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El tercer motivo probablemente estuviera despidiendo gases en Dalkey, hecha un basilisco conmigo. En algún momento, muy pronto, debería lidiar con ella y, Dios me amparara, también con Olivia, pero todo hombre conoce sus límites. No acostumbro a emborracharme, pero, después del día que había pasado, me sentía con todo el derecho del mundo a dedicar la noche a descubrir cuánto necesitaba beber para desplomarme. Tropecé con la mirada del camarero y le dije:

– Sírvame otra.

El pub se había vaciado, probablemente debido a la presencia de Scorcher.

El camarero siguió secando vasos y examinándome desde el otro lado de la barra, tomándose su tiempo.

Transcurrido un rato hizo un gesto con la cabeza señalando hacia la puerta.

– ¿Era amigo suyo?

– Yo no lo llamaría así -respondí.

– Nunca te había visto por aquí.

– Probablemente no.

– ¿Tienes algo que ver con los Mackey de Faithful Place?

Los ojos.

– Es una larga historia -contesté.

– Ah -exclamó el camarero, como si ya supiera todo cuanto necesitaba saber sobre mí-, todos tenemos una de ésas -y deslizó un vaso bajo el caño con una ágil floritura.

La última vez que Rosie Daly y yo nos habíamos tocado había sido un viernes, nueve días antes de la Hora Cero. Aquella noche la ciudad estaba abarrotada, efervescente. Todas las luces navideñas estaban encendidas, los compradores caminaban apresurados de un lado para otro y los vendedores ambulantes vendían papel de envolver a una libra cinco rollos. Yo no era un entusiasta de la Navidad en general (la locura de mi madre alcanzaba máximos históricos en la cena navideña, y lo mismo ocurría con la capacidad de ingesta de bebida de mi padre, siempre acababa algo roto y al menos una persona acababa estallando en lágrimas), pero aquel año se me antojaba irreal y vidriosa, justo en el filo entre lo encantador y lo siniestro: las colegialas de escuelas privadas con sus melenas brillantes que cantaban villancicos a cambio de un aguinaldo tenían un aspecto demasiado limpio y expresión perpleja, y los niños que aplastaban sus narices contra los escaparates de los grandes almacenes Switzer para contemplar embobados escenas de cuentos de hadas parecían un poco demasiado embelesados por todo aquel color y ritmo. Yo mantuve una mano en el bolsillo de mi parka militar mientras me abría paso entre las multitudes; de todos los días, aquél era el último en el que quería que me robaran.

Rosie y yo siempre quedábamos en O'Neill's, en la calle Pearse, un pub de estudiantes del Trinity College, lo cual conllevaba que la cifra de gilipollas entre la concurrencia fuese bastante elevada, pero no destacábamos y no corríamos peligro de tropezar con ningún conocido. Los Daly pensaban que Rosie había salido con sus amigas y a mi familia le importaba un bledo dónde anduviera yo. Pese a ser un local grande, el O'Neill's se estaba llenando rápidamente y empezaba a invadirlo una ola de calor, humo y risas, pero yo divisé a Rosie al instante gracias a su catarata de pelo cobrizo: apoyada en la barra, estaba diciéndole algo al camarero que lo hacía sonreír. Para cuando ella pagó nuestras cervezas, yo había encontrado ya una mesa en un agradable rinconcito para sentarnos.

– ¡Será capullo! -exclamó al tiempo que depositaba las cervezas en la mesa y señalaba con la cabeza hacia un grupo de estudiantes muertos de risa que había en la barra-. Ha intentado asomarse a mi escote cuando me he inclinado.

– ¿Cuál de ellos?

Yo estaba ya poniéndome en pie, pero Rosie me lanzó una mirada y me acercó la cerveza con un empujoncito.

– ¿Dónde vas? Siéntate ahí y bébete eso. Ya me las apañaré yo con él. -Se deslizó en el banco junto a mí, tan cerca que nuestros muslos se rozaban-. Ese de ahí, míralo.

Jersey de rugby, sin cuello, se alejaba de la barra con ambas manos cargadas peligrosamente de jarras de cerveza. Rosie lo saludó con la mano para atraer de nuevo su atención; luego batió rápidamente sus pestañas, se inclinó hacia delante y dibujó pequeños círculos con la punta de la lengua en la espuma de su cerveza. Al jugador de rugby estuvieron a punto de salírsele los ojos de las órbitas, se le cayó la mandíbula, se le enredaron los tobillos en un taburete y le derramó la mitad de la cerveza por la espalda a alguien.

– Y bien -dijo Rosie, enseñándole el dedo corazón y olvidándose de él-. ¿Los has conseguido?

Coloqué mi abrigo sobre el reposabrazos de mi silla y rebusqué el sobre en los bolsillos.

– Aquí están -anuncié-, todos nuestros -y desplegué en abanico dos billetes y los deposité sobre la mesa de madera abollada que había entre nosotros.

«DUN LAOGHAIRE-HOLYHEAD, SALIDA: 06.30 AM, DOMINGO 16 DE DICIEMBRE, SE RECOMIENDA LLEGAR AL MENOS CON 30 MINUTOS DE ANTELACIÓN A LA HORA DE PARTIDA.»

Sólo verlos me disparaba la adrenalina. Rosie contuvo el aliento y luego soltó una carcajada comedida.

– He creído que era mejor tomar el ferry de primera hora de la mañana. Podíamos haber zarpado en el de la noche, pero nos habría resultado más complicado sacar las cosas y escaparnos por la tarde. De este modo podemos dirigirnos hacia el puerto el domingo por la noche, en cuanto tengamos oportunidad, y luego esperar allí hasta que sea la hora. ¿Te parece bien?

– Dios -suspiró Rosie al cabo de un momento, aún sin aliento-. Dios mío. Me siento como si debiéramos… -Curvó el brazo alrededor de los billetes, protegiéndolos como si alzara un escudo para ocultarlos de la vista de las personas de las mesas contiguas-. ¿Sabes a qué me refiero?

Entrelacé mis dedos con los suyos.

– Ya casi lo hemos logrado. Nunca nos hemos tropezado con ningún conocido aquí, ¿verdad?

– Pero sigue siendo Dublín. No estaré segura hasta que ese ferry zarpe de Dun Laoghaire. Escóndelos, ¿quieres?

Torcí el gesto.

– Prefiero que los guardes tú. Mi madre nos registra las cosas.

Rosie sonrió.

– No me sorprende. Tampoco me sorprendería que mi padre registrara las mías, pero no tocará el cajón de la ropa interior. Dámelos. -Cogió los billetes como si estuvieran confeccionados con una puntilla delicada, los deslizó con cuidado en el sobre y los guardó en el bolsillo superior de su cazadora tejana. Sus dedos permanecieron ahí durante un rato, rozando su pecho-. ¡Vaya! Nueve días y luego…

– Y luego… -continué yo, con mi cerveza en alto-. ¡Brindo por ti, por mí y por nuestra nueva vida!

Brindamos, dimos un trago a la bebida y la besé. La cerveza era de primera categoría y la calidez del pub empezaba a descongelarme los pies después de la caminata a través de la ciudad. Los cuadros de la pared estaban decorados con espumillones y la panda de estudiantes de la mesa contigua estalló en carcajadas sonoras y achispadas.

Yo debería haberme sentido la persona más feliz del mundo, pero percibía una nota siniestra en aquella velada, como un sueño deslumbrante que pudiera convertirse en una pesadilla en un abrir y cerrar de ojos. Solté a Rosie porque temí besarla tan fuerte que pudiera hacerle daño.

– Tendremos que encontrarnos tarde -observó ella, dio otro trago a su cerveza y colocó una pierna sobre mi rodilla-. A medianoche, o incluso después. Mi padre se acuesta a las once y tendré que esperar a que se duerma.

– Mi familia está frita a las diez y media los domingos. A veces Shay se queda despierto hasta tarde, pero, mientras no me lo tope de camino, no será ningún problema. Y aunque nos lo tropezáramos, no nos detendría; estará encantado de perderme de vista. -Rosie levantó una ceja y dio otro sorbito a su cerveza-. Yo me escaparé hacia la medianoche. Si tardas más, no te preocupes.

Asintió.