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La expresión del chaval me reveló que ya había llegado a esa conclusión. Shay miró a Stephen con lo que sus abultados ojos revelaron como la más absoluta de las indiferencias, sin curiosidad, sin nada salvo un agotamiento destilado que me dio ganas de desplomarme con sólo mirarlo.

– Tal como puedes apreciar -añadí-, hemos tenido una pequeña discusión. Quizá te interese someterlo a examen para comprobar que no tenga ninguna contusión cerebral. He documentado nuestro estado por si en el futuro necesitas fotografías como referencia.

Stephen repasaba a Shay con la vista con suma atención, de arriba abajo, procurando no perderse ni un centímetro.

– Posiblemente las necesite, sí. Gracias. ¿Quiere que se las devuelva ahora mismo? Puedo ponerle las mías.

Señalaba las esposas.

– No tengo previsto detener a nadie más esta noche -repliqué-. Ya me las devolverás en otra ocasión. Todo tuyo, detective. Aún no le he leído los derechos; eso te lo he dejado para ti. Por cierto, no te descuides de ningún tecnicismo. Es más listo de lo que parece.

Stephen preguntó, intentando formular su pregunta con la máxima delicadeza:

– ¿Qué tenemos…? Me refiero a… ya sabe. Causa razonable para arresto sin orden de registro.

– Supongo que esta historia probablemente tendrá un final más feliz si no desembucho todas nuestras pruebas delante del sospechoso. Pero, confía en mí, detective, no se trata de mera rivalidad fraternal desmadrada. Te telefonearé dentro de una hora y te informaré en detalle. Hasta entonces, supongo que con esto podrás tirar: hace media hora se ha declarado autor confeso de los dos asesinatos y me ha dado una cantidad de motivos y detalles acerca de la forma de la muerte que sólo el asesino podría conocer. Lo negará hasta la saciedad, pero por suerte tengo un montón de golosinas guardadas para ti, y eso sólo para empezar. ¿Crees que te bastará por el momento?

La expresión de Stephen revelaba que albergaba serias dudas con respecto a esa confesión, pero era lo bastante listo como para saber que no podía entrar en eso.

– Claro que sí. Gracias, detective.

Mamá gritó desde el piso de abajo:

– ¡Seamus! ¡Francis! Si se me quema la cena, juro que os voy a castigar como es debido.

– Tengo que largarme -expliqué-. Hacedme un favor: esperad aquí un rato. Mi hija está en el piso de abajo y prefiero que no vea esto. Dadme tiempo para sacarla de aquí antes de iros, ¿de acuerdo?

Me dirigía a ambos. Shay asintió con la cabeza, sin mirarnos a ninguno de los dos. Stephen contestó:

– Ningún problema. Vamos a ponernos cómodos, ¿de acuerdo? -Señaló hacia el sofá con la cabeza y le tendió una mano a Shay para ayudarlo a ponerse en pie.

Shay dejó transcurrir un segundo y luego la tomó.

– Buena suerte -le deseé.

Me cerré la cremallera de la chaqueta para ocultar la camisa manchada de sangre y agarré una gorra con visera negra con el eslogan «Bicicletas M. Conaghy» de un perchero para cubrirme la cabeza. Me esfumé de allí.

Lo último que vi fueron los ojos de Shay por encima de los hombros de Stephen. Nunca nadie me había mirado así, ni Liv ni Rosie: tuve la sensación de que podía verme por dentro, incluso sin intentarlo, sin que yo pudiera dejar ningún rincón oculto ni ninguna pregunta sin respuesta. No pronunció ni una palabra.

Capítulo 22

Mamá había arrancado a todo el mundo de delante del televisor y había vuelto a dar forma al idilio navideño: la cocina estaba infestada de mujeres y humo y voces, los hombres eran arreados arriba y abajo con agarradores y platos, y el aire estaba invadido por el chisporroteo de la carne y el aroma a patatas asadas. Me aturdió. Tuve la sensación de haberme ausentado durante años.

Holly estaba poniendo la mesa con Donna y Ashley; la estaban decorando con servilletas de papel con angelotes impresos mientras cantaban un villancico inventado. Me concedí una fracción de segundo para contemplarlas, sólo para registrar en la memoria esa imagen mental. Luego le puse una mano en el hombro a Holly y le susurré al oído:

– Cielo, tenemos que irnos.

– ¿Irnos? Pero si…

Estaba estupefacta de indignación y lo bastante desconcertada como para que le llevara un segundo empezar a discutir. Le dediqué una mirada de alerta máxima paternal y se le bajaron los humos.

– Recoge tus cosas -le ordené-. Rápido.

Holly dejó el puñado de cubiertos que llevaba en la mano sobre la mesa con un golpe y se dirigió arrastrándose hacia el recibidor tan despacio como pudo. Donna y Ashley me miraron como si acabara de degollar a un cordero. Ashley se apartó de mi camino.

Mamá asomó la cabeza por la puerta de la cocina blandiendo un tenedor de servir enorme como si fuera una aguijada para el ganado.

– ¡Francis! Ya era hora, maldita sea. ¿Ha venido Seamus contigo?

– No, madre…

– Te tengo dicho que no me llames «madre». Anda a buscar a tu hermano ahora mismo y venid los dos a sacar a tu padre para la cena antes de que se me queme de tanto esperaros. ¡Ve ahora mismo!

– Mamá. Holly y yo tenemos que irnos.

Mi madre dejó caer la mandíbula. Por un segundo, incluso se quedó sin habla. Luego saltó como una sirena antiaérea:

– ¡Francis Joseph Mackey! Supongo que me estás tomando el pelo. Dime ahora mismo que es una broma.

– Lo siento, mamá. Me he entretenido charlando con Shay y he perdido la noción del tiempo. Ya sabes lo que pasa. Vamos tarde. Tenemos que marcharnos de inmediato.

Mamá tenía la barbilla, los pechos y la barriga hinchados, listos para pelear.

– Me importa un bledo la hora que sea. La cena está lista y no vais a ir a ninguna parte hasta que os la hayáis comido. Sentaos ahora mismo a esa mesa. Es una orden.

– Imposible. Siento el lío. De verdad. Holly… -Holly estaba ya en la puerta, con el abrigo colgando a medio poner por un brazo y los ojos como platos-. Coge la mochila del cole. Ya.

Mi madre me sacudió en el brazo con el tenedor, con la fuerza suficiente como para que me saliera un morado.

– ¡No te atrevas a no hacerme caso! ¿Acaso pretendes provocarme un infarto? ¿Para eso has regresado, para ver a tu madre caer muerta ante tus propios ojos?

Con mucha precaución, el resto de la pandilla fue apareciendo en la puerta de la cocina, uno a uno, a espaldas de mi madre, para comprobar qué ocurría. Ashley se agachó para esquivar a mi madre y se agazapó entre la falda de Carmel.

– Bueno, no era lo que más me entusiasmaba, pero, si es así como quieres pasar la velada, yo no puedo impedírtelo. Holly, he dicho que cojas la mochila ya.

– Porque, si eso es lo que más feliz te haría, vete, y espero que te sientas satisfecho cuando caiga muerta. Venga, lárgate de aquí. Tu pobre hermano ha muerto, ya no me queda nada en esta vida…

– ¡Josie! -gritó mi padre desde el dormitorio, con un bramido furioso-. ¿Qué demonios pasa ahí? -Y el inevitable estallido de tos. Estábamos hasta el cuello de todas y cada una de las mierdas de aquel lugar de las que yo había querido proteger a Holly, y nos hundíamos a toda prisa.

– … y, sin embargo, aquí sigo yo, matándome por ofreceros unas navidades como Dios manda, día y noche pegada a los fogones…

– ¡Josie! ¡Deja de gritar de una puñetera vez!

– ¡Papá! Que hay niños delante… -lo reprendió Carmel.

Le tapaba los oídos a Ashley con las manos y parecía querer que la tierra la tragara.

Mi madre no dejaba de dar alaridos, cada vez a un volumen más alto. Casi podía notarla provocándome un cáncer.

– … y tú, pequeño cabrón desagradecido, ni siquiera tienes la decencia de sentarte a cenar con nosotros…

– Que sí, mamá, es muy tentador, pero voy a pasar… Holly, ¡despierta! Coge ahora mismo tu mochila. Vamos.

Holly parecía presa de una neurosis de guerra. Incluso en nuestros peores momentos, Olivia y yo habíamos conseguido siempre, siempre mantener los insultos alejados de sus oídos.