– ¡Siéntate!
Volvió a sonar como la voz de papá, plena y fuerte y joven. Agarró del pescuezo al niño de cinco años que vivía en mi interior y lo arrastró hasta la silla antes de darme tiempo de saber qué había ocurrido. Una vez allí tuve que fingir que era por elección propia.
– Diría que más o menos hemos acabado -observé.
Dar aquella orden le había costado un mundo: estaba inclinado hacia delante, respiraba con dificultad y se aferraba al edredón con todas sus fuerzas. Con voz entrecortada dijo:
– Yo te diré cuándo hemos acabado.
– Está bien. Siempre que sea pronto.
Papá se recolocó las almohadas tras la espalda (no me ofrecí a ayudarlo: la mera idea de que nuestros rostros estuvieran tan próximos me erizaba la piel) y poco a poco recuperó el aliento. La grieta del techo con forma de coche de carreras seguía pendiendo sobre su cabeza, la misma grieta en la que yo acostumbraba a clavar la mirada cuando me despertaba temprano por las mañanas y me tumbaba en la cama soñando despierto y escuchando a Kevin y a Shay respirar, dar vueltas en la cama y murmurar. La luz dorada se había desvanecido; al otro lado de la ventana, el cielo sobre los jardines traseros viraba a un tono azul marino frío.
– Escúchame bien -me advirtió mi padre-. No me queda mucho tiempo.
– Eso cuéntaselo a mamá, que es una erudita en la materia.
Mi madre llevaba a las puertas de la muerte desde que yo tengo memoria, principalmente a causa de dolencias misteriosas relacionadas con sus partes bajas.
– Nos sobrevivirá a todos, aunque sólo sea porque es un mal bicho. Mientras que yo no puedo asegurar que vaya a llegar a las próximas navidades.
Exageraba, allí tumbado con una mano presionada contra el pecho, pero algo en su voz me revelaba que hablaba en serio, al menos en parte.
– ¿De qué planeas morir? -pregunté.
– ¿Y a ti qué te importa? Podría arder en el infierno y no moverías ni un dedo por ayudarme.
– En eso no te equivocas, pero siento curiosidad. Jamás había pensado que ser un cabronazo fuera una enfermedad mortal.
– La espalda me duele cada día más -me explicó-. La mitad del tiempo no me siento las piernas. El otro día me caí al suelo dos veces mientras intentaba ponerme los pantalones por la mañana; las piernas me flaquearon. El médico dice que estaré postrado en una silla de ruedas antes del verano.
– Permíteme adivinar -lo interrumpí-. ¿Te ha dicho también el médico que tu «espalda» mejoraría, o como mínimo dejaría de empeorar, si dejaras la bebida?
Puso expresión de desprecio.
– No seas mariquita. A ver si te sueltas ya de la teta de tu madre y bebes algo de verdad. Unas cuantas cervezas nunca le han hecho daño a nadie.
– Unas cuantas cervezas no, pero unos cuantos vodkas sí. Además, si la bebida es tan sana, ¿de qué te vas a morir?
– Ser un tullido no es modo de vivir para un hombre -contestó-. Estar todo el día encerrado en una clínica y con alguien limpiándote el culo, ayudándote a levantarte y acompañándote al lavabo; no tengo tiempo para todas esas pamplinas. Si acabo así, me mato.
Una vez más, bajo la pátina de autocompasión se entreveía que hablaba en serio. Probablemente fuera porque la clínica de reposo no tenía minibar, pero lo que le importaba era otra cosa: prefería la muerte a los pañales.
– ¿Cómo?
– Tengo mis planes.
– Creo que me he perdido algo. ¿Qué quieres de mí? Porque si lo que buscas es compasión, se me ha acabado. Y si lo que quieres es una mano que te ayude, creo que hay cola.
– No te pido nada, imbécil. Intento decirte algo importante, pero para eso tendrás que cerrar tu maldita bocaza el tiempo necesario para dejarme hablar. ¿O es que te gusta demasiado tu voz y no puedes resistir escucharte?
Quizás esto sea lo más patético que nunca he admitido: en el fondo de mi ser, una pizca de mí se aferraba a la idea de que realmente tuviera algo interesante que decirme. Era mi padre. Cuando yo era un niño, antes de que cayera en la cuenta de que era un hijo de la grandísima puta de primera categoría, me parecía el hombre más inteligente del mundo; lo sabía todo sobre todo, podía derribar a la Masa con una mano mientras levantaba un piano de cola con la otra, y una sonrisa suya me alegraba todo el día. Y si alguna vez había necesitado yo una perla de sabiduría paterna, era aquella noche.
– Te escucho -lo invité.
Papá se incorporó con dolor en la cama.
– Un hombre debe saber olvidar -dijo.
Esperé, pero me observaba con atención, como si aguardara alguna respuesta. Al parecer, ésa era la suma total de iluminación que iba a obtener de él.
Me habría gustado sacudirme un puñetazo en los dientes por ser tan idiota de esperar algo más.
– Fantástico -apunté-. Un millón de gracias. Lo recordaré.
Empecé a ponerme en pie de nuevo, pero una de esas manos deformes me agarró de la muñeca, con más rapidez y fuerza de lo que yo habría esperado. El roce de su piel me puso los pelos de punta.
– Siéntate ahí y escúchame bien. Lo que quiero decirte es lo siguiente: he convertido mi vida en una basura, hasta el hartazgo. Y no soy débil. La primera vez que alguien me ponga un pañal, me mato, porque en ese momento se habrán agotado todas las posibilidades de ganar alguna batalla. Hay que saber contra qué se lucha y contra qué más vale claudicar. ¿Me entiendes?
– Déjame que te pregunte algo -repliqué-: ¿Por qué de repente te importa mi actitud hacia algo, si nunca te ha importado un bledo?
Esperaba que se pusiera furioso, pero no lo hizo. Me soltó la muñeca y se masajeó los nudillos, examinándose la mano como si perteneciera a otra persona.
– Lo tomas o lo dejas -anunció-. No puedo obligarte a nada. Pero si hay algo que me gustaría haberte enseñado hace mucho tiempo es eso. Yo habría hecho menos daño. A mí mismo y a todos los que me rodean.
Esta vez fui yo quien profirió una carcajada.
– ¡Que me aspen! ¿Acabo de oírte asumir la responsabilidad por algo? Debes de estar muriéndote, es verdad…
– No te burles. Ya sois todos mayores; si queréis arruinar vuestras vidas, es vuestra culpa, no la mía.
– Entonces ¿a qué diantres te refieres?
– Sólo lo digo. Hay cosas que se torcieron hace cincuenta años y la vida siguió su cauce. Ya era hora de que se detuvieran. Si hubiera tenido el sentido común necesario para olvidarlas hace tiempo, muchas cosas habrían sido diferentes. Todo habría sido mejor.
– ¿Estás hablando de lo que sucedió con Tessie O'Byrne? -quise saber.
– Ella no es asunto tuyo, y vigila bien lo que dices de Tessie. Lo que digo es que no hay motivo para que a tu madre se le parta el corazón en vano otra vez. ¿Me has entendido?
Tenía los ojos de un azul urgente e incandescente, abarrotados de secretos demasiado íntimos para que yo pudiera desentrañarlos. Sin embargo, fueron sus puntos débiles (jamás en mi vida había visto a mi padre preocupado por que alguien pudiera resultar herido) los que me revelaron que algo colosal y peligroso atravesaba el aire de aquel dormitorio.
– No estoy seguro -contesté tras una larga pausa.
– Pues entonces espera a estarlo antes de cometer ninguna tontería. Conozco a mis hijos; siempre los he conocido. Sé que tenías tus razones para venir hasta aquí. Pero mantenlas alejadas de esta casa hasta que estés completamente seguro de saber lo que buscas.
Fuera, mamá se quejó de algo y Jackie murmuró unas palabras para defenderse.
– Daría un riñón por leerte el pensamiento en estos momentos.
– Soy un moribundo. Procuro arreglar unas cuantas cosas antes de morir. Te digo que lo dejes correr. No necesitamos más problemas por aquí. Regresa adonde estabas y déjanos en paz.
– Papá -dije, sin poder contenerme.
De repente mi padre pareció exhausto. Tenía el rostro del color del cartón piedra mojado.
– Estoy harto de verte. Lárgate de aquí y dile a tu madre que desfallezco por una taza de té, y que esta vez me prepare algo fuerte y decente, y no ese pis que me dio esta mañana.