– Si mi padre se hubiera casado con ella, no se habría casado con mami -apuntó Holly en tono de desafío- y yo nunca habría nacido. Yo me alegro de que muriera.
El botón del temporizador del vestíbulo saltó con un ruido como un disparo (ni siquiera recordaba haberlo pulsado al subir) y me hallé en pie, inmóvil, en medio de una negritud absoluta, con el corazón latiéndome a mil por hora. En aquel preciso instante caí en la cuenta de que no le había explicado a Holly a quién iba dirigida la nota de Rosie. La había leído ella misma.
Un segundo después intuí por qué, tras tocarme la fibra sensible con toda esa patraña de ver a sus primitos, se había llevado sus deberes de matemáticas a casa de la abuela. Necesitaba una excusa para quedarse a solas con Shay.
Holly había planeado cada paso de aquello. Había entrado en casa de Shay, había desplegado todas las artimañas para desvelar secretos que le venían de serie (por vía paterna) y, desplegando unos medios tan astutos como letales, había colocado su mano sobre ellas y las había hecho suyas.
«De tal palo tal astilla», me susurró la voz de mi padre al oído y, luego, con un matiz sarcástico: «¿Te crees mejor padre que yo?». Yo dándome ínfulas de superioridad y recreándome en cómo la habían fastidiado Olivia y Jackie, y nada de lo que ninguna de ellas pudiera haber hecho, ni siquiera en un momento olvidado, nos habría salvado de aquello. Todo aquello era mío. Me habría puesto a aullarle a la luna como un hombre-lobo y me habría mordido las muñecas para sacarme aquello de las venas.
– No digas eso -la reprendió Shay-. Está muerta. Olvídala. Déjala descansar en paz. Venga, acaba los deberes de matemáticas.
El suave susurro del lápiz sobre el papel.
– ¿Cuarenta y dos?
– No. Vuelve a comenzar; no estás concentrada.
– ¿Tío Shay? -dijo Holly.
– ¿Ajá?
– Una pregunta. ¿Te acuerdas cuando yo estaba aquí y sonó el teléfono y tú te encerraste en el dormitorio?
Pude oírla aumentando la tensión. Y Shay también: su voz empezaba a revelar las primeras notas de recelo.
– Sí, ¿qué?
– Pues que se me rompió la punta del lápiz y no encontraba un sacapuntas porque Chloe se lo llevó a clase de Dibujo. Esperé un montón de rato, pero tú no dejabas de hablar por teléfono.
Shay preguntó en un tono cariñoso:
– ¿Qué hiciste?
Un silencio prolongado.
– Busqué otro lápiz. En esa cajonera.
Otro silencio prolongado. Sólo se oía a una mujer hablando como una cotorra en la tele del piso inferior, con la voz amortiguada por aquellas gruesas paredes, las pesadas alfombras y los altos techos.
– Y encontraste algo -dijo Shay.
– Lo siento -se disculpó Holly con un hilillo de voz apenas perceptible.
Estuve a punto de atravesar la puerta casi sin molestarme en abrirla. Dos cosas me frenaron de hacerlo. La primera de ellas es que Holly tenía nueve años, creía en las hadas y no estaba segura de si Papá Noel existía. Unos meses atrás me había explicado que, cuando era pequeña, un caballo alado solía llevársela por la ventana de su dormitorio por las noches a explorar el ancho mundo. Si su prueba podía usarse como un arma sólida, si algún día a mí me interesaba que alguien más la creyera, tenía que ser capaz de respaldar su versión. Necesitaba oírselo decir a Shay.
La segunda es que no tenía sentido, o no ahora, irrumpir allí con toda la caballería para salvar a mi hijita del malo de la película. Me quedé mirando a la grieta de luz que rodeaba la puerta y escuché, como si me hallara a un millón de kilómetros y llegara un millón de años tarde. Sabía exactamente qué opinaría Olivia, qué opinaría cualquier ser humano, pero me quedé allí de pie, inmóvil, y dejé que Holly hiciera el trabajo sucio por mí. He hecho las cosas más chungas durante toda mi vida y nada me ha privado del sueño por la noche, pero aquella ocasión era especial. Si existe el infierno, aquel momento en aquel recibidor en la penumbra me franqueó la entrada directa.
Shay preguntó, como si le costara respirar:
– ¿Se lo has contado a alguien?
– No. Ni siquiera sabía qué era hasta que hace un par de días se me ocurrió.
– Holly, cielo, escúchame bien. ¿Sabes guardar un secreto?
Holly respondió con algo que sonó espantosamente a orgullo:
– La vi hace un montón de tiempo, hace un montón de meses, y no se lo he contado a nadie.
– Es verdad. No lo has hecho. Eres una buena chica.
– ¿Ves?
– Sí, lo veo. ¿Crees que podrás seguir guardando el secreto? ¿Seguir sin contárselo a nadie?
Silencio.
– Holly, si se lo cuentas a alguien, ¿qué crees que pasará? -preguntó Shay.
– Que te meteré en problemas.
– Quizá. Yo no he hecho nada malo, ¿me escuchas?, pero hay muchas personas que no lo creerán. Podrían meterme en la cárcel. ¿Te gustaría que eso pasara?
Con voz menguante, Holly contestó, supongo que mirando al suelo:
– No.
– Eso creía. Y aunque no me encerraran, ¿qué crees que pasaría? ¿Qué diría tu padre?
Un resoplido de incertidumbre, una niñita perdida.
– ¿Que se pondría hecho una furia?
– Montaría en cólera. Contigo y conmigo, con los dos, por no decírselo antes. Nunca más te dejaría regresar aquí; no te permitiría volver a vernos a ninguno de nosotros nunca en la vida. Ni a la abuelita, ni a mí ni a Donna. Y se aseguraría por todos los medios de que tu mami y la tía Jackie no encontraran un modo de engañarlo esta vez. -Y al cabo de unos segundos, después de darle tiempo para asimilarlo, agregó-: ¿Y qué más sucedería?
– Que la abuelita se pondría muy triste.
– La abuelita y tus tías y tus primos. Se quedarían destrozados. Nadie sabría qué pensar. Algunos de ellos ni siquiera te creerían. Se declararía una guerra santa. -Otra pausa para impresionarla-. Holly, cariño, ¿es eso lo que quieres?
– No…
– Claro que no. Tú quieres venir a visitarnos cada domingo y pasar bonitas tardes con todos nosotros, ¿verdad? Quieres que tu abuelita te cocine un bizcocho para tu cumpleaños, como hizo para el de Louise, y que Darren te enseñe a tocar la guitarra cuando tengas las manos un poco más grandes. -Sus palabras se deslizaban sobre ella, cálidas y seductoras, envolviéndola y embaucándola-. Quieres que todos estemos juntos, que vayamos a dar paseos juntos, que preparemos la cena, que nos riamos. ¿Verdad que sí?
– Sí. Como una familia normal.
– Exacto. Y las familias normales se cuidan entre sí. Para eso está la familia.
Holly, como buena Mackey que es, hizo lo que le salió de manera natural. Con tan sólo un titubeo, pero con una nueva certeza nacida de lo más profundo de su ser, prometió:
– No se lo contaré a nadie.
– ¿Ni siquiera a tu papi?
– No. A él tampoco.
– Buena chica -la felicitó Shay en un tono tan cariñoso y dulce que la oscuridad que se abría ante mí se volvió de color rojo sangre-. Buena chica. Eres mi sobrinita preferida, ¿lo sabías?
– Sí.
– Y éste será nuestro secreto especial. ¿Me lo prometes?
Se me ocurrieron varias maneras de asesinar a alguien sin dejar huellas. Pero antes de darle tiempo a Holly de prometer nada, tomé aliento y abrí la puerta de un empujón.
Componían una bonita estampa. El apartamento de Shay estaba limpio y apenas tenía muebles, habría podido pasar por un barracón: suelos de madera gastados, cortinas de color verde oliva descoloridas, piezas de mobiliario anodinas y azarosas, y blancas paredes desnudas. Yo sabía por Jackie que llevaba viviendo allí dieciséis años, desde que la vieja loca de la señora Field falleció y dejó aquel piso vacante, pero seguía luciendo el aspecto de una vivienda provisional. Shay podría haber empaquetado sus cosas y haberse largado en un par de horas sin dejar rastro.
Holly y él estaban sentados a una pequeña mesa de madera. Con los libros de Holly esparcidos frente a ellos, parecían salidos de una pintura antigua: un padre y una hija en su buhardilla, en cualquier siglo pasado, absortos en algún relato misterioso. El foco de luz de una lámpara alta los hacía resplandecer como joyas en aquella estancia insulsa, Holly con su cabeza dorada y vestida con su rebeca de color rojo rubí y Shay con un jersey verde botella y su cabello moreno y brillante con reflejos azulados. Había colocado un escabel bajo la mesa para que a Holly no le colgaran los pies. Parecía la última adquisición de mobiliario.