Выбрать главу

– No te has comido lo que te he cocinado -soltó mi madre, señalando con su cuchillo hacia mi plato-. Siéntate ahí y acábate el desayuno.

– Me lo acabaré más tarde. ¿Dónde guardas las bolsas de basura?

Mamá tenía el labio fruncido, lista para discutir.

– No sé cómo vives tú ahora, pero bajo mi techo no se desperdicia comida. Cómete lo que tienes en el plato y luego pregúntame de nuevo lo que quieras.

– Mamá, no tengo tiempo para peleas. Han llegado los Daly.

Abrí el cajón donde antes solíamos guardar las bolsas de basura: estaba lleno de chorradas de ganchillo dobladas.

– ¡Cierra ese cajón! ¿Quién diablos te crees para actuar como si vivieras aquí…?

Kevin, que era un chico listo, mantuvo la cabeza gacha.

– ¿Qué te induce a pensar que a los Daly les apetecerá ver tu careto? -quiso saber mi padre-. Probablemente piensen que es todo culpa tuya.

– … Irrumpir ahí como el marqués de Carabas…

– Probablemente -concedí, al tiempo que seguía abriendo cajones-, pero aun así voy a enseñarles esa maleta y no quiero que la lluvia borre las huellas. ¿Dónde cojones…?

Lo único que atinaba a ver eran cantidades industriales de cera para muebles.

– ¡Esa lengua! ¿Acaso te crees que eres demasiado importante para comerte un revoltillo de huevos?

Papá dijo:

– Espera. Me calzo y te acompaño. Daría un ojo por ver la cara de Matt Daly.

Y Olivia quería que presentara a Holly a esta pandilla de desgraciados…

– No, gracias.

– ¿Qué desayunas tú en tu casa? ¿Caviar?

– Frank -dijo Kevin, a punto de perder la paciencia-. Debajo del fregadero.

Abrí el armario y, gracias al cielo, allí estaba el Santo Griaclass="underline" un rollo de bolsas de basura. Arranqué una y me dirigí al salón. De camino le pregunté a Kevin:

– ¿Te apetece venir?

Papá estaba en lo cierto. Los Daly no eran precisamente fans míos; en cambio, a menos que la cosa hubiera cambiado mucho, nadie odiaba a Kevin.

Kevin corrió su silla hacia atrás.

– ¡Joder! Gracias -dijo.

En el salón envolví la maleta con la bolsa de basura con toda la delicadeza de la que fui capaz.

– ¡Jesús! -exclamé. Mamá seguía rezongando («¡Kevin Vincent Mackey! ¡Vuelve a aposentar tu trasero aquí ahora mismo y…»)-. Parece un auténtico manicomio.

Kevin se encogió de hombros y se puso la chaqueta.

– Volverán a la normalidad cuando nos hayamos ido.

– ¿Acaso he dicho que os pudierais levantar de la mesa? ¡Francis! ¡Kevin! ¿Me estáis escuchando?

– ¡Cállate de una puñetera vez! -le ordenó mi padre a mi madre-. ¿Es que no ves que intento comer en paz? -No le alzó la voz, o al menos no todavía, pero su timbre me hizo apretar la mandíbula y vi a Kevin cerrar con fuerza los ojos un segundo.

– Salgamos de aquí -propuse-. Quiero interceptar a Nora antes de que entre en casa.

Bajé la maleta a la planta baja sosteniéndola plana sobre mis antebrazos, con delicadeza, intentando no estropear demasiado las pruebas. Kevin me sostenía las puertas para franquearme el paso. La calle estaba desierta; los Daly habían desaparecido en el interior del número tres.

Un viento virulento descendía por la calle y me golpeó en el pecho, frenándome como una mano enorme que me retaba a no seguir avanzando.

Hasta donde alcanza mi memoria, mis padres y los Daly se odiaban con toda su alma, por un amplio abanico de motivos que provocarían una trombosis a cualquier extraño que intentara comprenderlos. Cuando Rosie y yo empezamos a salir hice algunas preguntas, con el fin de entender por qué la mera idea de nuestra relación hacía que el señor Daly perdiera los estribos, pero estoy bastante seguro de que sólo arañé la superficie. En parte, esas rencillas tenían que ver con el hecho de que los varones Daly trabajaban en la fábrica Guinness, lo cual los situaba un peldaño por encima del resto de nosotros: empleo estable, buen salario y la posibilidad de prosperar en la vida. El padre de Rosie asistía a clases nocturnas y hablaba de ascender en la línea de producción; yo sabía por boca de Jackie que actualmente ocupaba algún cargo de supervisor y que le habían comprado la casa del número tres al propietario. A mis padres no les gustaban las personas con «Nociones» y a los Daly no les gustaban los perdedores alcohólicos y desempleados. Según mi madre, también subyacía una cierta cuestión de celos: ella nos había parido a los cinco con la facilidad con la que se cocina un bizcocho, mientras que Theresa Daly sólo había conseguido tener dos hijas y, en cambio, no le había dado ningún hijo varón a su marido; si se le daba coba en esta línea de argumentación, mi querida madre comenzaba a narrar los abortos de la señora Daly.

Mamá y la señora Daly sí se hablaban, al menos la mayor parte del tiempo; las mujeres prefieren odiarse en las distancias cortas, donde las inversiones les generan más beneficios. Nunca en mi vida he visto a mi padre y al señor Daly intercambiar una palabra. Lo más cerca que han estado de comunicarse (y no estoy seguro de si se trataba de asuntos de trabajo o de envidias obstétricas) era una o dos veces al año, cuando papá regresaba del pub un poco más borracho que de costumbre, rebasaba la puerta de nuestra casa tambaleándose y se dirigía derechito al número tres. Avanzaba haciendo eses por la calle, propinando puntapiés a las verjas y aullándole a Matt Daly para que saliera y se enfrentara a él de hombre a hombre, hasta que mamá y Shay (o, si mamá estaba limpiando oficinas esa noche, Carmel, Shay y yo) salíamos y lo convencíamos de que entrara en casa. Podíamos percibir a toda la calle escuchando, susurrando y disfrutando del espectáculo, pero los Daly jamás abrieron una ventana ni encendieron una luz. La parte más dura era conseguir que papá doblara la curva de las escaleras.

– Una vez dentro -le dije a Kevin, después de que cruzáramos la calle corriendo como locos bajo la densa lluvia y él llamara al timbre del número tres-, habla tú.

Kevin pareció desconcertado.

– ¿Yo? ¿Por qué yo?

– Sígueme la corriente. Basta con que les expliques de qué manera ha aparecido este cachivache. Yo te tomaré el testigo a partir de ahí.

No parecía especialmente entusiasmado, pero a Kev le encanta complacer a los demás y, antes de que tuviera tiempo de encontrar una manera amable de decirme que me ocupara yo del trabajo sucio, la puerta se abrió y apareció la señora Daly.

– Kevin -saludó-. ¿Cómo estás?

Y entonces me reconoció. Abrió unos ojos como platos e hizo un ruidito similar al hipo. Yo dije con voz muy pausada:

– Señora Daly, lamento mucho importunarla. ¿Nos permite entrar un momento?

Se había llevado una mano al pecho. Kev tenía razón con respecto a las uñas.

– No…

Todo policía sabe cómo franquear una puerta ante alguien que duda.

– Sólo necesito proteger esto de la lluvia -dije, haciendo malabarismos con la maleta mientras trasponía el umbral-. Es importante que el señor Daly y usted le echen un vistazo.

Kevin se coló detrás de mí, con gesto incómodo. La señora Daly chilló un «¡Matt!» en dirección a la parte alta de las escaleras sin apartar la vista de nosotros.

– ¿Mamá? -Nora salió del salón, ya crecida y con un vestido que así lo demostraba-. ¿Quién es…? ¡Ostras! ¿Francis?

– El mismo que viste y calza. ¿Cómo te va, Nora?

– ¡Dios mío! -se asombró, al tiempo que proyectaba la mirada por encima de mi hombro, hacia las escaleras.

En mi recuerdo, el señor Daly era una especie de Schwarzenegger con cárdigan, pero en realidad era un hombre más bien tirando a bajito, un tipo enjuto, con la espalda muy recta, el cabello muy corto y una mandíbula arisca. Se le torció el gesto aún más mientras me examinaba, tomándose su tiempo. Entonces me dijo:

– No tenemos nada que decirte.

Miré de soslayo a Kevin.

– Señor Daly -intervino él, rápido-, créame si le digo que es imprescindible que les mostremos algo.