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Plantifiqué a Scorcher, que lleva su profesión escrita en la cara, en una discreta mesa de un rincón y me encaminé a la barra. Cuando regresé con las cervezas, Scorcher había sacado su libreta y tomaba notas con un bolígrafo de diseño (al parecer los de la Brigada de Homicidios eran demasiado importantes para utilizar bolígrafos comunes).

– Así que éste es tu territorio natal -observó, cerrando la libreta con una mano mientras asía su cerveza con la otra-. ¿Quién lo iba a decir?

Le dediqué una sonrisa aderezada con un leve toque de advertencia.

– ¿Qué pensabas? ¿Que había nacido en una mansión en Foxrock?

Scorch soltó una carcajada.

– Claro que no. Siempre has dejado claro que eras un tipo de la calle. Pero no revelabas ningún detalle. Me figuré que procedías de algún bloque de apartamentos en el culo del mundo. Nunca imaginé un lugar tan… ¿cómo decirlo?… pintoresco.

– Podría describirse así.

– Según Matthew y Theresa Daly, no se te había visto por aquí desde la noche en que tú y Rosie volasteis del nido.

Me encogí de hombros.

– No sabes cuánto puede llegar a hartar lo pintoresco.

Scorch dibujó una cara sonriente en la espuma de su cerveza.

– ¿Y qué? ¿Contento de regresar al hogar? Aunque no haya sido como hubieras imaginado, claro está…

– Si hay algo que rescatar aquí -contesté-, cosa que dudo, te aseguro que no es esto.

Me miró afligido, como si me hubiera tirado un pedo en la iglesia.

– Deberías ver el aspecto positivo de todo este asunto -apuntó.

Lo miré de hito en hito.

– Hablo en serio. Toma el lado negativo e inviértelo en positivo.

Sostuvo en alto un posavasos y le dio la vuelta para demostrarme el concepto de invertir algo. En otras circunstancias, yo le habría comunicado exactamente qué opinión me merecía su consejo de mierda, pero quería algo de él, así que me abstuve.

– Ilumíname -solicité.

Scorcher absorbió su rostro sonriente de un largo trago y meneó un dedo en mi dirección.

– La percepción -dijo cuando recuperó el aliento- lo es todo. Si crees que puede jugar en tu beneficio, lo hará. ¿Me captas?

– Si te soy sincero, no -contesté.

Scorcher se pone elocuente con la adrenalina, así como hay otros hombres que se vuelven sensibleros con la ginebra. Deseé haber pedido dos chupitos para acompañar.

– Lo único que importa es creer. El éxito de este país se basa por entero en creencias. ¿Crees acaso que las propiedades inmobiliarias en Dublín valen realmente mil euros por metro cuadrado? Es mentira. Pero se venden a ese precio, porque la gente cree que es el precio justo. Tú y yo, Frank, estamos por encima de la media en este sentido. En los años ochenta el país al completo estaba hundido en la miseria, no teníamos ni la más remota esperanza, pero tú y yo creíamos en nosotros. Y eso nos ha permitido llegar donde hemos llegado.

– Yo he llegado donde he llegado haciendo bien mi trabajo -contesté-. Y ruego a Dios que tú también lo hayas hecho, amigo, porque me gustaría que este caso se resolviera.

Scorcher me dedicó una mirada que bien podría haber sido un puñetazo.

– Soy buenísimo en mi trabajo -me aseguró-. Buenísimo. ¿Sabes cuál es la tasa de resolución de casos de la Brigada de Homicidios? Setenta y dos por ciento. ¿Y sabes cuál es mi tasa personal? -Hizo una pausa para darme tiempo a menear la cabeza-. Ochenta y seis por ciento, amigo. O-c-h-e-n-t-a-y-s-e-i-s, ¿has oído bien? Has tenido suerte al hacer que me destinaran aquí hoy.

Le sonreí impresionado a mi pesar y asentí con la cabeza, concediéndole la victoria.

– Probablemente así sea, sí.

– Por supuesto que sí.

Una vez aclarada su valía, Scorch se repantingó en su asiento, ya más relajado, hizo un gesto de dolor y lanzó una mirada de irritación a un muelle suelto.

– Quizá -respondí, sosteniendo mi cerveza en alto a contraluz y escudriñándola pensativamente-, quizás ha sido un día de suerte para ambos.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Scorcher con recelo.

Scorch me conoce lo suficiente como para sospechar por principios.

– Piénsalo bien. Cuando uno empieza a trabajar en un caso, ¿qué es lo que más ansía? -le pregunté.

– Una confesión completa respaldada por testigos oculares y forenses.

– No, no, no. Préstame atención, Scorcher. Estás pensando en términos específicos. Necesito que lo hagas en términos universales. En una palabra, en tanto que detective, ¿cuál es tu principal activo? ¿Qué es lo que más te gusta en todo el ancho mundo?

– La estupidez. Concédeme cinco minutos con un memo y…

– La información. De cualquier tipo, de cualquier calidad y en cualquier cantidad. Todo vale. La información es munición, Scorch. La información es combustible; sin un tonto, siempre podemos encontrar un camino, pero sin información no vamos a ningún sitio.

Scorcher meditó acerca de mis palabras.

– ¿Y? -preguntó con cautela.

Extendí los brazos y le sonreí.

– Soy la respuesta a tus plegarias, chaval.

– ¿Kylie Minogue con un tanga?

– A tus plegarias profesionales. Toda la información que podrías necesitar, toda la información que nunca conseguirías por ti mismo porque nadie de por aquí jamás te revelaría está empaquetadita en tu informante preferido: yo.

Scorcher replicó:

– Hazme un favor y desciende a mi nivel por un segundo, Frank. Ve al grano, ¿qué quieres?

Sacudí la cabeza.

– Esto no tiene que ver conmigo. Es una situación en la que ambos ganamos. La mejor manera de convertirla en algo positivo es colaborar.

– Quieres participar en el caso.

– Olvida lo que yo quiera. Piensa en lo que nos conviene a ti y a mí, a ambos, por no mencionar al caso. Los dos queremos solucionarlo, ¿no es cierto? ¿No es ésa la máxima prioridad de todo el mundo?

Scorcher fingió sopesar mi propuesta un minuto. Luego meneó la cabeza, lentamente, con pesar.

– No puedo hacerlo. Lo lamento, amigo.

¿Quién diantres dice «Lo lamento»? Le lancé una sonrisa como un desafío.

– ¿Qué te preocupa? Seguirás siendo el detective en jefe, Scorch. Y seguirá siendo tu nombre el que aparezca en el informe final. En la Secreta no elaboramos estadísticas de resolución de casos.

– Me alegro por ti -contestó Scorch tranquilamente, sin picar el anzuelo. Con el paso de los años había mejorado en la contención de su ego-. Sabes que me encantaría tenerte a bordo, Frank, pero mi superior no lo aceptaría ni en un millón de años.

El superior de la Brigada de Homicidios ciertamente no es mi mayor fan, pero dudaba que Scorcher estuviera al corriente. Enarqué una ceja con gesto divertido.

– ¿Acaso tu superior no confía en ti para que selecciones a tu propio equipo?

– No, si no puedo argumentar mis elecciones. Dame algo sólido para enseñarle. Comparte conmigo parte de esa valiosa información. ¿Tenía Rose Daly algún enemigo?