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La señora Daly preguntó, asomándose con nerviosismo sobre la fotografía:

– ¿Quién es? Nunca la había visto. ¿Crees que podría haberle hecho daño a nuestra Rosie? Parece muy bajita para poder hacer algo así, ¿no crees? Rosie era una muchacha fuerte, no dejaría…

– Diría que no tiene nada que ver con este asunto -aclaré, sinceramente, al tiempo que recogía los sobres con las fotografías y volvía a guardármelos en el bolsillo, por orden-. Sencillamente estoy analizando todas las posibilidades.

– Pero sí crees que alguien le hizo daño… -dedujo Nora.

– Es demasiado pronto para presumir algo así -contesté-. Agilizaré algunas líneas de investigación y les mantendré informados. Creo que tenemos suficiente material para empezar. Gracias por su tiempo.

Kevin saltó de su sillón como si tuviera muelles. Yo me desenfundé los guantes para despedirme de ellos con un apretón de manos. No solicité ningún número de teléfono (carecía de sentido forzar más su hospitalidad) ni pregunté si todavía guardaban aquella nota. Sólo de pensar en volver a verla se me tensaba la mandíbula.

El señor Daly nos acompañó hasta la puerta. Una vez allí me dijo, abruptamente:

– Al ver que nunca nos escribía, pensamos que la culpa era tuya, que no le permitías hacerlo.

Su frase podía interpretarse tanto como una forma de disculpa como un golpe de efecto final.

– Rosie nunca habría permitido que nadie le prohibiese nada -repliqué-. Me pondré en contacto con ustedes tan pronto como recabe algo de información.

Cerró la puerta a nuestra espalda. Oí a una de las mujeres echarse a llorar.

Capítulo 4

La lluvia había amainado a una tenue bruma húmeda, pero las nubes se tornaban cada vez más densas y oscuras: se avecinaba otra tormenta. Mi madre estaba aplastada contra la ventana de la puerta de casa, desde donde enviaba unos rayos X de curiosidad que prácticamente prendieron fuego a mis cejas. Cuando me vio mirar en su dirección, agitó un trapo en el aire y empezó a limpiar con frenesí los cristales.

– Lo has hecho de maravilla -felicité a Kevin-. Mis más sinceras gracias.

Me lanzó una rápida mirada de soslayo.

– Ha sido muy raro.

Su propio hermano mayor, el mismo que solía hurtar bolsas de patatas fritas en el ultramarinos, en plena modalidad policía.

– Pues has disimulado muy bien -añadí con aprobación-. Has actuado como un profesional. Tienes madera para esto, ¿lo sabes?

Se encogió de hombros.

– ¿Y ahora qué? -quiso saber.

– Voy a guardar esto en mi coche antes de que Matt Daly cambie de opinión -le informé, sosteniendo en equilibrio la maleta sobre un brazo mientras saludaba a mi madre con la mano que me quedaba libre y le dedicaba una sonrisa resplandeciente- y luego voy a tener una pequeña charla con una antigua conocida. Entretanto, tú puedes ir a tener una riña con mamá y papá por mí.

Kevin abrió los ojos horrorizados.

– Ah, no, no, de eso nada. Mamá estará que echa humo por lo del desayuno.

– Venga, Kev. Ajústate los suspensorios y lucha por el equipo.

– ¡Al cuerno con el equipo! Eres tú quien la ha cabreado, ¿y ahora pretendes que sea yo quien regrese a casa y me cargue la bronca?

Se le estaba erizando el vello de indignación.

– Exactamente -contesté-. No quiero que mamá vaya a fastidiar a los Daly y no quiero que eche a rodar ningún cotilleo, al menos no por el momento. Sólo necesito una hora más o menos antes de que comience a sembrar el mal. ¿Podrías concedérmela?

– ¿Y qué se supone que debo hacer si decide salir a la calle? ¿Detenerla con un placaje de rugby?

– Dame tu número de teléfono. -Encontré mi teléfono móvil, el que usan mis muchachos y mis informantes, y le envié a Kev un mensaje con un simple «Hola»-. Ahí tienes -dije-. Si mamá se escapa, basta con que respondas a ese mensaje y yo mismo vendré a aplacarla. ¿Conforme?

– Joder -murmuró Kevin, alzando la vista hacia la ventana.

– Estupendo -dije, dándole una palmadita en la espalda-. Eres todo un soldado. Nos reuniremos aquí dentro de una hora y esta noche te invito a unas cervezas, ¿te parece bien?

– Necesitaré beber bastantes -respondió Kev lúgubremente, se enderezó de hombros y puso rumbo a enfrentarse con la caballería.

Escondí la maleta a buen recaudo en el maletero del coche, lista para llevársela a una encantadora dama del laboratorio cuya dirección personal daba la casualidad de que conocía. Un puñado de niños de unos diez años con peinados poco favorecedores y sin cejas estaban repantingados en un muro, examinando los coches con mirada escrutadora y pensando en ganzúas. Lo único que me faltaba era regresar y descubrir que la maleta había desaparecido. Apoyé mi trasero en el maletero, etiqueté mis sobres de Fifi Huellasdactilares, me fumé un cigarrillo y miré con descaro al futuro de nuestro país hasta dejarles claro que ni se les ocurriera… Se encaminaron a destrozarle el coche a alguien que luego no fuera a salir en su búsqueda.

El piso de los Daly era exactamente igual al nuestro: era imposible ocultar un cadáver en ningún sitio, al menos a largo plazo. Si Rosie había fallecido en ese piso, entonces sólo quedaban dos opciones. Una era dar por sentado que el señor Daly tenía un par de cojones como una catedral, cosa que no descartaba, y que podía haberla envuelto en algo y haberla sacado de allí por la puerta delantera, haberla arrojado al río, a algún solar abandonado o incluso a una pocilga, según la encantadora sugerencia de Shay. Pero siendo como era aquel lugar, las probabilidades de que alguien lo hubiera visto, lo hubiera recordado y hubiera hablado sobre ello eran elevadas. Y el señor Daly no se me antojaba la clase de individuo a quien le gustase jugar con fuego.

La otra alternativa era el jardín posterior. En el presente la mitad de los jardines se habían emperifollado con arbustos y tarima y chismes varios de hierro forjado, pero por entonces estaban todos descuidados y desgreñados: unos hierbajos escuálidos, trastos viejos, maderas, muebles rotos y alguna que otra bicicleta descuajaringada. Nadie salía a ellos a menos que fuera para usar el excusado, o en verano, para tender la colada; toda la acción se desarrollaba en la parte frontal de la casa, en la calle. Aquel invierno había hecho frío, pero no el suficiente para congelar la tierra. Se habría precisado una hora una noche para empezar a cavar una tumba, quizás otra hora la noche siguiente para acabarla y otra la tercera noche para rellenarla. Y el asesino habría estado a resguardo de todas las miradas, pues los jardines carecían de iluminación; de hecho, en las noches oscuras se necesitaba una linterna para abrirse camino hasta el aseo. Por otro lado, tampoco nadie habría oído nada; las hermanas Harrison estaban sordas como una tapia, las ventanas posteriores del sótano de Veronica Crotty estaban tapiadas con unos tablones para conservar el calor en casa, y las ventanas del resto del vecindario estarían bien cerradas para proteger los hogares del frío de diciembre. Habría bastado con tapar la tumba durante el día y asunto concluido. Y para ello no se precisaba sino colocar encima una lámina de hierro corrugado o una mesa vieja o lo que fuera que quedara a mano. Nadie se sorprendería.

No podía adentrarme en aquel jardín sin una orden de registro y no podía obtener una orden de registro sin algo que presentara al menos un parecido razonable a una causa probable. Arrojé el pitillo al suelo y me encaminé de nuevo a Faithful Place para hablar con Mandy Brophy.

Mandy fue la primera persona que se mostró inequívoca y sinceramente contenta de verme. Casi se levantó del suelo del grito que dio al reconocerme; tan exagerado fue que supe al instante que mi madre saldría disparada a asomarse a la ventana para comprobar qué sucedía.