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– Tú puedes mostrarnos lo que te plazca, pero que tu hermano salga de mi casa ahora mismo.

– Sí, lo sé, lo comprendo. Frankie no habría venido, pero no nos quedaba otro remedio, se lo prometo. Es importante. De verdad. ¿No podríamos…? ¿Por favor?

Su actuación fue impecable. Arrastraba los pies y se apartaba su lacio flequillo de los ojos, avergonzado, torpe y nervioso; echarlo de aquella casa habría sido como echar a un perro pastor grande y lanudo. El muchacho sabía lo que se hacía.

– No le habríamos molestado -añadió en tono humilde, por si acaso-, pero no se nos ha ocurrido otra alternativa. ¿Nos concede sólo cinco minutos?

Tras una pausa momentánea, el señor Daly asintió con la cabeza, si bien con ademán adusto y renuente. Habría pagado una buena suma por hacerme con una versión de Kevin en muñeco hinchable que pudiera transportar en la parte posterior del coche y sacar en caso de emergencia.

Nos condujeron hasta el salón, que estaba menos recargado que el de mi madre y era más luminoso: alfombra lisa beis y pintura de color crema en lugar de papel pintado, una fotografía de Juan Pablo II y un antiguo cartel del sindicato, pero ni una fruslería ni un patito de cerámica a la vista. Ni siquiera de críos, cuando entrábamos y salíamos disparados el uno de casa del otro había pisado yo aquella estancia. Durante mucho tiempo deseé que me invitaran a hacerlo, con esa ansia y ese apremio con que se anhela algo cuando a uno le dicen que no lo merece. Pero no eran éstas las circunstancias que había imaginado. En mi versión rodeaba a Rosie con mi brazo y ella llevaba una sortija en el dedo, un abrigo caro sobre los hombros, un bollo en el horno y una sonrisa enorme que le cruzaba el rostro.

Nora nos invitó a sentarnos alrededor de la mesa de centro; la vi pensar en sacar un té y unas galletitas, pero luego cambió de opinión. Yo deposité la maleta en la mesa, interpreté la pantomima de enfundarme los guantes (el señor Daly quizá fuera la única persona de toda la parroquia que preferiría tener a un policía en su salón antes que a un Mackey) y retiré la bolsa de basura.

– ¿Alguna vez habían visto esto? -pregunté.

Un segundo de silencio. A continuación, la señora Daly emitió un sonido a medio camino entre un grito ahogado y un gemido, y alargó la mano para coger la maleta. Frené su avance con mi mano justo a tiempo.

– Me temo que no van a poder tocarlo.

El señor Daly preguntó toscamente:

– ¿De dónde…? -y respiró profundamente entre dientes-. ¿De dónde has sacado eso?

– ¿Lo reconoce? -le pregunté.

– Es mía -contestó la señora Daly, con los nudillos en la boca-. La llevé para nuestra luna de miel.

– ¿De dónde has sacado eso? -preguntó de nuevo el señor Daly, esta vez alzando un poco más la voz y con el rostro virando a un tono poco saludable de rojo.

Le hice un gesto a Kevin con la ceja y él narró la historia con bastante acierto, sin saltarse ningún elemento: los obreros, el certificado de nacimiento y las llamadas telefónicas. Yo sostuve en alto algunos artículos para ilustrar sus palabras, como una azafata de vuelo demostrando cómo usar los chalecos salvavidas, mientras observaba atentamente a los Daly.

Cuando me fui de casa, Nora debía de tener trece o catorce años y era una niña regordeta, con los hombros anchos, una melena de rizos encrespados y los primeros síntomas visibles de desarrollo, lo cual no parecía hacerla en absoluto feliz. Pero el tiempo había jugado en su favor: tenía la misma figura demoledora de Rosie, con unas curvas redondas y pronunciadas, el tipo de figura que actualmente ya no se ve en esas muchachas que se matan de hambre para tener una talla cero y un cabreo permanente. Era entre dos y cuatro centímetros más bajita que Rosie y sus colores eran mucho menos espectaculares (cabello castaño oscuro y ojos grises), pero el parecido existía; no se apreciaba al mirarla de cara, pero sí cuando la atisbabas un instante de reojo. Era intangible, algo en el ángulo de sus hombros y en el arco de su cuello y en su forma de escuchar: absolutamente quieta, agarrándose con una mano el codo opuesto, con los ojos clavados en Kevin. Muy pocas personas son capaces de sentarse inmóviles y escuchar. Rosie era la reina en eso.

La señora Daly también había cambiado, pero a peor. La recordaba alegre, fumando en las escaleras de su portal, con una cadera apoyada en la verja y haciendo juegos de palabras para provocar que nos sonrojáramos y nos escabulléramos bajo su risa ronca. La marcha de Rosie, o quizá los veintidós años de vida transcurridos y el señor Daly la habían dejado para el arrastre: se le había encorvado la espalda, tenía bolsas bajo los ojos y el aura general de necesitar un batido de antidepresivos. Lo que más me impactó, lo que se me había escapado acerca de la señora Daly cuando éramos adolescentes y ella se nos antojaba una anciana, era lo siguiente: bajo la sombra de ojos azul, su explosivo cabello y su enajenación mental de perfil bajo, era la viva estampa de Rosie. Una vez hube detectado el parecido ya no fui capaz de dejar de verlo; se me quedó grabado en la retina, como un holograma que apareciera y desapareciera de manera intermitente. La posibilidad de que Rosie hubiera acabado convirtiéndose en su madre con el transcurso del tiempo me puso los pelos de punta.

Por otro lado, cuanto más miraba al señor Daly, más sensación me daba de estar ante una versión más animada de él mismo. Llevaba un par de botones recosidos en su chaleco de punto al estilo de las novelas policíacas de moda, el pelo perfectamente repeinado y la barba recién afeitada: debía de haberse llevado consigo una cuchilla a casa de Nora la noche anterior y haberse afeitado antes de que los devolviera a casa. La señora Daly se movía y gimoteaba y se mordisqueaba la mano por fuera mientras me observaba revisar la maleta, y Nora respiró hondo en un par de ocasiones, echaba la cabeza hacia atrás y pestañeaba con fuerza; en cambio, el rostro del señor Daly ni se inmutó. Fue tornándose más y más pálido y le saltó un músculo en la mejilla cuando sostuve en alto el certificado de nacimiento, pero eso fue todo.

Kevin aminoró la marcha mientras me lanzaba una miradita para comprobar si lo había hecho bien. Plegué la blusa de estampado de cachemir de Rosie, la coloqué en su sitio y cerré la maleta. Se produjo un instante de silencio sepulcral.

Entonces la señora Daly preguntó, casi sin aliento:

– Pero ¿cómo puede ser que la hayan encontrado en el número dieciséis? Rosie se la llevó con ella a Inglaterra.

La certidumbre que transmitía su voz hizo que me saltara el corazón.

– ¿Cómo lo sabe? -pregunté.

Me miró atónita.

– Porque la maleta desapareció con ella.

– Pero ¿cómo está tan segura de que se marchó a Inglaterra?

– Nos dejó una nota de despedida. Los chicos de los Shaughnessy y uno de los críos de Sallie Hearne nos la trajeron al día siguiente; la encontraron en el número dieciséis. En ella manifestaba que se marchaba a Inglaterra. Primero pensamos que vosotros dos…

El señor Daly se removió en su asiento, un gesto tenso y enfadado. La señora Daly parpadeó rápidamente y dejó de hablar. Yo fingí no darme cuenta.

– Creo que todo el mundo pensó lo mismo, sí -convine sin darle más importancia-. ¿Cuándo descubrieron que no estábamos juntos?

Al ver que nadie contestaba, Nora aclaró:

– Hace un montón de años, unos quince, quizá. Fue antes de que yo me casara. Tropecé con Jackie en una tienda un día y me explicó que se había vuelto a poner en contacto contigo y que vivías aquí, en Dublín. Añadió que Rosie no se había escapado contigo. -Desvió los ojos de mí a la maleta y volvió a clavarlos en mí, abiertos como platos-. ¿Crees… crees que está…?

– Aún no creo nada -la atajé, con mi voz oficial más amable, como si se tratara de una joven desaparecida cualquiera-. No hasta que dispongamos de más información. ¿Han tenido alguna noticia de ella desde que se marchó? ¿Una llamada telefónica, una carta, un mensaje de alguien que hubiera tropezado con ella en algún sitio?