– Bueno -dijo Carmel en voz baja, para sí misma. Respiró hondo y se pasó los dedos por debajo de los ojos para asegurarse de que no le quedaban lágrimas-. Ya está.
– La próxima vez que se nos presente la oportunidad tendréis que acabar de contarme qué pasó el domingo pasado -insistí.
– Se hizo tarde. Mamá, papá y yo nos metimos en la cama, y Kev y Jackie volvieron a sus casas -concluyó Shay. Arrojó su cigarrillo por encima de la barandilla y se puso en pie-. Fin de la historia -sentenció.
En cuanto regresamos al interior del piso, mamá puso la directa para recriminarnos por haberla dejado tanto rato sola. Andaba haciéndoles cosas terribles a unas hortalizas y lanzando órdenes a la velocidad del rayo:
– Carmel, Jackie, Carmel, como te llames, empieza a servir las patatas. Shay, coloca eso ahí, ahí no, pedazo de tonto, aquí. Ashley, cielo, limpia la mesa con una bayeta para la abuelita, ¿quieres? Y Francis, tú entra ahí y habla con tu padre; quiere volver a meterse en la cama y necesita un poco de compañía. ¡Vamos! -Me sacudió con un paño de cocina en la cabeza para que me pusiera en marcha.
Holly había estado apoyada a mi lado enseñándome un objeto de cerámica pintada que había comprado en el poblado navideño para regalárselo a Olivia y explicándome con todo lujo de detalle que había conocido a los elfos de Papá Noel, pero al ver aquello se apartó y se escurrió entre sus primos con discreción, lo cual me pareció que demostraba que tenía buen criterio. Sopesé la posibilidad de imitarla, pero mi madre tiene una habilidad de rezongar tanto tiempo que parece un superpoder y el paño de cocina se agitaba de nuevo en mi dirección. Me aparté de en medio.
En aquel dormitorio hacía más frío que en el resto del piso y reinaba la paz. Mi padre estaba acostado, apoyado en un montón de almohadas y, al parecer, sin hacer nada, salvo, quizás, escuchar las voces procedentes del resto de la casa. Toda aquella cursilería recargada a su alrededor (la decoración en tonos melocotón, las cortinas y el edredón con flecos, el fulgor apagado de una lámpara de pie) hacían que pareciera estar fuera de lugar y le imprimían un aspecto más viril y más salvaje. Entendí entonces por qué las chicas se habían peleado otrora por éclass="underline" la inclinación de su mandíbula, sus arrogantes pómulos sobresalidos y esa chispa incansable en sus ojos azules. Por un instante, bajo aquella luz nada fidedigna, aún pareció el indomable Jimmy Mackey.
Pero sus manos lo delataban. Estaban destrozadas. Tenía los dedos hinchados y curvados hacia adentro, las uñas blancas y toscas como si ya estuvieran en proceso de descomposición, y nunca dejaban de moverse sobre la cama, arrancando con nerviosismo las hebras deshilachadas de la manta. La habitación apestaba a enfermedad, a medicamentos y a pies.
– Mamá me ha dicho que querías hablar -dije.
– Dame un cigarrillo -me ordenó.
Aún parecía sobrio, pero mi padre ha dedicado toda su vida a construir su tolerancia al alcohol y le hace falta beber cantidades industriales para que sus efectos se hagan visibles. Acerqué la mesa del tocador de mamá a la cama, con cuidado de no colocarla demasiado cerca.
– Pensaba que mamá te tenía prohibido fumar aquí.
– Me importa un comino lo que diga esa zorra.
– Me alegra ver que continuáis tan enamorados como el primer día.
– Y tú también puedes irte a la mierda. Dame un pitillo.
– Ni de coña. Tú puedes fastidiar a mamá cuanto quieras, pero yo no tengo ninguna intención de que me inscriba en su lista negra.
Mis palabras le hicieron sonreír, pero no de felicidad.
– Pues que tengas buena suerte -dijo, pero de repente pareció completamente despierto y me observó con más intensidad-. ¿Por qué?
– ¿Por qué no?
– Nunca en toda tu vida te has preocupado de hacerla feliz.
Me encogí de hombros.
– Mi hija la adora. Y si eso implica que tengo que pasar una tarde a la semana apretándome los dientes y lamiéndole el culo a mamá para que Holly no nos vea despellejándonos el uno al otro, pues lo haré. Pídemelo de buenas maneras e incluso te haré la pelota a ti, al menos cuando Holly esté presente.
Papá se echó a reír. Se recostó en sus almohadas y estalló en tales risotadas que éstas dieron paso a un ataque espasmódico de una tos ronca y húmeda. Me hizo un gesto con la mano, mientras intentaba recobrar el aliento, y me señaló una caja de pañuelos de papel que descansaba sobre el tocador. Se la acerqué. Carraspeó, escupió en un pañuelo, lo arrojó a la papelera y falló; yo no lo recogí. Cuando recobró el habla dijo:
– Chorradas.
– ¿Qué quieres decir?
– Si te lo cuento, no te gustará.
– Sobreviviré. ¿Cuándo fue la última vez que me gustó algo que saliera de tu boca?
Mi padre alargó la mano con gesto de dolor hacia la mesilla de noche para coger su vaso de agua (o lo que fuera) y se tomó su tiempo para beber con calma.
– Que todo eso de tu hija no son más que bobadas -añadió, mientras se enjugaba la boca-. Es una niña fantástica. Pero a ella le importa un cuerno si tu madre y tú os lleváis bien, y lo sabes perfectamente. Tienes tus propias razones para mantener contenta a tu madre.
– A veces, papá, la gente procura ser amable con los demás. Sin motivo aparente -repliqué-. Sé que te resulta difícil de imaginar, pero créeme: ocurre.
Sacudió la cabeza. Aquella sonrisa dura había regresado a su rostro.
– Tú no -sentenció.
– Quizá sí o quizá no. Quizá convenga que recuerdes que no sabes un carajo acerca de mi vida.
– Ni lo necesito. Conozco a tu hermano y sé que sois los dos idénticos desde que nacisteis.
No supe descifrar si hablaba de Kevin o de Shay.
– Pues yo no nos veo el parecido -lo contradije.
– Sois la viva imagen el uno del otro. Ninguno de los dos ha hecho nada jamás en la vida sin tener una buena razón y ninguno le ha revelado jamás a nadie cuál era esa razón a menos que se haya visto obligado a hacerlo. La verdad es que no puedo renegar de ninguno de los dos, eso es evidente.
Se estaba divirtiendo. Yo sabía que debía mantener el pico cerrado, pero me resultó imposible.
– Yo no me parezco a nadie de esta familia -espeté-. A nadie. Me largué de esta casa para que evitar que eso ocurriera. Y me he pasado la vida entera asegurándome de que así sea.
Papá arqueó las cejas con gesto sardónico.
– Vaya, lo que hay que oír. ¿Es que no somos los suficientemente buenos para ti? Pues lo fuimos lo bastante para darte un techo durante veinte años.
– ¿Qué puedo decir a eso? El sadismo gratuito no va conmigo.
Volvió a soltar una risotada, en esta ocasión profunda y cruda como un ladrido.
– ¿Ah, no? Al menos yo sé que soy un cabrón. Y tú, ¿crees que no lo eres? Venga: mírame a los ojos y dime que no disfrutas viéndome en este estado.
– Es un caso especial. No disfrutaría si fuera alguien más agradable quien estuviera aquejado.
– ¿Lo ves? Estoy hecho polvo y tú te recreas. Lo llevas en la sangre, hijo. De tal palo, tal astilla.
– Yo nunca en toda mi vida he pegado a una mujer -repliqué-. Y nunca en toda mi vida he pegado a un niño. Y mi hija jamás en su vida me ha visto borracho. Entiendo que sólo un hijo de puta integral se sentiría orgulloso de tales cosas, pero no puedo evitarlo. Cada una de ellas demuestra que no tengo absolutamente nada en común contigo.
Mi padre me observó con severidad.
– ¿Crees que eres mejor que yo? -me preguntó.
– Creer tal cosa no sería dármelas de nada. He visto perros callejeros mucho mejores que tú.
– Entonces dime algo y zanjemos la conversación de una vez para siempre: si eres tan santo como crees y nosotros somos una pandilla de indeseables, ¿por qué utilizas a esa niña como excusa para venir aquí?
Había puesto ya rumbo hacia la puerta cuando escuché a mi espalda: