Me dio un rodillazo en las pelotas, se apartó apoyándose en los codos e intentó ponerse en pie, pero fui más rápido que él. Lo agarré con una llave de brazo, lo volví a tirar al suelo de espaldas y le endosé un gancho en la mandíbula. Para cuando recobró la vista, le tenía el pecho presionado con una rodilla, había sacado mi pistola y le apuntaba con ella a la frente, justo entre los ojos.
Se quedó completamente inmóvil.
– «Se informó al sospechoso de que estaba arrestado por presunto homicidio y se le leyeron sus derechos. Me respondió enviándome, cito literalmente, "al cuerno". Le expliqué que el procedimiento sería más rápido y llevadero si colaboraba y le solicité que me presentara las muñecas para esposarlo. Entonces el sospechoso se desató en un ataque de ira y me atacó, dándome un puñetazo en la nariz (véase la fotografía adjunta). Intenté retirarme de la situación, pero el sospechoso bloqueó la vía de salida. Saqué mi arma y le advertí que se apartara. El sospechoso se negó.»
– Tu propio hermano -farfulló Shay en voz baja. Se había mordido la lengua; le manaba sangre de los labios al hablar-. Pequeño hijo de puta.
– Mira quién demonios habla. -El arrebato de ira casi me levantó del suelo. Sólo me di cuenta de que había estado a punto de accionar el gatillo al ver aquel destello de terror cruzar por su mirada. Sabía a champán-. «El sospechoso continuó golpeándome y me amenazó varias veces con un, cito textualmente: "Voy a matarte" y con un: "No pienso ir a la cárcel. Antes prefiero la muerte". Intenté tranquilizarlo asegurándole que la situación podía resolverse por medios pacíficos y le solicité de nuevo que me acompañara a comisaría para discutirla en un entorno controlado. Estaba profundamente agitado y no parecía asimilar mis palabras. Llegados a aquel punto había empezado a preocuparme que el sospechoso estuviera bajo la influencia de alguna droga, posiblemente cocaína, o de alguna enfermedad mental, puesto que mostraba un comportamiento irracional y parecía sumamente volátil…»
Apretó la mandíbula.
– Y encima me vas a hacer parecer un loco… Así es como harás que me recuerden…
– Lo que haga falta. «Intenté varias veces convencer al sospechoso de que se sentara para tener la situación bajo control, sin éxito. El sospechoso se mostraba cada vez más nervioso. Llegados a este punto caminaba a zancadas de un lado para el otro de la estancia, farfullando para sí mismo, golpeando las paredes y golpeándose la cabeza con el puño. Finalmente el sospechoso agarró…» Veamos, vamos a concederte algo más serio que una botella, algo que no te haga parecer una nenaza. ¿Qué tienes por aquí? -Eché un vistazo alrededor del salón: una caja de herramientas, por supuesto, perfectamente guardada bajo una cajonera-. Me apuesto lo que sea a que hay una llave inglesa ahí dentro. ¿Estoy en lo cierto? «El sospechoso agarró una larga llave inglesa de metal de una caja de herramientas (véanse las fotografías adjuntas) y volvió a amenazarme con matarme. Le ordené que arrojara el arma al suelo e intenté apartarme de su radio de alcance. Continuó avanzando hacia mí e intentó golpearme en la cabeza. Esquivé el golpe y disparé un tiro de advertencia por encima de su hombro (no te preocupes, no apuntaré al mobiliario fino) y le advertí que, si volvía a atacarme, no me quedaría más remedio que descerrajarle un tiro…»
– No lo harás. ¿Quieres decirle a Holly que has asesinado a su tío Shay?
– No voy a explicarle a Holly absolutamente nada. Lo único que necesita saber es que no volverá a acercarse a esta apestosa familia de chalados nunca en la vida. Cuando crezca y apenas os recuerde, le explicaré que eras un jodido asesino y que recibiste tu merecido. -La sangre que me manaba de la herida en la sien goteaba encima de él, en grandes goterones que su jersey empapaba y le salpicaban la cara. A ninguno de los dos nos importaba-. «El sospechoso intentó golpearme de nuevo con la llave inglesa. Esta vez me alcanzó en la cabeza (véase el informe médico y la fotografía adjuntos)», porque, créeme, amiguito, acabaré con una bonita herida en la cabeza. «El impacto hizo que disparara el gatillo de mi arma en un acto reflejo. Estoy convencido de que, de no haberme encontrado parcialmente aturdido por el golpe, habría conseguido realizar un disparo inutilizador, pero no mortal. Sin embargo, también considero que, habida cuenta de las circunstancias, mi arma era mi única opción, y que, de haberme refrenado de disparar durante unos segundos más, mi vida habría estado seriamente comprometida. Firmado, detective sargento Francis Mackey.» Y, no habiendo nadie por aquí capaz de contradecir mi bonita versión oficial, ¿a quién crees tú que van a creer?
Los ojos de Shay se hallaban a mil kilómetros del sentido común o de la precaución.
– Me das asco -espetó-. Cerdo asqueroso. -Y me escupió sangre en la cara.
Vi mil centellas de luz, como un rayo de sol resplandeciendo a través de un vidrio esmerilado, y me sentí ingrávido y mareado. Supe que había accionado el gatillo. Se hizo un silencio sepulcral que se extendió fuera de aquella estancia hasta cubrir todo el mundo; no se oía ni un solo sonido, salvo mi respiración acelerada y rítmica. Sentí una libertad inmensa, como si volara, como si saltara al vacío a pecho descubierto. Jamás en mi vida había sentido nada parecido.
Luego esa luz empezó a atenuarse y aquel silencio frío titubeó y empezó a llenarse, invadido por un murmullo de formas y ruidos. El rostro de Shay se materializó como una Polaroid salida del negro: maltrecho, con la mirada perdida, cubierto de sangre, pero aún ahí.
Emitió un sonido espantoso que podría haber sido una carcajada.
– Te lo dije -se burló-. Te lo dije.
Cuando empezó a buscar a tientas la botella de nuevo con una mano, le di la vuelta a la pistola y le golpeé en la cabeza con la culata.
Emitió un ruido desagradable, parecido a una arcada, y cayó inconsciente. Le esposé las muñecas por delante, comprobé que respirara y lo apoyé contra el asiento del sofá para que no se ahogara en su propia sangre. Luego guardé mi arma y busqué mi móvil. Me costaba teclear: manché todo el teclado con mis manos ensangrentadas y la pantalla con las gotas de sangre que me chorreaban de la sien. Tuve que limpiar el teléfono varias veces con mi camisa. Agucé el oído para escuchar si había pasos escaleras arriba, pero lo único que oí fue el parloteo débil y demente del televisor: había enmascarado los golpes secos y los gruñidos que podrían haberse filtrado a través del suelo. Tras probarlo un par de veces, logré telefonear a Stephen.
Con un recelo más que comprensible, contestó:
– Detective Mackey.
– Sorpresa, Stephen. Tengo a nuestro hombre. Detenido, esposado y ni pizca de feliz por ello.
Silencio. Yo describía círculos rápidos alrededor de la estancia, con un ojo puesto en Shay y el otro comprobando que no había ningún testigo en ningún rincón; me resultaba imposible permanecer quieto.
– Habida cuenta de las circunstancias, sería fantástico que no fuera yo el oficial que lo arreste -añadí-. Creo que te has ganado tu primera condecoración, si es que aún la quieres.
Capté su atención.
– La quiero.
– Sólo para que lo sepas, chaval, esto no es en absoluto parecido a los bonitos regalos que Papá Noel te deja en los calcetines en navidades. Scorcher Kennedy va a echar chispas a un nivel que soy incapaz siquiera de imaginar. Tus principales testigos somos yo, una cría de nueve años y una imbécil enfadada que negará saber nada por principios. Tus posibilidades de obtener una confesión son prácticamente nulas. Lo inteligente sería darme las gracias amablemente, decirme que llamara a la brigada de Homicidios y retomar lo que sea que suelas hacer las tardes de los domingos. Pero, si jugar a tiro fijo no es tu estilo, puedes venir aquí, efectuar tu primer arresto por homicidio y aceptar tu primera gran oportunidad de cerrar un caso. Porque tengo a nuestro hombre.