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– ¡Que Dios se apiade de mí! Perdonadme, criaturas, por emplear ese vocabulario delante de vosotros. ¿Has visto lo que has conseguido?

Otro porrazo con el tenedor. Tropecé con la mirada de Carmel por encima del hombro de mi madre, di unos golpecitos en el reloj y dije:

– Acuerdos de la custodia -en un tono de urgencia.

Estaba convencido de que Carmel había visto un montón de películas en las que ex maridos insensibles torturaban a valientes divorciadas discutiendo a la ligera los acuerdos de custodia. Abrió unos ojos como platos. Dejé que fuera ella quien le explicara el concepto a mamá, agarré a Holly de un brazo y su mochila con la otra mano y la saqué de allí como si se nos llevara el viento. Mientras descendíamos apresuradamente las escaleras («Fuera de aquí. Si no hubieras regresado nunca, tu hermano aún seguiría vivo…»), oí la cadencia uniforme de la voz de Stephen un piso más arriba, manteniendo una conversación tranquila y civilizada con Shay.

Y ya estábamos fuera del número ocho, en plena noche, bajo la luz de las farolas y en el más absoluto silencio. La puerta del vestíbulo se cerró de un portazo detrás de nosotros.

Me llené los pulmones del aire frío y húmedo del anochecer y exclamé:

– ¡Madre del amor hermoso!

Habría matado por un cigarrillo.

Holly apartó su hombro de mí y me arrancó la mochila de la mano.

– Siento lo que acaba de ocurrir. De verdad. No deberías haberlo presenciado.

Holly no se dignó a responder, ni siquiera me miraba. Recorrió todo Faithful Place con los labios fruncidos y la barbilla en un ángulo de rebelión que me indicó que me iba a caer un buen chaparrón en cuanto encontráramos un momento de intimidad. En la calle Smith, a tres coches del mío, divisé el Toyota de chuloputas que Stephen había elegido entre el parque de coches de la comisaría para armonizar con el entorno. Tenía buen ojo; solamente lo detecté por el tipo sentado de manera informal en el asiento del copiloto, que se negaba a mirar en mi dirección. Stephen, como buen explorador, había venido preparado para todo.

Holly se subió de un brinco a la silla alzadora y cerró la puerta del coche de un portazo lo bastante fuerte como para casi arrancarla de las bisagras.

– ¿Por qué tenemos que irnos?

Realmente no tenía ni idea. Había delegado la situación con Shay en las capaces manos de papaíto; por cuanto a ella concernía, eso significaba que el problema estaba zanjado para siempre. Una de mis principales metas en la vida había sido que Holly no tuviera que descubrir, al menos en unos cuantos años más, que la cosa no funcionaba así.

– Cielo -dije. No encendí el motor; no estaba seguro de poder conducir-. Escúchame.

– ¡La cena está lista! ¡Han puesto platos para ti y para mí!

– Ya lo sé. A mí también me habría gustado quedarme.

– Y entonces ¿por qué…?

– ¿Sabes esa conversación que has mantenido con el tío Shay? ¿Justo antes de que yo llegara?

Holly dejó de moverse. Aún tenía los brazos cruzados con gesto de enfado sobre el pecho, pero la mente le iba a mil por hora, pese a que su rostro no lo reflejara, mientras intentaba aclarar qué sucedía.

– Supongo -contestó.

– ¿Crees que podrías explicarle esa conversación a otra persona?

– ¿A ti?

– No, a mí no. A un compañero del trabajo que se llama Stephen. Sólo es un par de años mayor que Darren y es muy bueno y muy simpático. -Stephen había hablado de sus hermanas; deseé que se llevara bien que ellas-. Necesita saber de qué hablabais el tío Shay y tú.

Holly pestañeó.

– No me acuerdo.

– Cielo. Sé que le has prometido que no se lo contarías a nadie. Te he oído.

Una mirada rápida de recelo.

– ¿Qué has oído?

– Espero que todo.

– Pues si lo has oído, cuéntaselo tú a ese tal Stephen.

– No sirve, cariño. Necesita que se lo cuentes tú directamente.

Empezaba a apretar los puños bajo el jersey.

– Bueno, pues no puedo contárselo.

– Holly -la llamé-, mírame a los ojos. -Al cabo de un momento volvió la cabeza, a desgana, uno o dos centímetros en mi dirección-. ¿Recuerdas cuando hablamos de que a veces hay que contar los secretos porque otras personas tienen derecho a saberlos?

Se encogió de hombros.

– Sí, ¿y qué?

– Pues que éste es uno de esos secretos. Stephen intenta averiguar qué le pasó a Rosie. -Dejé a Kevin al margen: ya estábamos a varios años luz de cualquier cosa que deba afrontar un crío de su edad-. Es su trabajo. Y para hacerlo, necesita que le cuentes esa historia.

Un encogimiento de hombros más elaborado.

– No me importa.

Por un instante, su barbilla tozuda y arrogante me recordó a mi madre. Me enfrentaba a todos sus instintos, a todo lo que yo mismo le había introducido en la sangre por el mero hecho de engendrarla.

– Pues tendría que importarte, cariño -observé-. Guardar secretos es importante, pero a veces alcanzar la verdad lo es aún más. Y cuando han matado a alguien, normalmente lo es.

– Vale. Pues que el tal Stephen vaya a molestar a otra persona y me deje en paz, porque yo no creo que el tío Shay haya hecho nunca nada malo.

La observé, tensa y quisquillosa, echando chispas como un gatito salvaje acorralado. Unos meses antes habría hecho cualquier cosa que yo le hubiera pedido, sin cuestionarlo, y aun así habría conservado intacta su fe en el adorable tío Shay. Tuve la sensación de que cada vez que la veía la cuerda se volvía más fina y más larga, hasta que llegase el día inevitable en que yo perdiera el equilibrio, diera un traspié, sólo uno, y nos arrastrara a ambos al vacío. Sin alzar la voz dije:

– Está bien, cariño. Entonces déjame preguntarte algo. Habías planeado lo de hoy hasta el último detalle, ¿me equivoco?

De nuevo ese destello azul en sus ojos.

– No.

– Vamos, cielo. A mí no me engañas. Mi trabajo consiste exactamente en planear este tipo de cosas y me doy cuenta de cuándo otra persona lo hace. Mucho antes de que tú y yo habláramos de Rosie empezaste a pensar acerca de esa nota que habías visto. Por eso me preguntaste por ella, así, de pasada, y cuando descubriste que había sido mi novia, supiste que tenía que ser ella quien la había escrito. Entonces fue cuando empezaste a preguntarte por qué tu tío Shay tenía una nota de una chica muerta guardada en un cajón. Corrígeme si me equivoco.

No reaccionó. Interrogarla como a un testigo me agotaba de tal manera que me dieron ganas de arrancar el asiento y echarme a dormir allí mismo, en el suelo del coche.

– Por eso me presionaste hasta convencerme de que te trajera a casa de la abuelita hoy. Te dejaste los deberes de matemáticas para el final, todo el fin de semana, para poder traerlos y usarlos para quedarte a solas con el tío Shay. Y luego estuviste punzándolo hasta que conseguiste que te hablara de esa nota.

Holly se mordía con fuerza el labio por dentro.

– No te estoy regañando; la verdad es que has hecho un trabajo impresionante. Simplemente expongo los hechos.

Se encogió de hombros.

– ¿Y qué pasa?

– Mi pregunta es la siguiente. Si no pensabas que tu tío Shay hubiera hecho nada malo, ¿por qué te tomaste tantas molestias para hablar con él a solas? ¿Por qué no me dijiste sencillamente lo que habías encontrado y dejaste que fuera yo quien hablara con él?

Sin levantar la mirada, con una voz apenas inteligible:

– No era asunto tuyo.

– Por supuesto que lo era, cielo. Y tú lo sabías perfectamente. Sabías que Rosie había sido una persona a la que había querido, sabes que soy detective y sabías que estaba intentando averiguar qué le había ocurrido. Todo lo cual convierte esa nota en asunto mío. Y, además, al principio nadie te había pedido que guardaras ningún secreto. Así que ¿por qué no ibas a contármelo, a menos que pensaras que había algo raro en todo ello?