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– A mí no me desagrada el olor.

Realicé de nuevo la rutina de la linterna. Empezaba a preguntarme si no sería el tío más tonto del mundo. Una noche con mi familia y ya empezaba a pensar que estaba chiflado.

– Hombre, claro, con el tiempo la peste se fue. Pero para entonces todos habíamos buscado ya otro sitio donde pasar el rato, un solar vacío en la esquina con Copper Lane, ¿lo conoces? También era una porquería: en invierno se te congelaban las pelotas y había agujas de pino y alambre de púas por todas partes, pero los chavales de Copper Lane y la calle Smith también solían andar por allí, de manera que era mucho más fácil conseguir bebida o un beso o lo que fuera que anduvieras buscando. Ya no regresamos más aquí…

– Y este lugar cayó en el olvido…

– Sí. -Kevin echó un vistazo a su alrededor, dubitativo. Tenía las manos en los bolsillos y se había arrebujado bien la chaqueta para evitar tocar nada-. Y no me arrepiento. Éste es el tipo de cosas que no soporto de cuando la gente se pone nostálgica al hablar de los años ochenta. En aquella época los niños nos aburríamos como ostras, jugábamos con alambradas o follábamos en ratoneras… ¿Por qué habría que echar eso de menos?

Lo observé, allí de pie con sus logotipos Ralph Lauren, su vistoso y elegante reloj y su peinado de peluquería cara, rebosante de una indignación justificada y con aspecto de pertenecer a otro planeta. Me acordé de cuando era un niño flacucho y revoltoso vestido con la ropa remendada heredada de mí que entraba y salía corriendo de aquella casa sin pensar que no era lo bastante buena para él.

– Bueno, los ochenta tuvieron muchísimas cosas buenas -dije.

– ¿Como qué? ¿Qué hay de maravilloso en perder la virginidad en un nido de ratas?

– No digo que volvería a los ochenta si fuera posible, pero tampoco lo tiraría todo por la alcantarilla. Y no sé tú, pero yo nunca me aburrí. Nunca. Quizá te convendría pensar en ello.

Kevin se encogió de hombros y farfulló algo que sonó a: «No tengo ni idea de a qué te refieres».

– Piénsalo, en serio. Te acordarás.

Me dirigí a las estancias posteriores sin preocuparme por esperarlo; si atravesaba un tablón podrido con el pie en medio de la penumbra era su problema. Al cabo de un momento acudió enfurruñado tras de mí.

No había nada interesante en la parte, posterior ni tampoco en las estancias de la planta del vestíbulo, salvo un alijo inmenso de botellas de vodka vacías que al parecer alguien había preferido no sacar con su basura. En el descansillo superior de las escaleras del sótano, Kevin se plantó.

– De eso nada. Yo ahí no bajo. Hablo en serio, Frank.

– Cada vez que le dices no a tu hermano mayor Dios mata a un gatito. Venga.

– Shay nos encerró ahí en una ocasión. A ti y a mí… Yo era muy pequeño. ¿Te acuerdas? -preguntó Kevin.

– No. ¿Es por eso por lo que este lugar te da escalofríos?

– No me da escalofríos. Sencillamente no entiendo por qué intentamos que nos entierren vivos sin motivo alguno.

– Está bien, espérame fuera entonces -dije.

Un segundo después sacudió la cabeza. Me siguió por la misma razón que yo había querido que me acompañara hasta allí: porque las viejas costumbres permanecen.

Yo había bajado a aquel sótano en tres ocasiones en toda mi vida. La leyenda urbana afirmaba que alguien llamado Higgins el Navajas le había rebanado el cuello a su hermano sordomudo y lo había enterrado allí; si te atrevías a invadir el territorio de Higgins Sincuello, vendría a por ti agitando sus manos en descomposición y profiriendo terribles gruñidos. Probablemente los hermanos Higgins no fueran más que una invención de los padres preocupados. Ninguno de nosotros creía en su existencia, pero aun así nos manteníamos alejados de aquel sótano. Shay y sus amigos a veces merodeaban por allí sólo para demostrar lo machotes que eran, y de vez en cuando alguna pareja también se refugiaba en aquel lugar, si estaban verdaderamente desesperados por echar un clavo y todas las demás estancias estaban ocupadas, pero lo suculento sucedía en las plantas superiores: los diez paquetes de Marlboro y las litronas baratas, los porros finos como cerillas y las partidas de strip poker que siempre se quedaban a la mitad. En una ocasión, cuando Zippy Hearne y yo teníamos alrededor de nueve años, nos retamos a bajar y tocar la pared del fondo del sótano, y yo tenía el vago recuerdo de llevar a Michelle Nugent allí abajo unos años más tarde con la esperanza de que se asustara lo bastante como para agarrarse a mí y, con suerte, darme un beso. Pero no fue así; incluso a esa edad me gustaban ya las chicas que no se asustan con facilidad.

La otra vez que había estado en aquel sótano había sido cuando Shay nos había encerrado en él a los dos. Probablemente nos dejara allí durante una hora, pero parecieron días. Kevin debía de tener dos o tres años y estaba tan aterrorizado que ni siquiera podía gritar. Se meó encima. Le aseguré que no pasaba nada, intenté derribar la puerta a puntapiés o arrancar algún tablón de las ventanas con los dedos y me juré a mí mismo que algún día Shay pagaría por ello.

Hice un barrido lento con el haz de la linterna. Aquel sótano se parecía mucho a como yo lo recordaba, salvo en una cosa: ahora entendía claramente por qué nuestros padres no querían que jugáramos allí. Las ventanas seguían estando canceladas con tablas de manera bastante chapucera; finos hilillos de luz se filtraban entre las rendijas; el techo se combaba de un modo que no me gustaba y se habían desprendido grandes trozos de yeso, dejando a la vista unas vigas torcidas y astilladas. Los tabiques divisorios también habían ido combándose y desmoronándose, de manera que el lugar era ahora básicamente una enorme estancia única y en algunos puntos el suelo se había abierto y dejaba a la vista los cimientos. Quizás acabaría hundiéndose, pues no había nada que sujetara la casa por el flanco en que lindaba con la casa contigua. Largo tiempo atrás, antes de dejar aquel lugar por imposible, alguien había intentado, sin mucho ahínco, tapar unos cuantos de los boquetes más importantes metiendo en ellos losas de hormigón y depositando todas sus esperanzas en la buena fortuna. Aquel sótano también olía como yo recordaba: a pis, a moho y a suciedad, aunque ahora con mayor intensidad.

– ¡Qué asco! -refunfuñó Kevin con hastío, manteniéndose inmóvil al pie de las escaleras-. ¡Qué asco, por favor!

Su voz reverberó en los rincones, rebotó en las paredes en ángulos extraños e hizo que pareciera que alguien más susurraba desde el abismo de la penumbra. Kevin se estremeció y guardó silencio.

Dos de los bloques de hormigón tenían el tamaño de una persona y quienquiera que los hubiese colocado había limpiado los rebordes con una espátula, sólo por darse la satisfacción de hacer el trabajo bien hecho. El tercero estaba ligeramente peor acabado: era poco más que un bulto desigual de aproximadamente un metro veinte de alto por un metro de ancho con el cemento aplicado de cualquier manera.

– Bueno -dijo Kevin, en voz demasiada alta, a mis espaldas-. Ya lo ves. El sótano sigue estando donde estaba y sigue siendo el mismo antro que era. ¿Podemos largarnos ya?

Avancé con cuidado hasta el centro del suelo y presioné una esquina del bloque de hormigón con la punta de la bota. Años de mugre se acumulaban en aquel lugar, pero cuando dejé mi peso encima noté un movimiento muy tenue: se balanceaba. De haber tenido algún tipo de palanca, haber encontrado una barra de hierro o un trozo de metal en uno de los montones de basura que había en los rincones, podría haberlo levantado.

– Kev -dije-, hazme un favor, ¿quieres? Intenta recordar. Esas ratas que murieron en las paredes, ¿ocurrió el invierno en que yo me marché?

Lentamente, Kevin abrió los ojos como platos. Las horribles bandas de luz grisácea lo hacían parecer transparente, como una proyección parpadeando en una pantalla.