– Y una mierda. Ya fui anoche.
– ¿Y? Vuelve a ir. Yo fui dos veces el fin de semana pasado.
– Es tu turno.
– Llegará a casa en cualquier momento. Ve.
– Oblígame.
Sólo conseguiría que nos echaran a los dos. Shay me observó durante un instante para comprobar si hablaba en serio; luego me lanzó una mirada de asco, se bajó del taburete y dio otro trago a su cerveza. Entre dientes, salvajemente, sin dirigirse a nadie en concreto, farfulló:
– Si los dos tuviéramos un par de cojones, no aguantaríamos esta mierda…
– Pues deshagámonos de él -propuse.
Shay se quedó paralizado a medio arrebujarse el cuello del abrigo y me miró de hito en hito.
– ¿Te refieres a echarlo de casa? -preguntó.
– No. Mamá volvería a dejarlo entrar. Lo sagrado del matrimonio y todas esas chorradas.
– Entonces ¿qué?
– Pues lo que he dicho. Deshacernos de él.
Y al cabo de un momento:
– Hablas en serio.
Ni siquiera me había dado cuenta de que lo hacía, no hasta que vi cómo me miró.
– Sí.
A nuestro alrededor, el pub bullía, lleno hasta los topes de ruido y olores cálidos y risas masculinas. Entre nosotros dos se extendía un círculo estático como el hielo. De repente yo estaba completamente sobrio.
– Lo has estado pensando seriamente.
– No me digas que tú no.
Shay se acercó el taburete y volvió a sentarse, sin apartar la vista de mí.
– ¿Cómo?
Ni siquiera pestañeé: un titubeo y Shay descartaría la idea como una fantasía de niños, saldría por la puerta y se llevaría consigo para siempre nuestra oportunidad.
– ¿Cuántas veces a la semana llega borracho a casa? Las escaleras se caen a pedazos, la alfombra está desgarrada… Antes o después tropezará y aterrizará cuatro tramos de escaleras más abajo y se partirá la cabeza. -Se me atragantó el corazón con sólo oírme formular aquella idea en voz alta.
Shay dio un largo trago a su cerveza, mientras reflexionaba, y se enjugó la boca con un nudillo.
– Pero tal vez esa caída no fuera suficiente, tal vez no bastara.
– Puede que sí y puede que no. En cualquier caso serviría para explicar que apareciera con la cabeza abierta.
Shay me contemplaba con una mezcla de recelo y, por primera vez en nuestras vidas, respeto.
– ¿Por qué me lo cuentas?
– Porque se necesitan dos hombres.
– ¿Quieres decir que no podrías hacerlo solo?
– Podría rebotarse, quizás habría que moverlo, alguien podría despertarse, necesitamos una coartada… Con uno solo es más que probable que algo saliera mal. En cambio, si somos dos…
Enroscó un tobillo alrededor de la pata de otro taburete y lo acercó hacia nosotros.
– Siéntate. No pasará nada si llego a casa diez minutos más tarde.
Agarré mi cerveza y me senté, acodado en la barra, y ambos bebimos sin mirarnos. Al cabo de un rato Shay dijo:
– Llevo años buscando una salida.
– Ya lo sé. Yo también.
– A veces -añadió-, a veces creo que, si no la encuentro, me volveré loco.
Eso fue lo más cercano a una conversación fraternal que ambos mantuvimos en nuestra vida. Me desconcertó comprobar lo bien que sentaba.
– Yo ya me estoy volviendo loco. Quizás aún no lo esté, pero presiento que lo estaré.
Asintió, sin sorpresa.
– Sí. A Carmel le ocurre lo mismo.
– Y, además, últimamente Jackie tampoco parece estar bien, después de haberlo visto con una buena curda. Va por ahí como una zombi.
– Kevin está bien.
– Por ahora. Y a juzgar por lo que nosotros sabemos.
– Sería lo mejor que podríamos hacer por ellos -agregó Shay-. No sólo por nosotros.
– A menos que me haya perdido algo, yo creo que es lo único que podemos hacer. No sólo lo mejor, sino lo único.
Nuestros ojos se encontraron al fin. Cada vez había más bullicio en el bar; en algún rincón alguien remató un chiste y todos empezaron a reír de manera escandalosa. Ninguno de los dos pestañeamos.
– Lo había pensado antes -confesó Shay-. Un par de veces.
– Yo llevo pensándolo años. No me parecía difícil… ejecutarlo.
– Sí. Todo sería completamente diferente. Sería… -Shay sacudió la cabeza. Tenía ojeras bajo los ojos y le aleteaba la nariz cada vez que respiraba.
– ¿Crees que seríamos capaces? -pregunté.
– No lo sé. No lo sé.
Otro dilatado silencio, mientras ambos recreábamos mentalmente nuestros momentos favoritos entre padre e hijo.
– Sí -dijimos al unísono.
Shay me alargó la mano. Tenía la cara blanca y roja a parches.
– De acuerdo -dijo, con una respiración rápida-. De acuerdo. Yo me apunto. ¿Tú?
– Yo también -aseguré, y le choqué la mano-. Hagámoslo.
Nos estrechamos la mano con fuerza, como si quisiéramos hacernos daño. Noté aquel momento inflarse, expandirse hacia fuera, ondular en cada rincón. Sentí una sensación de mareo, un mareo dulce, como pincharte una droga a la que sabes que te harás adicto por el resto de tu vida, pero el subidón es tan potente que lo único que puedes pensar es en hincarte la aguja hasta lo más profundo de las venas.
Aquel verano fue la única vez en nuestras vidas en que Shay y yo nos acercamos el uno al otro de manera voluntaria. Cada pocas noches nos citábamos en un agradable rinconcito del Blackbird y hablábamos: repasamos el plan hasta la saciedad para examinarlo desde todos los ángulos, pulir las asperezas, descartar todo lo que no pudiera salir bien y empezar de nuevo. Seguíamos odiándonos profundamente, pero eso había cesado de importarnos.
Shay se pasó noche tras noche charlando con Nuala Mangan, una joven que vivía en Copper Lane. Nuala era fea y tonta, pero su madre tenía la mirada más vítrea del lugar y, al cabo de unas pocas semanas, Nuala invitó a Shay a su casa a tomar el té y él le robó un buen puñado de Valium del botiquín del cuarto de baño, los necesarios para dormir desde a una mujer de noventa kilos hasta a un crío de siete años durante toda una noche y asegurarnos de que no se despertaban con el jaleo, pero también de que sí lo hacían cuando nosotros lo necesitáramos. Shay caminó hasta Ballyfermot, donde nadie lo conocía y la policía jamás se acercaría a interrogar, y allí compró la lejía para limpiar las manchas. Yo tuve un arrebato repentino de colaboración y empecé a echarle a mi madre una mano cada noche con el postre; mi padre no paraba de soltar comentarios desagradables sobre que me estaba volviendo mariquita, pero cada día nos acercábamos más al día clave y resultaba más fácil prestarle oídos sordos. Shay birló una palanca en el trabajo y la escondió bajo el tablón del suelo, junto con nuestros cigarrillos. Éramos buenos. Teníamos un don especial para aquello. Formábamos un gran equipo.
Llámenme retorcido, pero disfruté enormemente aquel mes que pasamos planeando. Tuve algunos problemas para dormir, esporádicos, pero una gran parte de mí estaba gozando de lo lindo. Me sentía como si fuera arquitecto o cineasta: alguien con una visión de largo espectro, alguien con planes. Por primera vez en mi vida, me había convertido en el ingeniero de una obra inmensa y compleja que, si salía bien, habría valido la pena sin ningún género de dudas.
Y entonces alguien le ofreció a papá trabajo durante dos semanas, lo cual significaba que la última noche regresaría a casa a las dos de la madrugada con un nivel de alcohol en sangre que dejaría boquiabierto a cualquier policía, y se nos agotaron las excusas para continuar esperando. Había empezado la cuenta atrás: faltaban dos semanas.
Habíamos repasado la coartada hasta ser capaces de recitarla en sueños. Cena familiar con un riquísimo postre de bizcocho y jerez, cortesía de mi propia veta doméstica (el jerez no sólo era mejor que el agua para disolver el Valium, sino que además camuflaba el sabor, y los pastelillos individuales permitían personalizar las dosis). Luego iríamos a la discoteca en el Grove, en la zona norte de la ciudad, decididos a ligar; haríamos que nos echaran de allí hacia medianoche, de la manera más memorable posible, por groseros, gritones y repelentes, y por entrar allí con nuestras propias latas de cerveza; regresaríamos a casa a pie y haríamos un alto en el camino para acabarnos las cervezas de contrabando a orillas del canal. Llegaríamos a casa alrededor de las tres, cuando el Valium hubiera empezado a hacer efecto y descubriríamos estupefactos a nuestro amado padre tumbado a los pies de la escalera en un charco de su propia sangre. Luego vendría el tardío boca a boca, el repiqueteo frenético en la puerta de las hermanas Harrison, la apresurada llamada telefónica solicitando una ambulancia. Casi todo, salvo la pausa para acabarnos las cervezas, iba a ser verdad.