– Entonces ilumíname. ¿Para qué diablos entraste en aquella casa?
Shay apoyó los codos en la mesa y sacudió la ceniza de su pitillo, observó refulgir el destello naranja y luego atenuarse.
– Desde la primera semana en que empecé a trabajar en la tienda de bicicletas -empezó a explicar- ahorré hasta el último penique de mi salario. Lo guardaba en un sobre que tenía pegado por la parte de atrás de aquel poster de Farrah Fawcett, ¿te acuerdas?, para que ni tú ni Kevin me lo robarais, ni papá.
– Yo guardaba el mío en mi mochila, pegado con celo por el interior del forro -revelé yo.
– No era mucho, después de lo que le entregaba a mamá y unas cuantas cervezas, pero era lo único que evitaba que me volviera loco en aquel piso: cada vez que lo contaba me decía que para cuando tuviera suficiente dinero ahorrado para pagar el depósito de una habitación amueblada, tú serías lo bastante mayor para cuidar de los pequeños. Carmel te echaría una mano; es una mujer fuerte, siempre lo ha sido. Los dos os las habríais apañado de maravilla hasta que Kevin y Jackie fueran lo bastante mayores como para cuidar de sí mismos. Yo sólo quería un espacio propio donde poder invitar a mis amigos. Poder traer a mi novia a casa. Dormir tranquilamente toda una noche sin necesidad de tener la oreja puesta por si papá perdía los nervios. Un poco de paz y tranquilidad. -El anhelo antiguo y cansado de su voz podría haberme hecho sentir compasión por él de no contar yo con mi propia información-. Estuve a punto de conseguirlo -continuó-. Me faltó esto. Lo primero que iba a hacer a principios de año era empezar a buscar una habitación… Y entonces Carmel se comprometió. Yo sabía que ella querría casarse lo antes posible, en cuanto consiguieran el dinero de la cooperativa de ahorros y crédito. Y no la culpo por ello: se merecía su oportunidad de poder escapar de aquel infierno, igual que yo. Dios sabe que ambos la merecíamos. Quedabas tú.
Me miró cansado, con ojos funestos, por encima del filo de su vaso. No había ni un resquicio de amor fraternal en su mirada, apenas si había reconocimiento; me miraba como si no fuera más que un enorme bulto que aparecía intermitentemente en medio del camino y le propinaba patadas en las espinillas, en los momentos más inoportunos.
– Pero el problema -continuó- es que tú no lo veías de la misma manera, ¿no es cierto? Lo siguiente que supe fue que tenías planes de fugarte también, y a Londres, ni más ni menos; yo me habría dado por satisfecho con Ranelagh. ¡Al cuerno la familia! ¿No es así? ¡Al cuerno tu turno de asumir tu responsabilidad y mi oportunidad de salvarme! Lo único que a Francis le importaba era vivir su vida.
– Lo único que yo quería era ser feliz con Rosie -expliqué-. Y todo apuntaba a que teníamos posibilidades de ser las dos personas más felices del planeta. Pero tú no pudiste soportarlo.
Shay estalló en una carcajada que le hizo expulsar el humo del cigarro por la nariz.
– Lo creas o no -prosiguió-, estuve a punto de dejar que os fuerais. Pensaba darte una paliza antes de que te fueras, eso sí, enviarte en ese barco lleno de moretones y con la esperanza de que los ingleses te recibieran con líos en tu destino por tu mal aspecto. Pero iba a dejar que te fueras. Kevin habría cumplido dieciocho al cabo de dos años y en menos de seis meses habría sido capaz de cuidar de mamá y de Jackie. Pensé que podía soportar ese tiempo añadido. Pero entonces… -Desvió la mirada hacia la ventana y la dejó vagar sobre los oscuros tejados y el festival de luces de los Hearne-. Todo fue culpa de papá -se excusó-. La misma noche que descubrí tus planes con Rosie, él montó aquel follón en la calle, frente a la puerta de los Daly, hizo venir a la policía y todo eso… Yo estaba dispuesto a soportar dos años de la misma mierda de siempre. Pero la cosa iba a peor. Tú no estabas para verlo. Pensé que ya tenía bastante. Esa noche fue demasiado.
Regresaba a casa después de suplir a Wiggy en su puesto de trabajo flotando de felicidad. Entonces vi luces encendidas y escuché voces murmurar por todo Faithful Place; vi a Carmel barriendo porcelana hecha añicos y a Shay escondiendo los cuchillos afilados. En aquel preciso instante supe que aquella noche sería decisiva. Durante veintidós años había pensado que había hecho cambiar de opinión a Rosie. Jamás se me había ocurrido que había otras personas mucho más cerca del precipicio que ella.
– ¿Y qué hiciste? ¿Decidiste intimidar a Rosie para que me dejara?
– No pretendía intimidarla. Sólo quería pedirle que se apartara de ti. Y lo hice, sí. Tenía todo el derecho del mundo.
– En lugar de hablar conmigo. ¿Qué clase de hombre intenta resolver sus problemas acosando a una mujer?
Shay sacudió la cabeza.
– Habría hablado contigo si hubiera pensado que serviría de algo. ¿Crees que me gustaba ir por ahí aireando los trapos sucios de la familia con una fulana sólo porque te tenía agarrado por las pelotas? Pero yo te conocía bien. A ti jamás se te habría ocurrido largarte a Londres. Seguías siendo un chaval, un chaval bastante cortito; no tenías la inteligencia ni las agallas suficientes para planear algo tan grande tú sólito. Sabía que lo de Londres había tenido que ser idea de Rosie. Sabía que podía quedarme sin aliento pidiéndote que te quedaras y aun así te marcharías donde ella te dijera. Y sabía que, sin ella, no irías más lejos de la calle Grafton. Así que fui en su busca.
– Y la encontraste.
– No fue difícil. Sabía que era la noche en que teníais previsto escaparos y sabía que ella tendría que pasar en algún momento por el número dieciséis. Permanecí despierto, te observé marcharte, luego salí por la puerta de atrás y salté las tapias. -Dio una calada a su cigarrillo. A través de las volutas de humo entreveía sus ojos entrecerrados y penetrantes mientras recordaba-. Me habría preocupado que ella se me escapara, pero te vi allí, esperando bajo la luz de la farola, con la mochila y toda la parafernalia, fugándote de casa. Una imagen muy tierna…
De nuevo empezaban a invadirme unas ganas tremendas de hacerle tragarse los dientes de un puñetazo. Aquélla era nuestra noche, mía y de Rosie: los secretos que veníamos construyendo desde hacía meses efervescían; era la noche en que habríamos puesto rumbo hacia nuestra felicidad. Y Shay había manoseado cada uno de aquellos recuerdos con sus mugrientos dedos. Tuve la sensación de que incluso me había visto besándola.
– Rosie llegó por donde yo había llegado -explicó-, por los jardines posteriores. Me escondí en un rincón y la perseguí hasta la habitación de la planta superior. Pensé que le daría un susto, pero casi ni se inmutó. Tenía agallas, ya lo sabes, eso sí se lo concedo.
– Sí. Era valiente -convine yo.
– No pretendía intimidarla. Simplemente hablar con ella. Le expliqué que tú tenías una responsabilidad con tu familia, lo supieras o no, y que en un par de años, una vez Kevin fuera lo bastante mayor para reemplazarte, podríais largaros donde quisierais: a Londres, a Australia, donde os diera la realísima gana. Pero que hasta entonces tú debías quedarte. «Regresa a casa», le dije. «Si no quieres esperar unos años, búscate otro novio; y si quieres irte a Inglaterra, pues vete. Pero deja en paz a Francis.»
– No imagino a Rosie acatando tus órdenes alegremente -tercié.
Shay soltó una carcajada y apagó la colilla.
– ¡Bien que lo sabes! Te gustan las bocazas, ¿eh? Al principio se rió en mi cara, me dijo que regresara yo a casa y que me echara a dormir o, de lo contrario, al día siguiente ya no sería tan guapo y dejaría de gustarles a las chicas. Pero cuando se dio cuenta de que hablaba en serio, perdió los estribos. No alzó la voz en ningún momento, gracias al cielo, pero estaba furibunda.
No alzó la voz, en parte, porque sabía que yo estaba a sólo unos metros, esperándola, escuchando, justo al otro lado de la tapia.
Si me hubiera llamado a gritos, habría acudido allí en un abrir y cerrar de ojos, pero, tal como era Rosie, jamás se le habría ocurrido pedir auxilio. Debió de creer que era capaz de solucionar aquel marrón por sí sola.