Kevin no estaba a la vista, mi coche seguía intacto y, cuando regresé, Shay también se había largado, dondequiera que suela ir. Mamá continuaba de puntillas en el umbral de casa, agitaba una mano en mi dirección y graznaba algo que sonaba urgente, pero eso es algo que acostumbra a hacer. Fingí no verla.
Scorcher seguía en los escalones del número dieciséis, donde mantenía lo que se antojaba una conversación profundamente infructuosa con el gilipuertas de mi policía favorito. Me coloqué la maleta bajo el brazo y avancé a grandes zancadas entre ellos.
– Scorch -lo saludé con una palmadita en la espalda-. Me alegro de verte.
– ¡Frank! -Me recibió con un bravucón apretón a dos manos-. Vaya, vaya, vaya… Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Me han dicho que te me has adelantado, ¿es eso cierto?
– Mea culpa, sí -contesté, dirigiendo una amplia sonrisa al uniformado-. Solamente quería echar un vistazo rápido. Es posible que tenga información de primera mano con respecto a este caso.
– Espero que no me tomes el pelo… Parece un caso prehistórico. Si tienes alguna pista que nos apunte en la dirección correcta, te deberé una de las buenas.
– Así me gusta -comenté, al tiempo que lo apartaba del monstruo de la ciénaga, que nos escuchaba con las orejas aguzadas y la boca abierta-. Tengo una posible identidad. La información que barajo me dice que podría tratarse de una muchacha llamada Rose Daly, desaparecida del número tres de esta misma calle hace mucho tiempo.
Scorcher silbó, con las cejas enarcadas.
– ¿Tienes una descripción?
– Diecinueve años, 1,55 metros de altura, cuerpo curvilíneo, unos 63 kilos, con una larga melena rizada pelirroja, ojos verdes. No estoy seguro de lo que llevaba puesto la última vez que la vieron con vida, pero probablemente incluyera una chaqueta tejana y unas Doc Martens de catorce agujeros. -Rosie vivía con aquellas botas puestas-. ¿Encaja el perfil con lo que habéis encontrado?
Scorch contestó con suma cautela:
– No lo excluye.
– Vamos, Scorch. Puedes hacerlo mejor.
Scorcher suspiró, se pasó una mano por el cabello y luego volvió a peinarse bien.
– Según Cooper, se trata de una mujer adulta que lleva aquí entre cinco y cincuenta años. Es lo único que puede afirmar hasta que la coloque sobre la mesa de autopsias. Los técnicos han encontrado un montón de objetos sin identificar, entre ellos un botón de unos pantalones vaqueros y un puñado de anillos metálicos que podrían corresponder a los ojales de esas botas de las que hablas. El cabello quizá fuera pelirrojo, pero resulta difícil de discernir.
Aquel revoltillo oscuro empapado en Dios sabía qué…
– ¿Alguna idea de cómo la mataron? -pregunté.
– Ojalá. Ese puñetero Cooper… ¿lo conoces? Se comporta como un capullo si no le caes bien y, por algún motivo que desconozco, yo nunca le he caído bien. Se niega a confirmar nada, salvo que está muerta. ¡Menudo Sherlock Holmes de pacotilla! Yo tengo la impresión de que alguien la golpeó en la cabeza varias veces con un ladrillo (tiene el cráneo abierto), pero ¿qué sé yo? Yo no soy más que un detective. Cooper hablaba en tono monótono sobre daños post mórtem y fracturas provocadas por la presión… -Súbitamente dejó de controlar la calle y clavó la vista en mí-. ¿A qué viene tanto interés? No se tratará de alguna de tus informantes que ha acabado así, ¿verdad?
Nunca deja de sorprenderme que a Scorcher no le caigan puñetazos en los dientes con más frecuencia.
– Mis informantes no suelen morir a porrazos con un ladrillo en la cabeza, Scorcher -contesté-. Nunca. Viven vidas largas y plenas y mueren de viejos.
– De acuerdo. Perdóname por existir -se disculpó Scorch, levantando las manos-. Pero si no es una de los tuyos, ¿por qué te preocupa tanto lo que le ocurriera? Y ya sé que «a caballo regalado no le mires el diente», pero ¿cómo has acabado dando tú con este caso?
Le expliqué lo que irremediablemente alguien habría acabado explicándole: un amor de la adolescencia, una cita a medianoche, mi papel de héroe plantado galopando en solitario en este frío mundo cruel, la maleta y una retahíla de brillantes deducciones. Cuando acabé me miraba con los ojos como platos y un espanto teñido de algo semejante a la compasión que no me gustó nada en absoluto.
– ¡La hemos jodido! -exclamó, opinión que, pensándolo bien, resumía la situación con bastante atino.
– Tranquilo, Scorch. Han transcurrido veintidós años. Esa llama se extinguió hace ya mucho tiempo. Sólo estoy aquí porque mi hermana favorita me llamó como si estuviera a punto de sufrir un infarto y pensé que iba a acabar arruinándome el fin de semana.
– Aun así, lo siento, tío.
– Te llamaré si necesito un hombro en el que llorar.
Se encogió de hombros.
– Lo que quiero decir es que no sé cómo funcionan estos temas en tu departamento, pero a mí no me gustaría en absoluto tener que explicarle algo así a mi superior.
– Mi superior es un hombre muy comprensivo. Pórtate bien conmigo, Scorch. Tengo unos regalos navideños para ti.
Le entregué la maleta y mis sobres con Fifi Huellasdactilares; él conseguiría que los análisis de laboratorio se realizaran con más celeridad y menos fregados y, además, había dejado de considerar al señor Daly una máxima prioridad personal. Scorcher examinó las pruebas como si tuvieran microbios.
– ¿Qué pensabas hacer con esto? -quiso saber-. Si no te importa que te pregunte…
– Pensaba pasárselos a unos amigos que tengo en puestos bajos. Sólo para hacerme una idea de a qué nos enfrentábamos.
Scorcher arqueó una ceja, pero se abstuvo de comentar nada. Leyó las etiquetas de los sobres: Matthew Daly, Theresa Daly y Nora Daly.
– ¿Piensas que fue la familia…?
Me encogí de hombros.
– El cariño mata. Es un punto de partida tan bueno como cualquier otro.
Scorcher alzó la vista al cielo. Había anochecido y las primeras gotas de lluvia empezaban a salpicar con inclemencia; la multitud comenzó a disgregarse, cada cual retornando a lo que quiera que estuviera haciendo; sólo el núcleo duro de los adolescentes encapuchados y de las ancianitas protegidas por sus pañuelos a la cabeza seguía incólume.
– Debo ultimar un par de asuntos aquí -informó Scorcher- y me gustaría mantener una charla preliminar con la familia de la muchacha. Si te apetece, luego podríamos ir a beber una cerveza, a solas, tú y yo, ¿te hace? Así aprovechamos y nos ponemos al día. Mi chico puede quedarse vigilando la escena un rato, así aprenderá con la práctica.
Los sonidos a sus espaldas cambiaron, en las profundidades de la casa: un largo chirrido, un gruñido, botas caminando pesadamente sobre tablones huecos. Unas vagas formas blancas se movían, mezcladas con las densas capas de sombras y el fulgor del fuego eterno emergiendo del sótano. Los muchachos de la morgue sacaban a su presa.
Las ancianas ahogaron un grito y se santiguaron, sin dejar de saborear cada segundo. Los chicos de la morgue pasaron junto a mí y Scorcher con las cabezas gachas bajo la tupida lluvia; uno de ellos maldecía por lo bajini el atasco que iban a encontrar. Pasaron tan cerca de nosotros que podría haber alargado la mano y tocado la bolsa del cadáver. Apenas era un bulto amorfo sobre la camilla, tan plano que perfectamente podía haber estado vacía y tan ligero que podía no haber transportado nada en su interior.
Scorch los observó deslizar la camilla en la parte posterior de la furgoneta.
– Serán solamente unos minutos -me aseguró-. Espérame por aquí.
Fuimos al Blackbird, a unas cuantas manzanas de allí, un antro lo bastante alejado y masculino como para que la mala noticia aún no hubiera llegado. El Blackbird fue el primer pub en el que me sirvieron una cerveza; ocurrió a mis quince años, tras regresar de mi primer trabajo en negro transportando ladrillos en una obra en construcción. Por lo que a Joe, el camarero, atañía, si desempeñabas el empleo de un hombre adulto, te merecías disfrutar de una pinta de hombre adulto al terminar la jornada. Joe había sido reemplazado por un tipo con un tupé equivalente y la neblina causada por el humo del tabaco había acabado por condensar en el ambiente un olor a cerveza rancia y sudor tan denso que casi era posible verlo despegar del suelo, pero, salvo por eso, seguía siendo la misma cueva de siempre: las mismas fotografías en blanco y negro agrietadas de equipos de deporte anónimos en las paredes, los mismos espejos llenos de moscas tras la barra, los mismos asientos de cuero falso con las tripas fuera, un puñado de tipos viejos sentados en taburetes individuales y un grupo de hombres con botas de trabajo, la mitad de ellos polacos y algunos sin duda alguna menores de edad.