– Un ángel -comentó el señor Daly con tristeza-. Durante toda esa semana se portó como un ángel. Debería haberme dado cuenta.
Nora se había acostado alrededor de las diez y media y el resto de la familia había permanecido despierta hasta poco después de las once; Rosie y su padre tenían que madrugar para ir a trabajar la mañana siguiente. Las dos chicas compartían una habitación posterior, mientras que sus padres ocupaban la otra; en casa de los Daly no había sofás-cama. Nora recordaba el frufrú de la tela al ponerse Rosie el pijama y el susurro de «Buenas noches» al deslizarse entre las sábanas, y luego nada. No había oído a Rosie levantarse de la cama otra vez, ni vestirse, ni salir de la habitación a hurtadillas y luego del apartamento.
– En aquellos tiempos yo dormía como un lirón -se excusó, a la defensiva, como si la hubieran criticado sobradamente por ello-. Era una adolescente, ya sabes a qué me refiero…
Por la mañana, cuando la señora Daly había acudido a despertar a las niñas, Rosie había desaparecido. Al principio no se alarmaron, o no más de lo que lo que lo haría cualquier familia de la calle; me dio la sensación de que el señor Daly había mostrado cierto desdén por lo desconsiderada que era la juventud en los tiempos que corrían, pero poco más. Estábamos en Dublín y corrían los años ochenta: ningún peligro acechaba en la ciudad. Simplemente pensaron que había salido temprano a hacer algo o quizás a reunirse con sus amigas, tal vez por cosas de chicas que desconocían. Pero luego, estando Rosie ausente del desayuno, los muchachos de los Shaughnessy y Barry Hearne habían aparecido con aquella nota.
No quedó claro qué hacían aquellos tres chavales en el número dieciséis de buena mañana un frío lunes, pero yo apostaría a que estaban fumando hachís o viendo pornografía (corrían por la calle un par de revistas que alguien había robado a un primo que había visitado Inglaterra el año previo). En cualquier caso, fue entonces cuando se abrieron las compuertas del averno. La reconstrucción de los Daly fue un poco menos vivida que la de Kevin, quien me miró de soslayo en un par de ocasiones mientras nos narraban su versión, pero en líneas generales los hechos coincidían.
Señalé la maleta con la cabeza.
– ¿Dónde la guardaban?
– En el dormitorio de las niñas -musitó la señora Daly mordisqueándose los nudillos-. Rosie la tenía para guardar la ropa que no usaba, sus viejas muñecas de niña y sus cosas; entonces aún no teníamos los armarios empotrados, claro está, nadie tenía…
– Hagan un esfuerzo. ¿Alguno de ustedes recuerda cuándo fue la última vez que vio esta maleta?
Nadie se acordaba.
– Tal vez varios meses antes -aventuró Nora-. Rosie la guardaba bajo la cama; yo sólo la había visto cuando la sacaba para buscar algo.
– ¿Y qué hay de los artículos que guardaba dentro? ¿Recuerdan cuándo fue la última vez que Rosie utilizó alguno de esos objetos? Si reprodujo las cintas en el radiocasete, si llevó alguna de las prendas que guardaba aquí…
Silencio. Entonces Nora enderezó la espalda de repente y respondió con voz entrecortada:
– El walkman. Se lo vi el jueves, tres días antes de su desaparición. Yo solía sacarlo a escondidas de su mesilla de noche cuando regresaba a casa del colegio y escuchaba sus cintas de casete hasta que ella regresaba del trabajo. Si Rosie me pillaba, me daba una colleja, pero merecía la pena; tenía una música genial…
– ¿Cómo estás tan segura de haberlo visto el jueves?
– Porque era el día en que solía cogerle el walkman. Los jueves y los viernes, Rosie solía ir y venir a pie del trabajo con Imelda Tierney. ¿Te acuerdas de Imelda? Cosía con Rosie en la fábrica. Esos días Rosie no se llevaba el walkman. El resto de la semana, Imelda tenía un turno diferente, de manera que Rosie iba y volvía sola y se llevaba con ella los auriculares para oír música por el camino.
– De manera que podrías haberlo visto el jueves o el viernes.
Nora negó con la cabeza.
– Los viernes solíamos ir al cine después de la escuela, me refiero a mi pandilla. Ese viernes fui. Me acuerdo porque… -Se ruborizó, cerró la boca y miró de soslayo a su padre.
El señor Daly dijo simple y llanamente:
– Lo recuerda porque, después de que Rosie se escapara, pasó mucho tiempo antes de que yo permitiera a Nora callejear otra vez. Habíamos perdido a una hija por ser demasiado permisivos. No tenía intención de arriesgarme a perder a la otra.
– Lo entiendo -contesté, asintiendo como si fuera perfectamente comprensible-. ¿Y ninguno de ustedes recuerda ver ninguno de estos artículos después del jueves por la tarde?
Los tres negaron con la cabeza. Si Rosie no había hecho la maleta antes del jueves por la tarde, había arriesgado demasiado para encontrar una oportunidad de esconderla, en especial dadas las tendencias de doberman de su padre. Las probabilidades empezaban a apuntar, aunque fuera muy sutilmente, hacia qué otra persona se había ocupado de ocultarla.
– ¿Vieron a alguien merodearla? ¿Molestarla? ¿Alguien que les preocupara? -pregunté.
La mirada del señor Daly insinuaba «¿Aparte de ti, quieres decir?», pero consiguió reprimirse. Se limitó a contestar en tono neutro:
– Si hubiera visto a alguien molestándola, lo habría resuelto.
– ¿Discusiones? ¿Alguna pelea con alguien?
– No que nos hubiera contado. Probablemente tú sepas más de eso que nosotros. Todos sabemos que a esa edad la mayoría de las chicas no les explican nada a sus padres.
– Una última cosa -añadí. Rebusqué en el bolsillo de mi chaqueta, extraje un montón de sobres de las medidas de una fotografía instantánea y les entregué tres de ellos-. ¿Alguno de ustedes reconoce a esta mujer?
Los Daly hicieron cuanto pudieron, pero no se les encendió ninguna bombilla, presumiblemente porque Fifi Huellasdactilares es una profesora de álgebra de un instituto de Nebraska cuya fotografía me bajé de internet. Fifi me acompaña dondequiera que voy. Su fotografía tiene un ancho marco blanco para que nadie sienta la necesidad de agarrarla delicadamente por los bordes, y puesto que probablemente sea el ser humano más anodino del planeta, hay que mirarla muy de cerca, probablemente sosteniendo la imagen con ambos pulgares e índices, para asegurarse de que uno no la conoce. Le debo a mi chica, a Fifi, muchas identificaciones sutiles. Aquel día iba a ayudarme a descubrir si los Daly habían dejado huellas en aquella maleta.
Lo que hacía que mis antenas se moviesen en dirección a aquella pandilla era la endiablada posibilidad única entre un millón de que, después de todo, Rosie sí se dirigiera a encontrarse conmigo. De haberse ceñido a nuestro plan y no haber necesitado esquivarme, entonces habría tomado la misma ruta que yo: habría salido por la puerta de su casa, habría descendido las escaleras y se habría dirigido directamente hacia nuestro punto de encuentro. Sin embargo, yo había disfrutado de una vista perfecta de la calle durante toda la noche y esa puerta delantera no se abrió en ningún momento.
En aquel entonces, los Daly ocupaban la planta intermedia del número tres. En la planta superior vivían las hermanas Harrison, tres solteronas viejas y propensas a la sobreexcitación que te obsequiaban con pan con azúcar si les hacías los recados; en el sótano vivía Veronica Crotty, una mujer depresiva y enferma que afirmaba que su esposo era un vendedor viajante, con su pequeña, una criatura triste y enfermiza. En otras palabras, si alguien había interceptado a Rosie de camino a nuestra cita, ese alguien estaba sentado al otro lado de la mesa frente a Kevin y a mí.
Los tres Daly parecían verdaderamente conmocionados y apenados, pero eso podía ser por miles de motivos. Cuando Rosie desapareció, Nora era una adolescente en una edad difícil, la señora Daly bordeaba algún punto del espectro de la locura y el señor Daly tenía un genio de cinco estrellas, un problema de la misma graduación conmigo y unos músculos poderosos. Por otra parte, Rosie no era ningún peso mosca y, es posible que su padre no fuera Arnold después de todo, pero era el único en aquella casa con fuerza suficiente para deshacerse del cadáver.