran un grupo insufriblemente esnob… y para lograr merecer tal calificativo en el Jedson College hay que poseer un chovinismo casi imposible de alcanzar. Era un clan, autocentrados, mimados y no demasiado brillantes. Muchos tenían familiares deformes, con problemas mentales y físicos crónicos… mi comentario acerca del casarnos entre nosotros mismos era muy en serio, y la experiencia parecía haberlos dejado insensibles y cínicos, en lugar de lo opuesto.

– Está usando usted el tiempo pasado, ¿es que ya no existen?

– Es asombroso los pocos jóvenes que hay ahora allí. Prueban lo que es el mundo exterior y se muestran muy poco dispuestos a regresar a Brindamoor… que en realidad es un lugar muy poco atractivo, a pesar de las pistas de tenis cubiertas y una cosa patética a la que llaman pomposamente club de campo.

Para mantenerme dentro de mi papel yo tenía que defender a Towle.

– Profesor, yo no conozco demasiado al doctor Towle, pero se habla muy bien de él. He hablado con él y me parece ser un hombre muy decidido, de fuerte carácter. ¿No es también posible que el crecer en el tipo de medio ambiente como ese que usted pinta en Brindamoor, le aumente a uno la fuerza de la personalidad?

El viejo me miró con desprecio.

– ¡Tonterías! Comprendo que tenga usted que adecentar su imagen, pero a mí no me va a sacar otra cosa que no sea la verdad. No había ni un solo individuo en toda aquella manada de Brindamoor. Jovencito, el néctar de la individualidad es la soledad. Y nuestro Willie Towle ni la cató.

– ¿Y por qué afirma usted eso?

– No puedo recordar el haberle visto nunca solo. Siempre iba de pandilla con otros dos tontarrones de la isla. Los tres iban muy chulos, como si fueran unos pequeños dictadores. Los Tres Cabezas de Estado, les llamaban a sus espaldas… chicos pretenciosos, muy pagados de sí mismos. Willie, Stu y Eddy.

– ¿Stu y Eddy?

– Sí, eso es lo que que he dicho: Stuart Hickle y Edwin Hayden.

Al oír mencionar esos nombres tuve un sobresalto involuntario. Luché por neutralizar mi expresión, esperando que el anciano no se hubiera fijado en mi reacción. Felizmente, así parecía, pues siguió perorando con aquella voz reseca:

– …y Hickle era un monstruito enfermizo, con un temperamento fantasmal. No decía una sola palabra que no tuviera que ser censurada por los otros dos. Hayden era un pequeño tramposo, con muy mala leche. Lo cacé copiando en un examen y trató de sobornarme para que no lo suspendiese a base de ofrecerme los servicios de una prostituta hindú de supuestos talentos exóticos…¡se imagina tamaña caradura, como si no fuera yo capaz de arreglármelas por mí mismo en los asuntos de la lujuria! Naturalmente le suspendí, y escribí una carta muy dura a sus padres. Nunca tuve respuesta… seguro que jamás la leyeron, estarían de viaje por Europa o algo así. ¿Y sabe cómo acabó? – me preguntó, retoricamente.