Antes, nunca se habían hecho tales reflexiones. Sus corazones estaban tranquilos y seguían sin murmurar una vía secular, la que habían seguido sus padres, sus abuelos, que habían vivido millares de años al borde de aquel mismo lago luchando con los peces. Un buen día cruzaban las manos entumecidas y morían. Sus hijos y sus nietos nacían y seguían el mismo camino sin protestar… Pedro y Santiago habían llevado hasta entonces una vida agradable y no tenían de qué quejarse. Pero en los últimos tiempos, el mundo se había encogido súbitamente para ellos y se ahogaban. Miraban a lo lejos, más allá del lago. ¿Adonde? Ni ellos mismos lo sabían; pero se ahogaban.
Y como si aquella angustia no fuera suficiente, los caminantes que pasaban por allí traían cada día nuevos testimonios: al parecer, los paralíticos echan a andar, los ciegos ven la luz, los muertos resucitan… «¿Quién es ese nuevo profeta? -les preguntaban los caminantes-. Vuestros hermanos están con él y vosotros debéis saberlo… Parece que no es hijo del carpintero de Nazaret, sino de David, ¿no es cierto?»
Pero Pedro y Santiago se encogían de hombros y volvían a inclinarse sobre las redes. Deseaban llorar para consolar su corazón. A veces, cuando los caminantes se alejaban, Pedro le decía a su compañero: «¿Crees en esos milagros, Santiago?» «Tira de la red y calla», respondía el hijo de Zebedeo, el hablador, y con un movimiento brusco acercaba una braza a tierra la red cargada.
Y aquel día, al amanecer, pasó por allí un carretero.
– Parece que el nuevo profeta comió en la mansión del anciano Ananías, el usurero, en Betsaida. Cuando terminó de comer, los esclavos le presentaron agua para lavarse las manos y entonces él se acercó al anciano Ananías y le dijo algo en voz baja. El viejo se sintió terriblemente turbado, derramó abundantes lágrimas y comenzó a distribuir las riquezas que poseía entre los pobres del lugar.
– ¿Qué le dijo? -preguntó Pedro; su mirada volvió a perderse a lo lejos, más allá del lago.
– ¡Ah, si yo lo supiera! -dijo el carretero riendo-. Deslizaría esas palabras al oído de todos los ricos para que los pobres respiraran un poco… Hasta la vista y buena pesca -dijo, y se puso en marcha.
Pedro se volvió para hablar a su compañero, pero inmediatamente cambió de idea. ¿Qué podía decirle? ¿Más palabras aún? ¡Como si no estuviera harto de ellas! Sintió el deseo de dejarlo todo y ponerse a caminar sin volver la espalda. ¡Irse! La choza de Jonás le resultaba ahora demasiado pequeña, y también aquella tina de agua, el lago de Genezaret. «¡Esto no es vida, no, no es vida! -murmuró-. ¡Hay que marcharse!»
Santiago se volvió y le preguntó:
– ¿Qué andas gruñendo? Cállate.
– ¡El diablo me lleve! ¡Nada! -respondió Pedro y comenzó a tirar de la red con rabia.
Y precisamente en aquel instante Judas apareció en la cima de la verde colina donde Jesús había hablado por primera vez a los hombres. Empuñaba un bastón nudoso que había arrancado en el camino a un roble. Lo apoyaba en el suelo y avanzaba. Tras él aparecieron, sin aliento, sus tres compañeros. Se detuvieron unos instantes en la cima para mirar a su alrededor. El lago brillaba feliz; el sol lo acariciaba y le arrancaba destellos. En el lago, semejantes a mariposas blancas y rojas, veíanse las barcas de pesca y, por encima de los pescadores, las gaviotas. Al fondo zumbaba Cafarnaum. El sol estaba alto en el cielo y el día resplandecía.
– ¡Ahí está Pedro! -dijo Andrés señalando a su hermano, que recogía las redes.
– ¡Y Santiago! -dijo a su vez Juan, lanzando un suspiro-. Aún están atados a la tierra…
Jesús sonrió.
– No nos mires -le dijo-. Echaos aquí para descansar; yo iré a buscarlos.
Echó a andar sendero abajo con paso rápido y leve. «Parece un ángel -pensó Juan con orgullo-. No le faltan más que las alas.» Iba descendiendo de piedra en piedra. Pronto llegó a la orilla y aminoró la marcha. Se detuvo a las espaldas de los dos pescadores encorvados sobre las redes. Permaneció largo tiempo inmóvil, mirándolos. Los miraba y no pensaba en nada. Sólo sentía que una fuerza salía de él; se consumía. El mundo perdía peso, flotaba en el aire, navegaba como una nube sobre el lago. Y junto con él perdían materialidad y flotaban los dos pescadores y su red se metamorfoseaba. Aquello ya no era una red ni aquellos eran ya peces. Eran hombres, millares de hombres felices que bailaban.
Los dos pescadores sintieron repentinamente un hormigueo dulce y extraño en la coronilla, y se asustaron. Se irguieron y se volvieron. Allí estaba Jesús, en pie, inmóvil y silencioso: los miraba.
– ¡Perdónanos, maestro! -exclamó Pedro, avergonzado.
– ¿Por qué, Pedro? ¿Qué habéis hecho para que os tenga que perdonar?
– Nada -murmuró Pedro, para añadir en seguida-: ¡Estoy harto de esta vida!
– Yo también -dijo Santiago, dejando caer en tierra la red.
– Venid conmigo -dijo Jesús tendiéndoles una mano a cada uno-. Venid conmigo y seréis pescadores de hombres.
Sin soltarles la mano, añadió:
– Vamos.
– ¿Sin despedirme del viejo Jonás? -dijo Pedro, pensando en su padre.
– No vuelvas la cabeza, Pedro. No tenemos tiempo.
– ¿Adonde? -preguntó Santiago, indeciso.
– ¿Por qué lo preguntas? No más preguntas, Santiago; vamos.
Entretanto, el anciano Jonás, inclinado sobre el hogar, cocinaba y esperaba a su hijo Pedro para comer. Sólo le quedaba un hijo, ¡que Dios le conservara la vida! Pedro era un muchacho lleno de buen sentido, ordenado. En cuanto a Andrés, hacía mucho tiempo que sabía a qué atenerse respecto de él. Ya seguía a un charlatán, ya a otro y dejaba a su anciano padre luchando solo con los vientos y la vieja barca. Ahora Jonás debía remendar las redes, cocinar y realizar las tareas domésticas. Desde que su vieja mujer había muerto, debía enfrentarse a todos aquellos demonios domésticos. Pero Pedro, ¡bendito sea!, le ayudaba y le infundía valor. Saboreó el guiso: estaba a punto. Miró el soclass="underline" faltaba poco para mediodía. «Tengo hambre -murmuró-, pero le esperaré. No comeré hasta que vuelva.» Cruzó los brazos y esperó.
Más allá, la casa del viejo Zebedeo estaba abierta, el patio lleno de cestos y de cántaros, y se veía el alambique en un rincón. Era el momento en que vaciaban los calderones de las cascas y toda la casa olía a orujo de uva. El viejo Zebedeo estaba sentado con su mujer bajo la parra desnuda, ante una mesita baja; almorzaban. Zebedeo masticaba como podía con sus encías desdentadas y hablaba de sus intereses. Desde hacía tiempo tenía puestos los ojos en la casita de su vecino; el viejo Nahum le debía dinero y no podía pagarle. Con la ayuda de Dios, Nahum la semana siguiente la pondría en venta al mejor postor. El la adquiriría, ¡hacía años que lo deseaba!; echaría abajo el muro medianero y ampliaría su patio. Poseía, sí, una tina para pisar la uva, pero también deseaba un lagar para el aceite; de ese modo toda la aldea iría a prensar allí las aceitunas y él retendría un diezmo del aceite. ¿Y dónde podía colocar el lagar para el aceite? Le era absolutamente necesario obtener, sí, a toda costa, la casa del viejo Nahum…
La anciana Salomé lo escuchaba y pensaba en su hijo menor, en Juan, su querido hijo. «¿Dónde estará? ¡Qué dulzura aflora a los labios del nuevo profeta! ¡Cuánto me agradaría verlo nuevamente, oírle hablar! ¡Sus palabras hacen bajar a Dios al corazón de los hombres! ¡Mi hijo hizo bien, tomó el buen camino y yo le bendigo! Tuve un sueño anteayer. Cerraba bruscamente la puerta, abandonaba la casa con sus despensas repletas y sus lagares y partía para seguirle, corría junto a él descalza y hambrienta, y por primera vez sentía lo que puede ser la felicidad…»
– ¿Oyes lo que te digo? -le dijo el viejo Zebedeo, que había sorprendido en los ojos de su mujer un raro destello de felicidad-. ¿Dónde tienes puesta la cabeza?