Выбрать главу

– No llegaré mucho más tarde. Aunque el último autobús ya habrá pasado. ¿Qué haremos? ¿Iremos caminando hasta Dun Laoghaire?

– No podemos, con todas las maletas. Si lo hacemos, cuando lleguemos al barco estaremos muertos. Tendremos que tomar un taxi.

Me miró impresionada, medio en broma.

– ¡Qué nivel!

Sonreí y enrosqué uno de sus rizos alrededor de mi dedo.

– Voy a hacer un par de trabajillos extra esta semana; tendré efectivo. Para mi chica, sólo lo mejor. Te llevaría en limusina si pudiera, pero eso tendrá que esperar. Quizá para tu cumpleaños, ¿vale?

Me sonrió, pero lo hizo con una sonrisa ausente; no estaba de humor para bromas.

– ¿Nos encontramos en el número dieciséis?

Negué con la cabeza.

– Los Shaughnessy han estado merodeando mucho por ahí últimamente. No me gustaría toparme con ellos. -Los hermanos Shaughnessy eran inofensivos, pero también unos bocazas, algo lerdos y se pasaban el día fumando porros, y tardarían demasiado rato en entender que tenían que tener la boca cerrada y fingir que no nos habían visto-. ¿Quedamos al final de la calle?

– Nos verán.

– Un domingo después de medianoche no. ¿Quién va a estar por ahí a esas horas, excepto nosotros y ese par de idiotas?

– Bastaría con que nos viera una sola persona. Además, ¿qué pasará si llueve?

El estado de tensión nerviosa en que se encontraba no era propio de Rosie; normalmente, los nervios no parecían ir con ella.

– Dejémoslo, no tenemos por qué decidirlo ahora mismo. Esperemos a ver qué tiempo hace la semana que viene y lo concretamos, ¿de acuerdo?

Rosie sacudió la cabeza.

– Creo que no deberíamos volver a vernos hasta que nos fuguemos. No quiero despertar sospechas en mi padre.

– Si no ha sospechado hasta ahora…

– Sí, lo sé. Ya lo sé. Sólo que… uf, Francis, esos billetes… -Se llevó la mano al bolsillo-. Falta tan poco para que sea verdad… No me gustaría que nos relajásemos, ni siquiera un momento, por miedo a que algo salga mal.

– ¿Qué podría salir mal?

– No sé. Que alguien nos detenga…

– Nadie va a detenernos.

– Ya -accedió Rosie. Se mordisqueó la uña y, durante un instante, apartó sus ojos de los míos-. Lo sé. Todo saldrá bien.

– ¿Qué sucede? -pregunté.

– Nada. Encontrémonos al final de la calle, como has dicho, a menos que llueva a mares. En ese caso, nos vemos en el número dieciséis; los Shaughnessy no saldrán si hace mal tiempo. ¿Te parece?

– Estupendo -contesté-. Rosie. Mírame. ¿Te sientes culpable por lo que vamos a hacer?

Torció la boca por un lado, en gesto irónico.

– Claro que no. No lo hacemos por diversión; si mi padre no hubiera actuado como un capullo con todo este asunto, jamás habríamos tramado algo semejante. ¿Por qué? ¿Tú te sientes culpable?

– Ni por asomo. Kevin y Jackie son las únicas personas que me echarán de menos. Les enviaré algún regalito con mi primer sueldo y estarán encantados. ¿Crees que añorarás a tu familia? ¿O a tus amigas?

Reflexionó un instante.

– A mis amigas, sí, seguro. Y a mi familia un poco. Pero, de todos modos… hace mucho tiempo que sé que acabaría marchándome tarde o temprano. Incluso antes de terminar la escuela, Imelda y yo hablábamos de mudarnos a Londres, hasta que… -Una fugaz sonrisa de soslayo-. Hasta que tú y yo urdimos un plan mejor. En cualquiera de los casos, sé que antes o después me habría marchado de aquí. ¿Tú no?

Me conocía tan bien que ni siquiera me preguntó si echaría de menos a mi familia.

– Sí -contesté, sin estar seguro de si era verdad o no, aunque sí de que era lo que ambos queríamos oír-. Yo también me habría largado en un momento u otro. Aunque me gusta mucho vivir aquí.

Aquel destello de sonrisa nuevamente; no conseguía sonreír del todo.

– A mí también.

– Entonces ¿qué sucede? -pregunté-. Desde que te has sentado actúas como si tuvieras un alfiler en el culo.

Eso captó toda la atención de Rosie.

– ¡Mira quién habla! Tampoco es que tú seas la alegría de la huerta esta noche. Vaya, cualquiera diría que le vas a arrebatar el Oscar a la Simpatía al puñetero Groucho Marx…

– Yo estoy al noventa por ciento porque tú estás al noventa por ciento. Pensaba que estallarías de felicidad al ver los billetes, y en cambio…

– Tonterías. Cuando has llegado ya estabas así. Si te morías de ganas de encontrar una oportunidad para darle un sopapo a ese gilipollas…

– Y tú también. ¿Te lo estás replanteando? ¿Acaso se trata de eso?

– Si estás intentando romper conmigo, Francis Mackey, compórtate como un hombre y hazlo. No me hagas hacer a mí el trabajo sucio.

Nos quedamos mirando fijamente unos segundos, haciendo equilibrismos sobre el filo de una discusión categórica. Entonces Rosie suspiró, se repantingó en el banco y se pasó las manos por el cabello.

– Voy a explicarte lo que ocurre, Francis. Ambos estamos nerviosos porque se nos están subiendo los humos -dijo.

– Habla por ti.

– Eso hago. Aquí estamos los dos planificando escaparnos a Londres y abrirnos camino en la industria de la música, ni más ni menos. Se acabaron las fábricas para nosotros, gracias, pero no, no es nuestros estilo, nosotros vamos a trabajar para bandas de rock. ¿Qué diría tu madre si se enterara?

– Me preguntaría quién diablos me creo que soy. Y luego me daría la murga y me llamaría bobo irresponsable y me aconsejaría que intentara volver a entrar en razón. Y lo haría todo a gritos.

– Y por eso -comentó Rosie levantando su cerveza hacia mí- es por lo que estás al noventa por ciento, Francis. Casi todo el mundo que hemos conocido a lo largo de nuestras vidas nos diría lo mismo: que se nos están subiendo los humos. Si nos creemos todas esas patrañas, lo único que conseguiremos será acabar dejándonos y haciéndonos sufrir el uno al otro. Así que lo que necesitamos es espabilarnos, y hacerlo rápidamente. ¿De acuerdo?

En el fondo, sigo sintiéndome orgulloso de la forma de amarnos que teníamos Rosie y yo. No teníamos ninguna referencia de la que aprender; nuestros padres no eran ejemplos esplendorosos del éxito en pareja, de manera que aprendíamos el uno del otro: cuando alguien a quien amas te necesita, sacas de la nada un temple a prueba de bomba, te aferras a miedos imprecisos que te asustan hasta el sinsentido, actúas como un adulto en lugar de como el adolescente Cromañón que eres y haces un millón de cosas que jamás habías anticipado.

– Ven aquí -dije yo. Le acaricié los brazos y tomé sus mejillas entre mis manos; Rosie se inclinó hacia delante y apoyó su frente contra la mía; el resto del mundo se desvaneció tras aquella maraña densa y luminosa que tenía por cabello-. Tienes razón. Siento haberme comportado como un capullo.

– Puede que todo salga mal, pero no veo motivo para no intentarlo.

– Eres una mujer muy inteligente, ¿lo sabías? -dije.

Rosie me observó desde una distancia lo bastante corta como para contemplar las pecas doradas en las pupilas de sus ojos verdes y las arruguitas en las comisuras cuando empezó a sonreír.

– Para mi chico sólo lo mejor -contestó.

Entonces le di un beso de verdad. Sentí los billetes presionados entre mis descontrolados latidos de corazón y los suyos, los noté silbar y crepitar, listos para estallar en cualquier momento en una lluvia estelar de chispas doradas. Fue en ese momento cuando la tarde cobró sentido y dejó de oler a peligro, y también en ese mismo momento las aguas turbulentas se arremolinaron en mi interior, como un escalofrío en el tuétano de mis huesos. A partir de entonces lo único que iba a hacer era dejarme arrastrar por ella y creer que nos llevaría a buen puerto, que guiaría nuestros pies a través de las peliagudas corrientes y sobre los malignos acantilados hasta una orilla segura.

Cuando un rato después nos separamos, Rosie dijo: