Apreté la mandíbula con tanta fuerza que tuve la certeza de que los dientes me saltarían por los aires. No me importó; quería notar ese chasquido. Lo que había en aquel agujero estaba acurrucado como un niño dormido, con el rostro oculto entre sus brazos. Quizás eso evitó que perdiera la cabeza. Escuché la voz de Rosie susurrar «Francis» a mi oído, nítida y clara, nuestra primera vez.
Alguien hizo un comentario insolente acerca de la contaminación y una mano me emplastó una máscara en el rostro. Retrocedí y me tapé la boca con la muñeca, con fuerza. Las grietas del techo resbalaban, saltando como una pantalla de televisor al volverse loca. Creo que me escuché a mí mismo exclamar en voz baja:
– ¡Joder!
Uno de los técnicos me preguntó:
– ¿Se encuentra bien?
Estaba de pie, demasiado cerca de mí, y sonaba como si ya me hubiera formulado aquella pregunta un par de veces.
– Sí -respondí.
– Impacta al principio, ¿verdad? -añadió uno de los miembros de su equipo con cierta petulancia-. Hemos visto cosas peores.
– ¿Ha sido usted quien ha llamado? -quiso saber el técnico.
– Sí. Soy el detective Frank Mackey.
– ¿Pertenece a Homicidios?
Tardé un instante en entender de qué me hablaba. Mi mente se había ralentizado hasta detenerse por completo.
– No -contesté.
El técnico me miró extrañado. Era un tipejo raro al que aproximadamente le doblaba en edad y en estatura, probablemente el gilipollas inútil con el que había hablado antes.
– Hemos llamado a Homicidios -explicó- y al médico forense.
– Una apuesta segura -comentó su adlátere alegremente-. Lo que está claro es que no llegó aquí sólita.
Sostenía en las manos una bolsa de pruebas. Si uno de ellos se atrevía a tocarla delante de mí, lo reventaba a patadas.
– Me alegro por vosotros -los felicité-. Estoy seguro de que llegarán de un momento a otro. Iré a echar una mano a los uniformados.
Mientras ascendía las escaleras oí al listillo comentar algo acerca de la inquietud de los nativos y un estallido de risitas entre los miembros de su equipo. Sonaban como una pandilla de adolescentes y por la última milésima de segundo habría jurado que eran Shay y sus colegas quienes estaban en aquel sótano fumando porros y contando chistes verdes, hasta que la puerta del vestíbulo se abrió a la vida que me había tocado al nacer, esa vida en la que nada de aquello estaba ocurriendo.
En el exterior, el círculo de personas se había engrosado y cerrado más; alguien alargaba el cuello a sólo unos pasos de mi amigo, el perro guardián, para intentar ver algo. Su colega había abandonado su puesto de vigilancia en la puerta para situarse junto a él en la verja. Las nubes habían descendido aún más sobre los tejados y la luz había cambiado, virando a un agorero tono blanco amoratado.
Algo se movió en la parte trasera de la multitud. El señor Daly se abría camino, apartando a los allí congregados a codazos, como si ni los viera, con los ojos clavados en mí.
– Mackey… -Intentaba gritar, pero su voz se quebraba y salía ronca y hueca-. ¿Qué han encontrado?
El monstruo de las ciénagas soltó con insolencia:
– Soy yo quien está al mando de esta escena. Retroceda.
Lo único que ansiaba en aquel momento era que uno de ellos, me daba igual quién fuera, intentara pegarme.
– No serías capaz ni de estar al mando de tu propia polla con ambas manos -le espeté, a pocos centímetros de su enorme cara de pudín blando y, cuando desvió su mirada de la mía, lo aparté de un empujón y me dirigí al encuentro del señor Daly.
En el preciso instante en que traspuse aquella verja me agarró por la solapa y me atrajo hacia él con fuerza, hasta quedar mejilla con mejilla. Sentí una garra candente de algo parecido a la felicidad. El señor Daly tenía más pelotas que el uniformado o no se amedrentaba ante un Mackey, pero cualquiera de las opciones me servía.
– ¿Qué hay ahí dentro? ¿Qué habéis encontrado?
Una anciana gritó de placer y los patinadores nos abuchearon como monos. Yo le advertí, en un tono de voz lo bastante alto como para que los que nos rodeaban lo oyeran:
– Será mejor que me quite las manos de encima, amigo.
– ¡Pedazo de capullo! No te atrevas a decirme lo que… ¿Está ahí dentro mi pequeña Rosie? Dímelo.
– Mi Rosie, amigo. Mi novia. Mía. Se lo repito por última vez: apárteme las manos de encima.
– ¡Todo esto es culpa tuya, maldito matarife! Si mi Rosie está ahí dentro es por culpa tuya.
Tenía su frente apoyada contra la mía y era lo bastante fuerte como para que el cuello de la camisa me estuviera segando el cogote.
Los adolescentes encapuchados comenzaron a gritar:
– ¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea!
Lo agarré bien de la muñeca y estaba a punto de rompérsela cuando lo olí, olí su sudor, su aliento: un olor caliente, repugnante y animal que yo conocía de memoria. Aquel pobre diablo estaba aterrorizado, a punto de perder la cabeza. En aquel instante vi a Holly.
Todo el fuego se evaporó de mis músculos. Noté algo resquebrajarse muy dentro de mí, por debajo de mis costillas.
– Señor Daly -dije, con todo el temple del que fui capaz de hacer acopio-, en cuanto sepan algo se lo comunicarán. Mientras tanto, será mejor que espere en casa.
Los agentes de policía intentaban sacármelo de encima profiriendo toda suerte de bufidos y resoplidos. A ninguno de los dos nos importaba. Al señor Daly se le dibujaron unos anillos blancos sobrecogedores alrededor de los ojos.
– ¿Es ésa mi Rosie?
Busqué con mi pulgar el nervio de su muñeca y apreté con todas mis fuerzas. Él ahogó un grito y apartó las manos de mi pescuezo, pero un segundo antes de que el otro agente lo apartara de mí apretujó su mandíbula contra la mía y me susurró al oído, con la proximidad de un amante:
– Es culpa tuya.
La señora Daly apareció de la nada, emitiendo gimoteos y ruidos imprecisos, y se abalanzó sobre su marido y el agente. El señor Daly se desplomó y juntos consiguieron tirar de él y adentrarse de nuevo entre la bulliciosa muchedumbre.
Por algún motivo, el monstruo de la ciénaga estaba adosado al dorso de mi chaqueta. Me lo quité de encima de un par de codazos bien dados. Luego me apoyé en la verja, me reajusté la camisa y me di una friega en la nuca con la mano. Respiraba con agitación.
– Esto no se acaba aquí, amigo -me informó el monstruo de la ciénaga a modo de amenaza. Su rostro presentaba un tono púrpura insano-. Le informo de que voy a abrir un expediente contra usted.
– Soy Frank Mackey, acabado en E e Y. Diga que añadan su queja a la cola.
El agente me lanzó una mirada ultrajada parecida a la de una vieja solterona y se largó indignado en dirección al grupo de fisgones, gritándoles que retrocedieran con un gran despliegue de gestos histriónicos con los brazos. Vi de refilón a Mandy con una de sus pequeñas en brazos, apoyada en su cadera, y la otra cogida de la mano, las tres convertidas en sendos pares de ojos atónitos. Los Daly subieron las escaleras del número tres a trompicones, aguantándose el uno al otro, y desaparecieron en el interior de la casa. Nora se apoyó en la pared que había junto a la puerta tapándose la boca con fuerza con una mano.
Yo regresé al número once, que se me antojaba un lugar tan bueno como cualquier otro. Shay se estaba liando otro cigarrillo. Kevin estaba lívido.
– Han encontrado algo, ¿verdad? -preguntó.
El forense y la furgoneta del depósito de cadáveres no tardarían en aparecer.