Me costaba horrores asumir, aunque sólo fuera por un instante, que Rosie sí tenía intención de reunirse conmigo. De ser así, entonces aquella nota revelaba que probablemente lo había hecho siguiendo la ruta de Kevin hasta la casa número dieciséis. Y la maleta probaba que no había salido con vida de ella.
– Vamos -dije, interrumpiendo a Kev, que seguía con sus explicaciones («… no es que me volviera loco, pero tenía las tetas más grandes del…»)-. Vamos a jugar donde mamá nos lo tenía prohibido.
La casa del número dieciséis estaba en peores condiciones de lo que había imaginado. Al sacar las chimeneas, los obreros habían dejado grandes boquetes por todas las escaleras frontales y alguien había birlado las cancelas de hierro forjado de ambos lados, o quizás el Rey de las Propiedades también las había vendido. El colosal rótulo que anunciaba CONSTRUCCIONES PJ LAVERY se había caído en el hueco de la escalera y descansaba junto a las ventanas del sótano: nadie se había molestado en recogerlo.
– ¿Qué hacemos aquí? -preguntó Kevin.
– Aún no estoy seguro -contesté, lo cual era cierto. Lo único que sabía es que estábamos persiguiendo a Rosie, recorriendo su camino paso a paso hasta descubrir adónde nos llevaba-. Lo averiguaremos sobre la marcha, ¿de acuerdo?
Kevin abrió la puerta de un toquecito y se inclinó hacia delante, con cautela, para asomarse en el interior.
– Si no acabamos con los huesos en el hospital…
El recibidor era una maraña de densas sombras entrecruzadas proyectadas por los tenues rayos de luz que penetraban en mil ángulos a través de las estancias vacías con las puertas semiarrancadas o de los cristales sucios de la ventana del descansillo y descendían por el vertiginoso hueco de la escalera arrastrados por una fría brisa. Saqué mi linterna. Oficialmente podía no estar de servicio, pero siempre hay que estar preparado para cualquier imprevisto. Había decidido ponerme la cazadora de cuero porque es lo bastante cómoda como para no romperse en ninguna circunstancia y, además, tiene bolsillos suficientes para guardar todo lo básico: a Fifi Huellasdactilares, tres bolsitas de plástico para pruebas, mi cuaderno de notas, un bolígrafo, una navaja suiza, las esposas y una delgada linterna muy potente de la marca Maglite. Mi pistola Colt especial para detectives se enfunda en un arnés de diseño específico que permite colocársela discretamente en la región baja de la espalda, bajo la cinturilla de los tejanos; forma un bultito casi imperceptible.
– No bromeo -añadió Kevin, escudriñando las sombrías escaleras-. Esto no me gusta nada. La casa entera podría desplomarse sobre nosotros con un simple estornudo.
– No te preocupes: llevo implantado un detector GPS en el cuello para que mi brigada me encuentre en caso necesario. Vendrían a rescatarnos.
– ¿En serio?
– No. Venga, Kev, pórtate como un hombre. No va a pasarnos nada.
Encendí la linterna y entramos en el número dieciséis. Noté las décadas de motas de polvo suspendidas en el aire, las noté agitarse, moverse y ascender describiendo fríos remolinos a nuestro alrededor.
Las escaleras crujían y se combaban de manera alarmante bajo nuestro peso, pero aguantaron. Empecé por el salón de la planta superior, donde había encontrado la nota de Rosie y donde, según mamá y papá, los tipos polacos habían hallado su maleta. Al arrancar la chimenea habían dejado un orificio enorme en la pared, que por lo demás estaba repleta de pintadas desvaídas que explicaban quién estaba enamorado de quién, quién era gay y quién podía irse a tomar por saco. En algún punto de esa chimenea que viajaba rumbo a la mansión de alguien en Ballsbridge estaban talladas mis iniciales y las de Rosie.
El suelo estaba sembrado de la típica basura: latas, colillas y bolsas de plástico, pero sobre todo estaba cubierto de polvo (los niños de hoy en día tenían lugares mejores en los que divertirse, y dinero para hacerlo), mezcla que se había decorado de manera atractiva con condones usados. En mis tiempos los condones eran ilegales; si tenías la suerte de encontrarte en una situación en la que necesitaras uno, te arriesgabas y te pasabas las siguientes semanas cagado de miedo por lo que pudiera suceder. Las esquinas de los techos estaban cuajadas de telarañas y un viento fino y frío susurraba al filtrarse por entre las rendijas de los marcos de las ventanas de guillotina. Dentro de nada esas ventanas también habrían desaparecido, seguramente adquiridas por algún comerciante gilipollas cuya esposa quería imprimir a su hogar un adorable toque de autenticidad.
– Yo perdí la virginidad en esta habitación -confesé; aquel lugar me hacía hablar con suavidad.
Noté la mirada de Kevin clavada en mí, deseoso de preguntar, pero se contuvo.
– Se me ocurren muchos lugares más cómodos para echar un polvo -comentó.
– Teníamos una manta. Y la comodidad no lo es todo. No habría cambiado este antro ni por un ático con terraza en Shelburne.
Al cabo de un momento, Kevin se estremeció.
– ¡Dios! Este lugar es deprimente.
– Imagínatelo como un escenario, como un viaje por la Calle del Recuerdo.
– ¡Al diablo con eso! Yo prefiero mantenerme lo más lejos posible de la Calle del Recuerdo. ¿Has oído a los Daly? Los domingos en los años ochenta eran miserables. Misa y luego esa gilipollez de la comida en familia. ¿Qué te apuestas a que comían beicon hervido, patatas asadas y col?
– No te olvides del pudín. -Recorrí con el haz de luz de la linterna los tablones del suelo: había algún que otro agujero sin importancia y unos cuantos bordes astillados, pero ningún boquete parcheado… y es que en aquel lugar cualquier cosa remendada habría cantado como una almeja-. Delicia de ángeles, siempre lo mismo. Sabía a tiza con aroma a fresa, pero, si no te lo comías, hacías que los bebés negros pasaran hambre.
– Fuá, es verdad. Y luego nada que hacer en todo el día salvo perder el tiempo en una esquina, a menos que pudieras dormir en el cine o que quisieras quedarte aguantando a mamá y a papá. No había nada en la tele salvo el sermón del Padre Fulanito explicando que los anticonceptivos provocaban ceguera e incluso para eso tenías que pasarte horas moviendo la maldita antena para sintonizar bien el canal… Te juro que algunos domingos por la tarde estaba tan aburrido que me apetecía que llegara el lunes para ir a la escuela.
No había nada en el hueco que había ocupado la chimenea ni tampoco en el tiro de ésta; sólo un nido en la parte superior y años de cagarrutas blancas de pájaro decorando las paredes. La chimenea era tan estrecha que apenas cabía la maleta. Era imposible que alguien hubiera metido por ella el cuerpo de una mujer adulta, ni aunque fuera temporalmente.
– Déjame que te diga, colega, que deberías haber venido a este lugar. Aquí era donde se vivía toda la acción: sexo, drogas y rock'n'roll.
– Para cuando yo alcancé la edad de la acción, ya nadie venía por aquí. Lo único que había eran ratas.
– Siempre las hubo. Añadían un poco de ambiente. Ven.
Me adentré en la estancia contigua. Kevin me siguió arrastrando los pies.
– Lo que añadían eran gérmenes. Tú ya no vivías aquí, pero alguien echó veneno o algo; creo que fue el loco de Johnny; ¿te acuerdas de que tenía fobia a las ratas porque había luchado en las trincheras? En cualquier caso, un puñado de ratas se arrastraron hasta las paredes y murieron, y te juro que el hedor era espantoso. Peor que una pocilga. Habríamos podido morir todos de fiebre tifoidea.