– Sí -contesté.
Un beso de buenas noches apretados contra el muro del Trinity College, mis manos en sus caderas atrayéndola hacia mí.
– El señor Daly aguardó despierto a que llegara. Rosie vino a verme el día siguiente, era sábado, y me explicó que su padre se había puesto hecho una furia.
Regresábamos de nuevo hacia el grandullón y malvado señor Daly.
– Me lo imagino -dije.
– Imelda y yo le preguntamos dónde había estado, pero se negaba a revelárnoslo. Se limitó a explicarnos que su padre se había puesto hecho una furia. De manera que adivinamos que había quedado contigo.
– Siempre me pregunté qué demonios tenía Matt Daly contra mí -apunté.
Mandy pestañeó.
– No tengo ni la más remota idea. Sé que tu padre y él no se llevan bien; yo pensaba que era por eso. ¿Acaso importa? Ya no vives por aquí y no tienes que verlo más…
– Rosie me abandonó, Mandy. Me dejó plantado sin más, más solo que la una, y nunca he sabido por qué. Si existe alguna explicación, por pequeña que sea, me gustaría conocerla. Me gustaría saber si hay algo que yo pudiera haber hecho para que las cosas hubieran sido diferentes.
Me mostré fuerte pero dolido y los labios de Mandy dibujaron una mueca de compasión.
– Lo siento, Francis… A Rosie nunca le importó en absoluto lo que su padre pensara de ti. Ya lo sabes.
– Quizá no. Pero si estaba preocupada por algo o me ocultaba algo o si tenía miedo de alguien… ¿Cómo de furioso solía ponerse su padre con ella exactamente?
Mandy pareció perpleja o recelosa, no supe descifrarlo.
– ¿A qué te refieres?
– El señor Daly tiene mal genio -contesté-. Cuando descubrió que Rosie salía conmigo todo el barrio oyó sus gritos. Siempre me pregunté si la cosa se había detenido ahí o si…, bueno, o si la pegaba.
Mandy se tapó la boca con la mano.
– ¡Madre mía, Francis! ¿Te explicó ella algo de eso?
– A mí no, no lo habría hecho, a menos que quisiera que le partiera el alma a su padre. Pensé que quizás hubiera hablado de eso contigo y con Imelda.
– Ah, no. No, en absoluto. Nunca pronunció una palabra sobre eso. Supongo que lo habría hecho, pero… uno nunca puede estar seguro de estas cosas, ¿no es cierto? -Mandy reflexionó unos instantes mientras alisaba en su regazo un pichi azul del uniforme del colegio de una de sus hijas-. Yo apostaría a que jamás le puso la mano encima -sentenció al final-. Y no lo digo sólo porque crea que es lo que quieres oír. En parte, el problema del señor Daly es que nunca superó el hecho de que Rosie se hiciera mayor, ¿entiendes a qué me refiero? Aquel sábado, cuando Rosie vino a verme, después de que él la sorprendiera regresando a casa tarde, teníamos planeado salir las tres a bailar al Apartments por la noche, pero Rosie no pudo venir porque, y no bromeo, su padre le había quitado las llaves de casa. Como si fuera una niña, en lugar de una mujer adulta que traía su salario a la mesa cada semana. La amenazó con cerrar la puerta con llave a las once en punto y le dijo que, si no estaba en casa a esa hora, podía dormir en la calle, y tú sabes perfectamente que a las once en el Apartments apenas si había empezado la fiesta. ¿Entiendes a qué me refiero? Cuando se enfadaba con ella no le daba un par de bofetones, sino que la castigaba a sentarse en un rincón, tal como hago yo con mis pequeñas cuando cometen alguna travesura.
Y, sin más, el foco acusador se desvió del señor Daly, obtener una orden de registro para poner patas arriba su jardín dejó de ser una prioridad máxima y acurrucarse en los acogedores recovecos de la dicha conyugal de Mandy dejó de tener gracia. Si Rosie no había salido por la puerta principal de su casa, no era porque me estuviera esquivando o porque su padre la hubiera sorprendido in fraganti y hubieran vivido un episodio melodramático con un objeto contundente. Podría deberse a que él no le había dejado otra alternativa. Las puertas delanteras se cerraban con llave por la noche; en cambio, las puertas traseras tenían un cerrojo por dentro, para poder ir al lavabo sin necesidad de llave ni peligro de quedarse atrapado fuera de casa. Sin las llaves, poco importaba si Rosie escapaba de mí o hacia mis brazos: había tenido que salir por la puerta posterior, saltar las tapias y atravesar los jardines. Las opciones se multiplicaban y se alejaban del número tres.
Simultáneamente, las posibilidades de extraer alguna huella digital de esa maleta menguaban. Si Rosie sabía que iba a tener que andar haciendo el mono y saltando las tapias de los jardines, ella misma habría escondido la maleta de antemano, para recogerla luego al abandonar la ciudad. Si alguien le había puesto la mano encima durante el camino, probablemente ni siquiera supiera de la existencia de esa maleta.
Mandy me observaba un tanto preocupada, intentando averiguar si entendía lo que ella quería decir.
– Tiene sentido -contesté-. No imagino a Rosie muy contenta de que la castigaran en un rincón. ¿Tenía previsto intentar algo? ¿Robarle las llaves a su padre, quizá?
– Nada en absoluto. Eso es lo que nos dio una pista de que tramaba algo, claro. Imelda y yo le dijimos: «Pasa de él. Sal con nosotras. Si te deja fuera de casa, puedes quedarte a dormir en casa de una de nosotras». Pero ella dijo que no, que prefería no liarla más. A lo que nosotras replicamos: «Pero ¿por qué vas a hacer lo que él diga?». Tal como tú mismo has afirmado, no era su estilo. Y ella contestó: «No será por mucho tiempo». Eso atrajo nuestra atención, evidentemente. Las dos dejamos lo que estábamos haciendo y saltamos sobre ella, mientras le preguntábamos qué tenía planeado, pero se negaba a contestar. Actuaba como si su padre fuera a devolverle las llaves en breve, pero ambas sabíamos que había algo más. Ignorábamos exactamente qué, pero sí que algo grande iba a suceder.
– ¿No intentasteis sonsacarle más detalles? ¿Qué planes tenía? ¿Cuándo? ¿Si iba a ser conmigo?
– Por supuesto que sí. Le insistimos durante un buen rato. Yo le daba golpecitos en el brazo y todo, e Imelda la golpeaba con la almohada para obligarla a hablar, pero se limitó a pasar de nosotras hasta que nos rendimos y decidimos seguir acicalándonos para salir. Rosie era… Madre mía. -Mandy rió con una risa suave y asustada, casi sin aliento; sus briosas manos trajinando con la colada se ralentizaron hasta detenerse del todo-. Estábamos justo ahí, en el comedor; aquello era antes mi habitación. Yo era la única de nosotras que tenía un dormitorio propio; siempre nos reuníamos ahí. Imelda y yo nos estábamos peinando, cepillándonos el pelo para recogérnoslo en una coleta… Madre mía, qué facha teníamos, con aquella sombra de ojos turquesa, ¿te acuerdas? Nos creíamos las Bangles, Cyndi Lauper y Bananarama combinadas en una sola persona.
– Estabais guapísimas -dije con toda franqueza-. Las tres. Nunca he visto chicas más guapas.
Arrugó la nariz.
– Piropeándome no vas a conseguir nada… -Pero seguía con la mirada ausente-. Estábamos metiéndonos con Rosie, preguntándole cuándo iba a internarse en el convento, diciéndole que estaría guapísima vestida de monja porque quien de verdad le gustaba era el padre McGrath… Rosie estaba tumbada en mi cama, con la vista clavada en el techo, mordiéndose la uña como solía hacer, ¿recuerdas? Sólo se mordía una uña.
La uña del dedo índice de la mano derecha. Se la mordía cuando reflexionaba acerca de algo. Aquel último par de meses, mientras urdíamos nuestros planes, incluso se había hecho sangre en algunas ocasiones.
– Me acuerdo -contesté.
– Yo la contemplaba a través del espejo de mi tocador. Era Rosie, la conocía desde que apenas éramos unas mocosas y, de repente, parecía una persona distinta. Como si fuera mayor que nosotras, como si ya se hubiera ido en parte, como si ya estuviera en otro lugar. Se me ocurrió que debíamos regalarle algo: una postal de despedida o una medalla de san Cristóbal, quizás. Algo para desearle buen viaje.