Fui de los primeros en hacer cola a la entrada del portalón de coches. La cola se movía y subí por una rampa y entré en las tripas del ferry tras un minibús Wolkswagen con pegatinas de «Salvad a las Ballenas» en su parachoques trasero. Obedecí las gesticulaciones del tripulante vestido con un mono naranja fosforescente y aparqué a cinco centímetros de la lisa y blanca pared de la cubierta de vehículos. Una subida de dos pisos me llevó a la de pasajeros. Pasé junto a una tienda de regalos, un estanco y un snack bar, todo ello cerrado, y una habitación a oscuras repleta, de pared a pared, con máquinas de juegos de vídeo. Un camarero solitario jugaba al comecocos, devorando puntos con una concentración que le hacía fruncir el entrecejo.
Hallé un asiento con vista hacia la proa, doblé mi gabardina sobre mis rodillas y me recosté para pasar la hora de viaje.
El buque iba prácticamente vacío. Mis pocos compañeros de viaje eran jóvenes y vestidos con ropas de trabajo: personal contratado en el continente, que viajaba a sus trabajos en las mansiones de Brindamoor. Sin duda, el viaje de regreso estaría lleno de viajeros de otro tipo: abogados, banqueros, financieros, camino a sus oficinas del centro y salas de consejo.
El océano cabeceaba y balanceaba al barco, espumándose en respuesta a los vientos de superficie que corrían sobre el mar. Había otros barcos, más pequeños, en el agua; principalmente pesqueros, remolcadores y barcazas, y todos ellos bailaban al mismo son, haciendo reverencias y balanceos. Y si no fuera por lo que se movía el transbordador podría haber sido una maqueta puesta sobre una estantería.
Un grupo de seis chicos, aún no en la veintena, subió a la cubierta y se sentó a menos de tres metros. Rubios, barbudos y con distintos grados de descuido en el vestir, a base de ropa caqui arrugada y tejanos engrisecidos por la suciedad, se pasaban entre ellos un termo que, desde luego, no contenía café, bromeaban, fumaban, ponían sus pies sobre sillas y emitían unas carcajadas colectivas que parecían esas risas en off de los programas cómicos televisivos. Uno de ellos se fijó en mí y me ofreció el termo.
– ¿Un trago, tío? – me ofreció.
Sonreí y negué con la cabeza.
Se alzó de hombros, se dio la vuelta y la fiesta empezó de nuevo.
Sonó la sirena del ferry, con el rugido de los motores reverberando a través de las maderas de la cubierta, y comenzamos a movernos.
A mitad del viaje fui a donde se hallaban los jóvenes bebedores, ahora repantingados. Tres de ellos dormían, roncando por sus bocas abiertas, uno estaba leyendo un cómic obsceno y otros dos, uno de ellos el que me había ofrecido de beber, permanecían sentados fumando, como hinoptizados por el extremo encendido de sus cigarrillos.
– Perdonen.
Los dos fumadores alzaron la vista. El lector no me prestó atención.
– ¿Aja? -el generoso sonrió. Le faltaba la mitad de los dientes de delante: o era a causa de una mala higiene dental o por su mal carácter-. Lo siento, tío, no tenemos más sopa Campbell's.
Tomó el termo y lo agitó.
– ¿No es cierto, Dougie?
Su compañero, un chico gordo con bigotazos que le caían y patillas muy pobladas, rió y asintió con la cabeza.
– Aja, no más sopa. De pollo y pasta. Y con cuarenta y cinco grados de alcohol.
Desde donde yo estaba todos ellos olían como si fueran una destilería.
– No hay problema, agradezco la oferta. Sólo me preguntaba si me podrían dar ustedes alguna información sobre Brindamoor.
Ambos chicos parecieron desconcertados, como si jamás se hubieran considerado poseedores de alguna información que dar.
– ¿Qué es lo que quieres saber? Ese sitio es una caca – dijo el generoso.
– Un jodido sitio -asintió el chico gordo.
– Estoy tratando de hallar cierta casa en la isla, pero no logro hacerme con un mapa.
– Eso es porque no hay ninguno. La gente de allí quiere estar escondida del resto del mundo. Tienen policías privados dispuestos a encargarse de ti, sólo porque escupas en la dirección equivocada. Doug y yo y el resto de estos cachondos vamos a trabajar en el campo de golf, recogiendo las basuras, las latas de cerveza vacías y todo eso. Acabamos la jornada y nos venimos derechitos al barco. Si queremos conservar nuestro trabajo, tío, hemos de atenernos a eso… exactamente.
– Aja -dijo el gordo-. Nada de ir tras los coños locales, nada de fiestecitas. Los trabajadores han estado haciendo esto desde hace muchos años… mi padre trabajaba en Brindamoor antes de meterse en el sindicato, y eso es lo que estoy haciendo yo, mientras espero que me meta a mí. Luego, que les den por el culo a esos ermitaños. Me dijo que en su tiempo tenían una cancioncita: Levántate y a trabajar, luego al barco y a la mar.
Se rió y le dio una palmada a su amigo en la espalda.
– ¿Qué es lo que estás interesado en hallar? -generoso encendió otro cigarrillo y lo colocó en el agujero en el que habían estado sus incisivos superiores.
– La casa de los Hickle.
– ¿Eres familia de ellos? -preguntó Doug. Sus ojos eran del color del mar, sanguinolentos y, de repente, llenos de preocupación, preguntándose si yo no sería alguien que pudiera volver sus palabras en su contra.
– No, soy un arquitecto. Sólo estoy dando una vuelta para ver cómo son las casas, y me dijeron que la mansión de los Hickle me podría interesar. Se supone que es la mayor de las de la isla.
– Tío, todas son grandes – dijo-. Podrías meter todo un jodido barrio dentro de una de ellas.
– Arquitecto, ¿eh? -la cara de generoso se iluminó con interés-. ¿Cuánta universidad tienes que hacer para eso?
– Cinco años.
– Olvídalo -bromeó con él el gordo-. Tienes la cabeza llena de aire, Harm. Primero tendrías que aprender a leer y escribir.
– ¡Anda a que te jodan! -le dijo su amigo, de buen humor, y luego a mí -: Trabajé el verano pasado en la construcción. Probablemente la arquitectura sea muy interesante.
– Lo es. Yo más que nada hago casas particulares. Siempre ando buscando nuevas ideas.
– Aja. Hey, tienes razón. Hay que mantenerlas interesantes.
– Uff, tío -bromeó Dougie-, nosotros no hacemos nada interesante. Recogemos la maldita basura… Infiernos, tío, ahí en ese club se lo pasan bien, porque la semana pasada Matt y yo hallamos un par de preservativos usados junto al agujero número once… y nosotros nos lo estamos perdiendo, Harm.
– No necesito a esa gente para divertirme -dijo generoso-. Si quieres saber sobre casas, tío, vamos a preguntárselo a Ray.
Se volvió y se inclinó por encima de un chico que dormía para darle un codazo al que tenía el cómic, que había seguido hundido en la lectura y no había alzado la vista ni una vez. Cuando lo hizo, sus ojos tenían esa mirada vidriosa del que es muy estúpido o está muy dopado.
– ¿Eh?
– Ray, tonto del culo, este tío quiere saber algo sobre la casa de los Hickle.
El chico parpadeó, sin comprender.
– Ray se ha estado tomando mucho ácido en el bosque y parece que ya no se lo puede sacar de encima – Harm hizo una mueca, dejando ver sus encías -. Vamos, tío, ¿dónde está la casa de los Hickle?
– Hickle -dijo Ray-. Mi viejo trabajaba allí… decía que era un lugar embrujado. Extraño. Creo que está en Charlemagne. El viejo acostumbraba a decir…
– Vale, tío.
Harm metió la cabeza de Ray otra vez en el cómic y éste volvió a hundirse en su lectura – Tienen nombres raros para las calles de la isla, tío: Charlemagne, Alexander, Suleiman.
Conquistadores. La bromita de los muy ricos evidentemente no era captada por aquellos a los que estaba destinada.
– Charlemagne es una calle del interior. Pasas la calle principal, pasas el mercado, haces como medio kilómetro, fíjate bien, porque los nombres de las calles acostumbran a estar tapados por los árboles, y giras… déjame ver… giras a la derecha. Ésa es Charlemagne. Después, más vale que preguntes por allí.
– Muy agradecido -busqué y saqué mi cartera, tomando de ella uno de cinco-. Aquí tienen, por las molestias.