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– Aún puedo verla allí, de pie, hecha una furia y diciéndome que me metiera en mis propios asuntos y que no era vuestro problema si era incapaz de forjarme mi propia vida, y que si mi hermano valía mil veces más que yo, pedazo de imbécil, blablablá… Te hice un favor ahorrándote toda una vida de reproches.

– Cuando llegue a casa te enviaré una postal de agradecimiento. Pero, explícame una cosa, ¿qué fue lo que lo desató todo al final? -quise saber.

Shay no me preguntó: «¿Desatar qué?». No nos andábamos con jueguecitos. Contestó, aún con un vestigio de la rabia y la impotencia que sintió entonces en la voz:

– Intenté hablar con ella. Figúrate si estaba desesperado: intenté explicarle cómo era papá y lo que significaba regresar a casa cada día. Las cosas que nos hacía. Sólo quería que me escuchara durante un minuto. ¿Sabes? Lo único que quería era que me escuchara.

– Y se negó. ¡Por favor, qué impertinente!

– Intentó dejarme allí plantado. Yo le obstaculicé el paso en la puerta, pero me ordenó que me apartara de su camino. Entonces la agarré. Sólo quería que se quedara. Y a partir de ahí… -Sacudió la cabeza, mientras su mirada resbalaba por el techo-. Nunca había pegado a una mujer ni había querido hacerlo. Pero Rosie no paraba de hablar, no paraba de moverse. Se portó como una zorra arpía, créeme; me dejó cubierto de arañazos y cardenales. La muy puta estuvo a punto de darme un rodillazo en las pelotas y todo.

Aquellos golpes y gimoteos rítmicos que me habían hecho sonreírle al cielo pensando en Rosie.

– Lo único que quería es que se quedara a escucharme -prosiguió Shay-. La agarré y la arrojé contra la pared. Empezó a darme patadas en las espinillas y a intentar arrancarme los ojos…

Un silencio.

Luego Shay dijo a las sombras que se apelotonaban en los rincones:

– Jamás pretendí que la cosa acabara así.

– Simplemente ocurrió.

– Sí. Simplemente ocurrió. Cuando me di cuenta… -Otra sacudida estúpida y rápida de la cabeza y otro silencio-. Luego, cuando recobré la cordura supe que no podía dejarla allí.

Y entonces sucedió lo del sótano. Shay era un muchacho fuerte, pero Rosie debía de pesar lo suyo; imaginé los ruidos al descenderla por las escaleras, la carne y los huesos golpeando contra el cemento. La linterna, la palanca y la losa de hormigón. La respiración acelerada de Shay y las ratas arremolinándose con curiosidad en los rincones, con los ojos reflectantes. Los dedos de Rosie arañando muertos la mugre húmeda del suelo.

– ¿Y la nota? ¿Le rebuscaste los bolsillos? -pregunté.

Se recorría con las manos el flácido cuerpo: podría haberle arrancado el pescuezo de un mordisco. Y quizás él lo sabía. Se le curvó hacia arriba el labio, una mueca de asco.

– ¿Por quién diablos me tomas? No la toqué, sólo para moverla. La nota estaba en el suelo de la habitación de arriba, donde ella la había dejado. Eso era lo que estaba haciendo cuando la sorprendí. La leí. Me figuré que podía dejar allí la segunda parte, por si alguien se preguntaba adónde había ido. Me pareció… -Un suspiro sordo, casi una risotada-. Me pareció cosa del destino. Dios. Una señal.

– ¿Por qué conservaste la primera hoja?

Se encogió de hombros.

– ¿Qué otra cosa podía hacer? Me la guardé en el bolsillo para deshacerme de ella. Pero luego pensé que nunca se sabe, que hay cosas que pueden resultar útiles en el momento más inesperado.

– Y así ocurrió. ¡Madre de Dios! ¿Te pareció también eso una señal del destino?

Hizo caso omiso de mi pregunta.

– Tú seguías al final de la calle. Me figuré que la esperarías un par de horas más hasta que te dieras por vencido. De manera que regresé a casa.

La larga estela de susurros atravesando los jardines traseros mientras yo esperaba y el terror empezaba a apoderarse de mí.

Había cosas que habría dado años de mi vida por preguntárselas. ¿Qué había sido lo último que ella había dicho? ¿Rosie fue consciente de lo que estaba ocurriendo? ¿Tuvo miedo? ¿Le dolió? ¿Intentó llamarme al final? Pero aunque hubiera existido la más remota posibilidad de que me respondiera, no habría podido hacerlo. En su lugar, dije:

– Debiste de cabrearte de lo lindo al comprobar que no regresaba a casa. Al final me atreví a rebasar la calle Grafton, como puedes comprobar. No llegué a Londres, pero sí lo bastante lejos. Sorpresa: me subestimaste.

Shay hizo una mueca con los labios.

– Más bien te sobreestimé. Pensé que una vez te sobrepusieras a tu encoñamiento pensarías que tu familia te necesitaba. -Estaba inclinado sobre la mesa, con la barbilla sobresaliente, y había subido el volumen de la voz-. Nos lo debías. Mamá, Carmel y yo te habíamos alimentado, vestido y protegido durante toda tu vida. Habíamos intercedido entre papá y tú. Carmel y yo renunciamos a nuestra educación para que tú pudieras estudiar. Teníamos derecho sobre ti. Ella, Rosie Daly, no tenía derecho a meterse por en medio.

– Y eso te autorizó a asesinarla -sentencié.

Shay se mordió el labio y alargó la mano para coger otro cigarrillo.

– Llámalo como quieras. Yo sé exactamente lo que sucedió -contestó sin más.

– Me alegro por ti. ¿Y qué hay de lo que le ocurrió a Kevin? ¿Cómo lo llamarías a eso? ¿Fue un asesinato o no?

Su rostro se volvió impenetrable, cerrándose con un sonido metálico como una verja de hierro.

– Yo no le hice nada a Kevin. Nada. Jamás haría daño a mi propio hermano.

Solté una carcajada.

– Por supuesto. Y entonces ¿de qué forma se precipitó por esa ventana?

– Se cayó. Estaba oscuro, él estaba borracho y ese lugar no es seguro.

– Cierto, no lo es. Y Kevin lo sabía. Así que ¿qué demonios hacía allí?

Un encogimiento de hombros, una mirada azul indescifrable y un clic del mechero.

– ¿Cómo voy a saberlo yo? He oído que hay quien cree que se sentía culpable. Y mucha otra gente cree que se había citado contigo. Yo, por mi parte, me figuro que quizá descubrió algo que le preocupaba e intentaba buscarle sentido.

Era demasiado listo para mencionar el hecho de que esa nota hubiera aparecido en el bolsillo de Kevin y lo bastante inteligente como para encauzar el tema por los derroteros que más le convenían. Las ganas de partirle los dientes iban en aumento minuto a minuto.

– Esa es tu versión y tus palabras no hacen sino reafirmarla.

Shay contestó con la contundencia de una puerta cerrándose de un portazo:

– Se cayó. Eso fue lo que sucedió.

– Permíteme que yo te cuente mi versión -le solicité. Cogí uno de sus cigarrillos, me serví otro trago de whisky y volví a ocultarme entre las sombras-. Érase una vez, hace mucho tiempo, había tres hermanos, como en un cuento de hadas. Una noche, de madrugada, el más pequeño de ellos se despertó y descubrió que algo había cambiado: estaba solo en la habitación. Sus dos hermanos habían desaparecido. En aquel momento no le dio más importancia, pero sí le pareció un hecho lo bastante insólito como para recordarlo la mañana siguiente, cuando sólo uno de sus hermanos había regresado a casa. El otro se había marchado para siempre… o desapareció durante veintidós años, para ser exactos.

Shay no había mutado de expresión, no había movido un solo músculo.

– Cuando el hermano pródigo -continué yo- regresó finalmente a casa, lo hizo en busca de una muchacha muerta, y la encontró. Fue entonces cuando el hermano pequeño recordó y cayó en la cuenta de que se acordaba de la noche en que la joven había fallecido. Fue la noche en que los dos hermanos se ausentaron. Uno de ellos se había ido para amarla. El otro había salido a matarla.

– Ya te lo he dicho: jamás pretendí hacerle daño -me interrumpió Shay-. ¿Y crees que Kev era lo bastante listo como para atar tantos cabos? Debes estar de guasa.