Выбрать главу

– Hummm -musitó Scorcher-. Regresemos a tu espera de seis horas… Tío, eso es amor, sobre todo en diciembre. Pasar seis horas esperando a la intemperie… ¿Recuerdas si pasó alguien por allí, si alguien entró o salió de alguna de las casas o algo parecido?

– Hubo un par de cosas raras. En algún momento en torno a medianoche, aunque no sabría decirte la hora exacta, oí lo que me imaginé que era una pareja haciéndolo por aquí cerca. Sin embargo, ahora, con la perspectiva que me da el tiempo, pienso que esos ruidos podrían haber estado ocasionados tanto por un polvo como por una refriega. Y algo más tarde, quizás entre la una y cuarto y la una y media, alguien recorrió los jardines del lado impar de la calle. No sé si este dato te servirá de algo transcurrido todo este tiempo, pero tenlo en cuenta.

– Cualquier cosa podría ser de utilidad -comentó Scorcher en tono neutro, mientras garabateaba algo-. Ya sabes cómo funciona esto. ¿Eso fue todo en cuestión de contacto humano? ¿Durante toda la noche? ¿En un vecindario como éste? Hablando en plata, no estamos precisamente en una zona residencial arbolada…

Estaba empezando a hartarme, aunque supuse que eso era precisamente lo que pretendía Scorcher, así que mantuve los hombros relajados y me tomé el tiempo que estimé oportuno para paladear mi cerveza.

– Era domingo por la noche. Para cuando yo salí de casa todo estaba ya cerrado y prácticamente todo el vecindario se había acostado. En caso contrario, habría retrasado mi huida. En Faithful Place no hay actividad; es posible que hubiera alguien despierto charlando con su familia, pero nadie subió ni bajó por esta calle ni entró ni salió de ninguna de las casas. Escuché a algunas personas doblar la esquina en dirección a New Street y en un par de ocasiones alguien se acercó tanto que me aparté de la luz para que no me vieran, pero no reconocí a nadie en concreto.

Scorch jugueteó con su bolígrafo en actitud meditativa, mientras observaba la luz patinar sobre el plástico.

– Así que para que no te vieran… -repitió-. Porque nadie sabía que erais novios, claro. ¿No es eso lo que me has dicho?

– Exactamente.

– Toda esta intriga y misterio… ¿respondían a algún motivo en concreto?

– Yo no le gustaba al padre de Rosie. Montó en cólera cuando descubrió que salíamos juntos; por eso mantuvimos nuestra relación en secreto desde entonces. Si le hubiéramos dicho que quería llevarme a su niñita a Londres, se habría desatado una guerra santa. Me figuré que sería más fácil pedir perdón que permiso.

– Algunas cosas nunca cambian -observó Scorch, con un deje de amargura-. ¿Por qué no le gustabas?

– Porque tiene mal gusto -respondí con una sonrisa-. ¿Cómo, si no, se explica que a alguien no le guste mi jeta?

Se abstuvo de sonreír.

– Hablo en serio.

– Tendrás que preguntárselo a él. Nunca ha compartido su cadena de pensamiento conmigo.

– Lo haré. ¿Alguien más conocía vuestros planes?

– Yo no se los expliqué a nadie. Y, por lo que sé, Rosie tampoco.

Mandy era toda mía. Ya se apañaría Scorcher con ella… Le deseaba buena suerte; de hecho, pagaría por verlo.

Scorcher repasó sus notas despacio, mientras se bebía la cerveza a sorbitos.

– De acuerdo -comentó al fin, cerrando su elegante bolígrafo-. Pues, por ahora, eso es todo.

– Averigua qué opina tu superior -le sugerí. No existía ni la más remota posibilidad de que hablara con su superior sobre mi posible incorporación al caso, pero, si me retiraba con excesiva facilidad, empezaría a preguntarse cuál era el plan B que me guardaba bajo la manga-. Tal vez esa información lo ablande y acepte un poco de colaboración.

Scorch me miró fijamente a los ojos y, durante medio segundo más de lo habitual, no pestañeó. Estaba sopesando justo lo que yo había pensado en el preciso instante en que supe de la existencia de aquella maleta. El sospechoso más obvio era el tipo con un móvil, una oportunidad en la vida y sin coartada, el tipo que había estado esperando a encontrarse con Rosie Daly, el tipo al que con bastante posibilidad ella había pensado dejar aquella misma noche, el tipo que afirmaba («se lo juro por Dios, agente») que ella no había acudido a la cita.

Ninguno de nosotros iba a ser el primero en poner esa carta sobre la mesa.

– Haré cuanto esté en mi mano -me aseguró Scorcher. Se guardó la libreta en el bolsillo de la americana. Ya no me miraba-. Muchas gracias por todo, Frank. Es posible que necesite que revisemos juntos tu declaración en algún momento.

– Ningún problema -contesté-. Ya sabes dónde encontrarme.

Se acabó la cerveza de un largo trago.

– Y recuerda lo que te he dicho. Piensa en positivo. Dale la vuelta al asunto.

– Scorch -dije-, ese revoltillo que tus colegas acaban de llevarse a la morgue era mi antigua novia, una novia a quien yo imaginaba viviendo en Inglaterra más feliz que una perdiz. Perdóname si me cuesta trabajo verle el lado positivo a este tema.

Scorcher suspiró.

– De acuerdo -concedió-. Perdona. ¿Quieres que te haga un esbozo de la situación?

– Nada me gustaría más en este momento.

– Tienes buena reputación en tu trabajo, Frank, una reputación fantástica, salvo por un pequeño detalle: corre el rumor de que tienes tendencia a volar en solitario. A… ¿cómo podría expresarlo?… a darle al reglamento un poco menos de prioridad de la que deberías. Esa maleta es exactamente un ejemplo de a lo que me refiero. Y a los mandamases les gustan mucho más las personas que juegan en equipo que las estrellas que lo hacen en solitario. Los inconformistas sólo despiertan simpatía si son Mel Gibson. Si te portas bien durante una investigación como ésta, en la que obviamente estarás sometido a una gran presión, si demuestras a todo el mundo que eres capaz de sentarte en el banquillo por el bien del equipo, entonces tus acciones podrían ascender por las nubes. Plantéatelo como una inversión a largo plazo. ¿Me sigues?

Le dediqué una amplia sonrisa para contenerme de endosarle un puñetazo.

– Vaya ensalada variada que me has cocinado, Scorcher. Tendrás que concederme un rato para digerirla.

Me observó durante un momento, pero, sintiéndose incapaz de interpretar la expresión de mi rostro, se encogió de hombros.

– Como quieras. Sólo era un consejo. -Se puso en pie y se alisó las solapas de la chaqueta-. Estaremos en contacto -dijo con una levísima sombra de advertencia, luego asió su maletín pontificado y salió del bar a paso ligero.

Yo no tenía intención de moverme de allí durante un rato largo. Ya sabía que me iba a tomar el resto del fin de semana libre. Una de las razones para ello era Scorcher. Él y sus colegas de Homicidios iban a pasarse el siguiente par de días rastreando por Faithful Place como una pandilla de perros sabuesos hasta las cejas de anfetamina, resoplando por los rincones, metiendo sus narices en las zonas delicadas de los vecinos y, en general, incordiando a todo quisque viviente. Necesitaba aclarar a la gente de mi barrio que yo no tenía nada que ver con ellos.

El segundo motivo era también Scorch, sólo que desde un ángulo diferente. Parecía sospechar un poquitín de mí, y apartarme de su camino durante veinticuatro horas sería una manera estupenda de que él se apartara del mío. Cuando uno contempla a alguien que conoció de joven, siempre ve a la persona que conoció en su día, y Scorch seguía viendo a un muchacho como un gatillo que o bien reaccionaba por impulsos, de inmediato, o bien no reaccionaba en absoluto. No se le ocurriría que, mientras que él se había dedicado a perfeccionar la contención de su ego, yo pudiera haberme dedicado a mejorar mi paciencia. Si lo que quieres es cazar como un perrito obediente y jadeante que se lanza a la carrera por el sendero en cuanto lo sueltan de la correa, entonces trabajas en Homicidios. Si pretendes pertenecer a la Policía Secreta, y ésa fue siempre mi vocación, debes aprender a cazar como los grandes felinos: preparar una emboscada, agazaparte bajo los matorrales y acercarte a tu presa centímetro a centímetro, sin importarte el tiempo que tardes.