El deje amargo de su voz me indicó que yo no era el único que estaba templando los nervios, lo cual era bueno de saber.
– No hace falta ser ningún genio -repliqué yo-. Al pobrecillo debió de destrozarlo imaginar lo ocurrido. Le debía costar creérselo, ¿no es cierto? Simplemente no debía dar crédito al hecho de que su propio hermano hubiera matado a una chica. Apuesto a que debió de pasarse el último día en esta tierra enloqueciendo, intentando encontrar alguna explicación alternativa. Me telefoneó una docena de veces, supongo que con la esperanza de que se la diera yo o al menos de que le quitara aquella patata caliente de las manos.
– ¿De eso va todo esto? ¿Te sientes culpable por no responderle las llamadas a tu hermano pequeño y buscas un modo de culparme a mí?
– Yo he escuchado atentamente tu historia. Te ruego que me dejes ahora concluir la mía. El domingo por la noche, Kev debía de estar hecho trizas y, como bien has apuntado tú, no es que fuera el zorro más astuto de la manada. Lo único que debió de ocurrírsele es afrontarlo todo de cara, ¡pobre iluso!, ir con la verdad por delante: hablar contigo, de hombre a hombre, y ver qué tenías que decir. Y cuando le propusiste reuniros en el número dieciséis, el pobre idiota cayó en la trampa. Respóndeme a algo: ¿crees que era adoptado o simplemente el resultado de alguna mutación?
– Estaba sobreprotegido -respondió Shay-. Eso es lo único que le ocurría. Lo estuvo toda su vida.
– Menos el domingo pasado. El domingo pasado era la persona más vulnerable del mundo y, pese a ello, él creyó estar completamente seguro. Seguramente le echaste todo ese sermón sobre, ¿cómo era?, la responsabilidad familiar y el alquilar una habitación amueblada para ti… El mismo que me has echado a mí. Pero para Kevin eso no significaba nada. Lo único que él conocía eran los hechos, puros y simples: que habías matado a Rosie Daly. Y no supo manejarlo. ¿Qué te dijo que te hizo enfurecer de tal manera? ¿Tenía planeado contármelo cuando consiguiera ponerse en contacto conmigo? ¿O ni siquiera te preocupaste en averiguarlo antes de matarlo también?
Shay se revolvió en su silla, un movimiento salvaje de animalillo atrapado, aislado.
– No tienes ni idea de lo que dices. No tenéis ni idea ninguno ni la habéis tenido nunca.
– Pues adelante, ilumíname. Para empezar, ¿cómo te las apañaste para convencerlo de que asomara la cabeza por esa ventana? Fue una trampa muy astuta; me encantaría saber cómo lo planeaste.
– ¿Quién dice que yo planeara nada?
– Vamos, Shay, cuéntamelo. Me muero de curiosidad. Y después de oír cómo se reventaba la cabeza contra el pavimento, ¿qué hiciste? ¿Te quedaste un rato arriba o saliste disparado por la puerta de atrás para meterle la nota en el bolsillo? ¿Se movía aún cuando llegaste? ¿Gemía? ¿Te reconoció? ¿Te imploró ayuda? ¿Permaneciste en aquel jardín viéndolo agonizar?
Shay estaba encorvado sobre la mesa, con los hombros firmes y la cabeza gacha, como un hombre combatiendo contra un viento fuerte.
En voz baja respondió:
– Después de que tú te largaras tardé veintidós años en tener una nueva oportunidad. Veintidós putos años. ¿Te imaginas cómo han sido esos años? Vosotros cuatro por ahí viviendo vuestra vida, casándoos, procreando, viviendo como la gente normal y corriente, felices como cerdos revolcándose en una pocilga. Mientras tanto, yo seguía aquí, en este puñetero lugar, en el puto lugar de siempre… -Tenía la mandíbula tensa y clavaba el dedo en la mesa con fuerza una y otra vez-. Yo también podía haber tenido todo eso. Podía… -Recuperó ligeramente el control, emitió un ruido áspero al respirar y dio una fuerte calada al cigarrillo. Le temblaban las manos-. Ahora se me ha vuelto a presentar la oportunidad. No es demasiado tarde. Sigo siendo joven; puedo hacer que esa tienda de bicicletas despegue, comprarme una casa, tener mi propia familia; aún sigo atrayendo a las mujeres. Y nadie me va a echar por tierra esa oportunidad. Nadie. Esta vez no. Otra vez no.
– Y Kevin estuvo a punto de hacerlo -observé.
Otra exhalación como un bufido animal.
– Cada maldita vez que me acerco a poder salir de aquí, que estoy tan cerca de hacerlo que casi puedo paladearlo aparece uno de mis hermanos para impedírmelo. Intenté decírselo. Pero no lo entendió. El niñato imbécil y mimado acostumbrado a que se lo dieran todo no tenía ni puñetera idea… -No concluyó la frase, sacudió la cabeza y apagó el pitillo con violencia.
– Y simplemente ocurrió -dije yo-. Otra vez. Al parecer eres un tipo sin suerte.
– La vida es así.
– Quizá. Casi podría tragármelo si no fuera por una cosa: esa nota. No se te ocurrió colocársela en el bolsillo justo después de que Kevin saltara por esa ventana. No pensaste: «Mira, ese pedazo de papel que llevo guardando veintidós años ahora me vendría más que bien». No te arrastraste pesadamente hasta casa para recogerla, asumiendo el riesgo de que alguien te viera salir del número dieciséis o volver a entrar. La llevabas ya contigo. Lo tenías todo planeado.
Shay buscó mis ojos con los suyos, que refulgían con un azul ardiente, iluminados con un odio incandescente que me dejó anonadado en mi silla.
– Te la estás ganando, pedazo de capullo, ¿te enteras? Te la estás ganando por hablarme con ese aire de superioridad. Mira quién fue a hablar. -Lentamente, en los rincones, las sombras cuajaron en gruesos bultos negros-. ¿Crees que iba a olvidarme sólo porque a ti te convenga?
– No sé de qué diablos me hablas -dije.
– Claro que lo sabes. ¡Aparecer por aquí para llamarme asesino…!
– Te voy a dar un consejo: si no te gusta que te llamen asesino, será mejor que no vayas por ahí matando a gente.
– … cuando tanto tú como yo sabemos que los dos somos iguales. Míralo, al hombrecito, que regresa con su placa y su palabrería de poli y sus amiguitos maderos… Puedes engañar a quien quieras, engañarte a ti mismo si te place, pero a mí no me engañas. Tú y yo somos iguales. Exactamente iguales.
– De eso nada. Y la diferencia es muy sencilla: yo nunca he matado a nadie. ¿Ves la diferencia o te resulta demasiado complicado?
– Claro, ahora resultará que tú eres un santo. ¡Vaya montón de mierda! ¡Me pones enfermo! No me vengas con moralidades baratas. El único motivo por el que tú nunca has matado a nadie es porque piensas más con la polla que con el cerebro. Si no hubieras estado tan encoñado, también serías un asesino.
Silencio, sólo las sombras susurrando y suspirando en los rincones, y ese televisor parloteando mecánicamente en el piso de abajo. Shay esbozó una sonrisita terrible, como un espasmo. Por una vez en mi vida no se me ocurría nada que decir.
Yo tenía dieciocho años y él diecinueve. Era viernes por la noche y yo me estaba ventilando el subsidio del paro en el Blackbird, pese a que no era donde me habría gustado estar. A mí me habría encantado haber salido a bailar con Rosie, pero sucedió después de que Matt Daly hubiera dado al traste con la idea de que su hija fuera a ningún sitio con el hijo de Jimmy Mackey.
Así que me encontraba amando a Rosie en secreto y sufriendo cada vez más por tener que mantener nuestro romance oculto semana a semana, golpeándome la cabeza contra las paredes como un animal acorralado intentando dar con un modo de hacer que algo cambiara, lo que fuera. Por las noches, cuando ya no era capaz de resistirlo más, me emborrachaba como una cuba y luego buscaba pelea con tipos más fuertes que yo.
Todo iba según lo planeado. Yo acababa de acercarme a la barra para pedir la sexta o la séptima cerveza y estiré la mano para acercarme un taburete en el que apoyarme mientras esperaba a que me sirvieran (el camarero estaba en el otro extremo de la barra discutiendo acerca de carreras de coches). Alguien apartó el taburete.
– Venga -dijo Shay, colocando una pierna sobre el taburete-. Vete a casa.