Liv arqueó las cejas y volvió el rostro hacia mí.
– ¿Te refieres a…? ¿Qué quieres decir? ¿Me estás pidiendo una cita?
– Bueno -contesté-. Supongo que sí. Algo parecido a una cita.
Un prolongado silencio, durante el cual los pensamientos se desplazaron tras sus ojos.
– He estado pensando en lo que dijiste la otra noche, ¿sabes? En lo de las personas que se dedican a fastidiar a los demás. Aún no sé si estoy de acuerdo contigo, pero intento actuar como si tuvieras razón. Lo estoy intentando con todas mis fuerzas, Olivia.
Liv echó la cabeza hacia atrás y contempló la luna avanzar por las ventanas.
– La primera vez que te llevaste a Holly de fin de semana -explicó- estaba aterrorizada. No pegué ojo durante todo el tiempo que estuvo fuera. Sé que pensabas que había estado combatiendo contigo por quedármela los fines de semana sin tener en cuenta sus sentimientos, pero no tenía nada que ver con eso. Estaba convencida de que vendrías a recogerla, la montarías en un avión y jamás volvería a veros a ninguno de los dos.
– Si te soy sincero, lo pensé.
Percibí el escalofrío que le recorrió los hombros, pero mantuvo la voz inalterada.
– Ya lo sé. Pero no lo hiciste. No soy tan ingenua como para creer que no lo hiciste por mi bien; en parte sé que marcharte habría significado abandonar tu trabajo también, pero sé que no lo hiciste, principalmente, por no herir a Holly. Por eso te quedaste.
– Sí -confirmé-. Bueno. Lo hago todo lo bien que sé.
Yo estaba menos convencido que Liv de que el hecho de quedarme hubiera respondido a querer lo mejor para Holly. La niña podría haberme ayudado a regentar un bar en una playa de Corfú, bronceándose y dejándose mimar hasta el infinito por los lugareños, en lugar de exponerla a que toda mi familia le destrozara la cabeza.
– A eso es a lo que me refería el otro día. A que las personas no tienen que hacerse daño sólo porque se quieren. Tú y yo nos lo hicimos porque ambos lo decidimos, no porque fuera un destino inevitable.
– Liv, necesito explicarte algo.
Me había pasado todo el trayecto en coche intentando encontrar la manera menos dramática de hacerlo. Pero resultó que no existía. Omití todo lo que pude y suavicé el tono a los demás, pero para cuando terminé mi relato, Olivia me miraba boquiabierta, con unos ojos como platos, mientras se apretaba los labios con dedos temblorosos.
– Madre mía -exclamó-. Madre mía… Holly.
– Se pondrá bien -contesté yo con toda la convicción de la que pude hacer acopio.
– Sola con un… Dios mío, Frank, tenemos que… ¿qué tenemos…?
Hacía mucho tiempo que Liv no me dejaba observarla sin su armadura perfecta, impenetrable y resplandeciente. Verla de aquella manera, abierta en canal, temblorosa y buscando salvajemente un modo de proteger a su cachorro, me partió el alma. Tuve el sentido común de no rodearla con los brazos; en su lugar, me incliné hacia delante y le estreché los dedos entre mis manos.
– Chisss, cielo. Tranquila. Todo saldrá bien.
– ¿La amenazó? ¿La ha asustado?
– No, cielo. La ha hecho sentir preocupada, confusa e incómoda, pero estoy bastante seguro de que a Holly no se le ha ocurrido pensar que estaba en peligro. Y, además, no creo que lo estuviera. A su manera increíblemente retorcida, la quiere.
Liv ya había avanzado con el pensamiento.
– ¿Es un caso sólido? ¿Holly tendrá que testificar?
– No estoy seguro. -Ambos sabíamos cómo funcionaba aquello: si el fiscal general del Estado decidía juzgar a Shay y él se declaraba inocente y el juez pensaba que Holly era capaz de relatar los acontecimientos de manera precisa…-. Pero, si tuviera que apostar dinero, diría que sí, que tendrá que declarar.
– Pobrecita -suspiró Olivia.
– Para eso aún falta tiempo.
– ¿Qué importa eso? He visto lo que un buen abogado puede hacerle a un testigo. Yo misma lo he hecho. No quiero que nadie se lo haga a Holly.
– Sabes perfectamente que no podemos evitarlo. Tendremos que confiar en que estará bien. Es una niña fuerte. Siempre lo ha sido -procuré tranquilizarla.
Durante una fracción de segundo me acordé de mí mismo sentado en aquel jardín de invierno las noches de primavera, viendo cómo la barriga de Olivia se movía con las pataditas fieras y diminutas de Holly, lista para comerse el mundo.
– Sí, es fuerte. Pero eso carece de importancia. Ningún niño del mundo es lo bastante fuerte para esto.
– Holly tendrá que serlo, porque no le queda otra alternativa. Y Liv…, lógicamente ya lo sabes, pero no puedes hablar del caso con ella.
Olivia apartó su mano de la mía con rabia y levantó la cabeza, lista para defender a su pequeña.
– Pues va a necesitar hablar de ello, Frank. No quiero ni imaginarme lo que ha supuesto para ella. Y no pienso tolerar que se lo guarde dentro…
– De acuerdo, pero ni tú ni yo somos las personas indicadas para hablar con ella de este asunto. Por lo que a los tribunales concierne, tú sigues siendo una abogada y eres parcial. Sólo una pista de que la has estado aconsejando y el caso se va a pique.
– Me importa un bledo el puñetero caso. ¿Con quién más se supone que puede hablar? Sabes perfectamente que no hablará con un psicólogo; cuando nos separamos no le dijo ni una sola palabra a aquella mujer. No pienso permitir que esto la perjudique el resto de su vida. Lo siento, pero no.
Su optimismo y su fe en que el daño aún no estuviera hecho me enternecieron.
– No -dije-. Ya lo sé. ¿Por qué no hacemos una cosa? Haz que Holly te cuente todo lo que quiera. Pero asegúrate de que nadie lo descubre, ni siquiera yo, ¿de acuerdo?
Olivia frunció los labios, pero no dijo nada.
– Sé que no es la circunstancia ideal -aclaré.
– Pensaba que te oponías frontalmente a que guardara secretos.
– Y me opongo. Pero ya es un poco tarde para que eso se convierta en una máxima prioridad, así que ¿qué más da?
Liv contestó con una nota crispada de agotamiento subyacente a su voz:
– Supongo que eso se traduce en un: «Ya te lo dije».
– No -negué, y hablaba en serio. Percibí su sorpresa en la rapidez con la que volvió la vista hacia mí-. En absoluto. Significa que la hemos cagado los dos, tú y yo, y que lo mejor que podemos hacer es contener los daños. Y confío en que tú lo harás maravillosamente bien. -Seguía mirándome con recelo y cansancio, a la espera de un «pero»-. Nada de segundas lecturas esta vez, te lo prometo. Ahora mismo, me alegro de que Holly te tenga a ti por madre.
Había sorprendido a Liv con la guardia baja; apartó los ojos de los míos y se removió inquieta en su butaca.
– Deberías habérmelo explicado en cuanto habéis llegado. Me has dejado meterla en la cama como si no pasara nada, como si todo fuera normal…
– Soy consciente de ello. He considerado que le sentaría bien un poco de normalidad esta noche.
Volvió a removerse.
– Necesito ir a comprobar cómo está.
– Si se despierta, nos llamará o bajará.
– Quizá no. Sólo será un momento…
Y se fue. Subió a toda prisa las escaleras, sigilosa como una gata. Había algo inquietantemente reconfortante en aquella pequeña rutina. Solíamos llevarla a cabo una docena de veces por noche cuando Holly era bebé: un chirrido del walkie-talkie y Olivia necesitaba ir a comprobar si seguía dormida. Poco importaba que yo intentara tranquilizarla diciéndole que nuestra hija tenía unos pulmones excelentes y era perfectamente capaz de hacernos saber que se había despertado si le apetecía. Liv jamás temió que padeciera muerte súbita o que se cayera de la cuna y se golpeara la cabeza ni ninguno de esos accidentes tremebundos que suelen acechar a los padres. Lo único que le inquietaba es que Holly se despertara en plena noche y pensara que estaba sola.