– No -mentí.
– Pues ahora es juez… en Los Ángeles. De hecho, creo que los tres, los gloriosos Cabezas; se fueron a vivir a Los Ángeles. Hickle es una especie de farmacéutico… quería ser doctor, igualito que Willie, y creo que incluso empezó en la Facultad de Medicina, pero era demasiado'estúpido para acabar.
Hizo una pausa.
– Un juez -repitió-. ¿Qué dice esto acerca de nuestro sistema judicial?
La información estaba llegando en cascada y, tan cual un pobre al que de repente le cae encima una aceptable herencia, no sabía cómo apañármelas con ella. Deseaba abandonar mi disfraz y arrancar hasta la última brizna de información del viejo, pero tenía que pensar en el caso… y en mis promesas a Margaret.
– Soy un malvado viejo malhablado, ¿no es cierto? – se carcajeó Van der Graaf.
– Me parece usted alguien muy perceptivo, profesor.
– ¿Oh, si? – sonrió con astucia -. ¿Alguna otra habladuría que quiera que le revele?
– Sé que el doctor Towle perdió a su mujer y a su hijo hace ya unos años. ¿Qué me puede decir de eso?
Me miró, luego volvió a llenar su vaso y dio un sorbito.
– ¿Todo eso forma parte de la historia?
– Todo eso forma parte del ir rellenando el retrato -le dije. No muy convincentemente.
– Ah, sí. Rellenándolo. Claro. Bueno, fue una tragedia, de eso no hay duda alguna y su doctor era demasiado joven para aquello. Se casó en el primer curso con una chica encantadora de una buena familia de Portland. Encantadora, pero no pertenecía al clan… los Doscientos tendían a casarse entre ellos. El casamiento fue toda una sorpresa, pero seis meses más tarde la chica dio a luz y se disiparon todas las dudas. Durante un tiempo pareció que el trío se fuera a quebrar… Hickle y Hayden hacían sus truhanerías juntos, mientras que Willie atendía a sus obligaciones como hombre casado. Luego la mujer y el hijo murieron y los Cabezas se volvieron a reunir. Supongo que es natural que un hombre busque el consuelo de sus amigos tras una pérdida como ésa.
– ¿Cómo sucedió?
Atisbo al interior de su vaso y se acabó las últimas gotas.
– La muchacha, la madre, llevaba al crío al hospital. Se había despertado con el garrotillo o alguna enfermedad así. El lugar para emergencias más cercano estaba en el Hospital Ortopédico para Niños, en la Universidad. Era de madrugada, aún a oscuras. El coche cayó por el Puente Evergreen al lago. No lo encontraron hasta ya amanecido.
– ¿Dónde estaba el doctor Towle?
– Estudiando. Haciendo una empollada para un examen. Naturalmente esto le hizo coger un gran complejo de culpabilidad, se quedó totalmente hundido. No había duda de que se culpaba a sí mismo por no haber estado allí y ahogarse él también. Ya conoce el tipo de autoflagelación que acostumbran a adoptar los enamorados fustrados.
– Un asunto trágico.
– Oh, sí. Era una chica encantadora.
– El doctor Towle tiene una foto de ella en su oficina
– Es un sentimental, ¿no?
– Supongo -bebí un poco de whisky-. ¿Comenzó a ver más a sus amigos tras la tragedia?
– Sí. Aunque, cuando le oigo usar esa palabra me doy cuenta de algo. En mi concepto de amistad viene implicada una relación de afecto, algún grado de admiración mutua. Y esos tres tenían un aspecto tan fúnebre cuando estaban juntos… no parecían disfrutar de la compañía de los otros dos. Nunca supe cuál era el nexo de unión entre ellos, pero desde luego existía. Willie se marchó a la Facultad de Medicina y Stuart le siguió. Edwin Hayden asistió a las clases de leyes en la misma universidad. Se aposentaron en la misma ciudad. Sin duda se pondrá en contacto con los otros dos para obtener citas laudatorias para su artículo. Si es que hay tal artículo.
Luché por permaner en calma.
– ¿Qué quiere decir?
– Oh, creo que ya sabe lo que quiero decir, muchacho. No le voy a pedir que me presente una identificación que pruebe que es usted lo que dice ser… de todos modos eso no probaría nada… No lo haré porque me parece usted un joven agradable e inteligente, y porque, ¿cuántos visitantes con los que pueda charlar cree que recibo? Y ya he dicho bastante.
– Le agradezco eso, profesor.
– Y vaya si tiene que hacerlo. Espero que tenga sus razones para quererme interrogar sobre Willie. Sin duda son muy aburridas y no quiero conocerlas. ¿Le he sido de alguna ayuda?
– Me ha sido de mucha ayuda -llené nuestros vasos y compartimos otro trago, sin que se cruzase conversación alguna entre nosotros.
– ¿Querría usted serme de un poco más de ayuda? -le pregunté.
– Depende.
– El doctor Towle tiene un sobrino, Timothy Kruger. Me pregunto si habrá algo de él que pueda decirme.
Van der Graaf se llevó el vaso a los labios con dedos temblorosos. Su rostro se ensombreció.
– Kruger – dijo el apellido como si fuera un insulto. – Sí.
– Primo. Primo lejano, no sobrino.
– Primo, pues.
– Kruger. Una vieja familia, prusianos hasta el último. Una poderosa familia, manejando los hilos del poder -su ironía había desaparecido y escupía las palabras con entonación mecánica-. Prusianos.
Dio unos pasos. El caminar de arácnido cesó de repente y dejó que sus manos cayeran a sus costados.
– Esto tiene que ser un asunto policial -dijo.
– ¿Por qué lo cree?
Su rostro se ennegreció con la ira y alzó un puño al aire, como un profeta hablando del día final.
– ¡No bromee conmigo, joven! ¿Qué otra cosa puede ser si tiene que ver con Timothy Kruger?
– Forma parte de una investigación criminal. No puedo entrar en más detalles.
– ¿Ah, no puede? He soltado mi lengua ante usted sin pedirle saber sus verdaderas intenciones. Hace un momento supuse que deberían ser aburridas, ahora he cambiado de opinión.
– ¿Qué es lo que hay en el apellido de Kruger que le aterra tanto, profesor?
– Maldad -afirmó-. La maldad me aterra. Dice usted que sus preguntas forman parte de una investigación criminal. ¿Cómo puedo saber de qué lado está usted?
– Trabajo con la policía, pero no soy un policía.
– ¡No soporto los acertijos! ¡Sea usted veraz o márchese! Consideré la elección.
– Margaret Dopplemeier -dije-. No quiero que ella pierda su empleo por algo que yo le pueda decir a usted.
– ¿Maggie? -resopló-. No se preocupe por ella, no tengo intención alguna de hacer saber que ella le trajo hasta mí. Es una muchacha triste y necesita algo de intriga para sazonar su vida. He hablado lo bastante con ella como para saber que se aferra a la Teoría Vital de la Conspiración. Si uno le coloca una ante la nariz, picará como una trucha lo hace con el cebo: los asesinatos de los Kennedys, los OVNIS, el cáncer, la descomposición dental… todo ello se debe a los complots de anónimos demonios. No me cabe duda de que usted se dio cuenta de ello y lo explotó en su favor.
Hizo que sonase a maquiavélico. No se lo discutí.
– No -me dijo-. No tengo ninguna intención de aplastar a Maggie. Ella ha sido una buena amiga. Aparte de esto, mi lealtad por este lugar no llega a la ceguera; detesto ciertos aspectos de este sitio… que se podría decir que es mi verdadero hogar.
– ¿Cosas como los Kruger?
– Como el medio ambiente que permite florecer a los Kruger y a los de su especie.
Se tambaleó, con la demasiado grande cabeza oscilando sobre la deforme peana.
– Usted elige, joven. O canta o se larga.
Canté.
– No hay nada en su historia que me sorprenda -me dijo-. No tenía noticia de la muerte de Stuart Hickle ni de sus tendencias sexuales, pero nada de eso me asombra. Doctor Delaware, él era un mal poeta, muy malo… y no hay nada que no pueda hacer un mal poeta.
Recordé el verso bajo el obituario dedicado a Lilah Towle en el anuario. Ahora estaba claro quién era aquel «S».
– Cuando mencionó usted a Timothy me alarmé, porque no sabía si estaba usted a sueldo de los Kruger. Y la credencial que me ha enseñado está muy bien, pero esos jueguecitos pueden ser falsificados fácilmente.