Выбрать главу

– Tú no eres el único que ha estado ocupado. He estado en Eason's echando un vistazo a los anuncios de los periódicos ingleses.

– ¿Has encontrado algún trabajo?

– Algunos. Pero sobre todo son cosas que no sabemos hacer: conductores de carretillas elevadoras y profesores suplentes. Sin embargo, sí que hay alguna oferta para camareros; podemos decir que tenemos experiencia, no van a comprobarlo. No piden técnicos de iluminación ni acompañantes para las giras por carretera, pero eso ya lo sabíamos; tendremos que seguir buscando una vez estemos allí. Y hay montones de pisos, Francis. Cientos.

– ¿Podemos costearnos alguno?

– Sí, sí. Y ni siquiera hará falta que encontremos un empleo nada más llegar; lo que tenemos ahorrado servirá para pagar el depósito y podemos financiarnos un apartamentito barato con el subsidio de desempleo. Será bastante cutre, eso sí: poco más que una habitación amueblada, y quizá tengamos que compartir el baño con otra gente, pero al menos no malgastaremos el dinero en un hostal más tiempo del estrictamente necesario.

– A mí no me importa compartir el lavabo y la cocina. Lo único que quiero es estar el mínimo tiempo posible en un hostal. Es estúpido dormir en dormitorios separados cuando…

Rosie me sonreía, y el destello de sus ojos estuvo a punto de pararme el corazón.

– Eso cuando tengamos nuestra propia casa… -dijo.

– Sí -contesté-. Nuestra propia casa.

Eso era lo que yo quería: una cama donde Rosie y yo pudiéramos dormir abrazados toda la noche y despertarnos todas las mañanas el uno en los brazos del otro. Lo habría dado todo, todo cuanto tenía, sólo por conseguirlo. El resto de lo que el mundo tenía para ofrecerme me parecía una ganga. Cuando escucho lo que la gente le pide al amor hoy en día me dan ganas de vomitar. Voy al pub con los muchachos de la brigada y los oigo explicar, con una precisión minuciosa, exactamente la figura que debe tener su mujer ideal, qué zonas debe depilarse y cómo, qué actos debe realizar en fechas concretas, y lo que debería o no debería decir o querer; escucho a hurtadillas a las mujeres en las cafeterías mientras elaboran sus listados de qué empleo debería desempeñar el hombre de sus sueños, qué coche debe tener, qué etiquetas, qué flores y restaurantes y pedruscos les merecerán el sello de aprobación… y me sobrevienen unas ganas tremendas de gritar: «¡¿Acaso todo el mundo ha perdido la chaveta?!». Yo jamás le compré un ramo de flores a Rosie (le habría resultado muy difícil explicarlo en casa) y nunca, ni una sola vez, me pregunté si sus tobillos tenían exactamente la forma que se suponía que debían tener. La deseaba, deseaba que fuera mía, y estaba convencido de que ella me deseaba a mí. Hasta el día en que nació Holly, nada en la vida me había parecido tan sencillo.

– En algunos de los pisos no aceptan a irlandeses -apuntó Rosie.

– ¡Que les den por saco! -exclamé yo. Mi torbellino interior crecía, cobraba fuerza; yo sabía que el primer piso en el que pusiéramos el pie sería perfecto, que aquella fuerza magnética nos atraería directamente a nuestro hogar-. Les diremos que procedemos de la Mongolia Exterior. ¿Qué tal se te da fingir el acento mongol?

Sonrió.

– ¿Quién dice que necesitemos un acento? Hablamos en irlandés y les decimos que es mongol. ¿Crees que van a apreciar la diferencia?

Hice una reverencia y contesté:

– Póg mo thóin. -O «bésame el culo», un noventa por ciento de todo el gaélico que sabía-. Un antiguo saludo mongol.

Rosie replicó:

– Hablo en serio. Lo comento porque como pierdes la paciencia con tanta facilidad… Si no conseguimos un piso el primer día, no pasa nada, ¿vale? Tenemos un montón de tiempo por delante.

– Ya lo sé -contesté-. En algunos no nos querrán porque pensarán que somos borrachos o terroristas y en otros porque… -Aparté sus manos de la jarra de cerveza y le agarré los dedos con mis pulgares: tenía unos dedos fuertes, callosos de tanto coser, decorados con anillos de plata barata con formas como faldas celtas y cabezas de gatos comprados en puestos ambulantes-, porque estaremos viviendo en pecado.

Rosie se encogió de hombros.

– ¡Que les den por saco también! -exclamó.

– Si lo prefieres, podemos mentir -comenté-. Nos compramos unos anillos de oro falso y nos hacemos llamar señor y señora X hasta que…

Negó con la cabeza, al instante, con contundencia.

– No. De ninguna manera.

– Sólo será durante un tiempo. Hasta que ahorremos dinero para casarnos de verdad. Nos facilitaría mucho la vida.

– No me importa. No pienso fingir algo así. O estamos casados o no lo estamos; poco importa lo que piensen los demás.

– Rosie -dije, apretándole más las manos-, sabes que nos casaremos, ¿verdad? Sabes que quiero casarme contigo. No hay nada en el mundo que quiera más que eso.

Logré que empezara a esbozar una sonrisa.

– Será mejor que así sea. Cuando tú y yo empezamos a salir, yo era una chica decente, como las monjas me habían enseñado, y, mírame ahora, dispuesta a ser tu querida…

– Hablo en serio. Escúchame bien. Muchas personas, si se enteraran, creerían que estás loca. Dirían que los Mackey son una pandilla de cerdos y que voy a conseguir lo que quiero de ti y luego te abandonaré con una mano delante y otra detrás, un crío en los brazos y tu vida echada por el retrete.

– Imposible. Estamos hablando de Inglaterra. Allí no usan retrete…

– Lo único que quiero que sepas es que no te arrepentirás. No, si puedo evitarlo. Lo juro por Dios.

Rosie respondió con voz serena:

– Ya lo sé, Francis.

– Yo no soy como mi padre.

– Si pensara que lo eres, no estaría aquí. Y ahora, sé buen chico y ve a pedir una bolsa de patatas fritas. Me muero de hambre.

Aquella noche permanecimos en el O'Neill's hasta que todos los estudiantes se hubieron marchado a casa y el camarero empezó a pasar el aspirador bajo nuestros pies. Alargamos cada jarra de cerveza tanto cuanto pudimos, hablamos de cosas cotidianas, triviales, sin importancia, y nos hicimos reír mutuamente. Antes de regresar a casa a pie, por separado, por si acaso alguien nos veía, yo vigilando a Rosie desde una distancia prudente de seguridad, a sus espaldas, nos despedimos por unos días con un beso, apoyados contra el muro posterior del Trinity College. Luego permanecimos en pie, inmóviles, abrazados, pegados desde las mejillas hasta los dedos de los pies. Soplaba un viento tan frío que emitía un agudo zumbido en algún punto a kilómetros por encima de nuestras cabezas, como cristales quebrándose; percibía su aliento ronco y cálido en mi cuello, su cabello olía a gotas de limón y notaba el rápido latido de su corazón temblando contra mis costillas. Entonces la solté y la observé alejarse a pie por última vez.

Por supuesto que la busqué. La primera vez que me hallé a solas ante un ordenador de la policía introduje su nombre y su fecha de nacimiento: nunca la habían arrestado en la República de Irlanda. No es que fuera ninguna revelación (no esperaba verla convertida en una asesina en serie), pero me pasé el resto del día con una extraña sensación de euforia, por el simple hecho de haber dado el primer paso tras sus huellas. A medida que mis contactos fueron mejorando, también se refinaron mis búsquedas: no la habían arrestado en Irlanda del Norte, ni en Inglaterra, ni en Escocia, Gales o Estados Unidos; no se había registrado para cobrar el paro en ningún sitio, no había solicitado pasaporte, no había fallecido y no se había casado. Repetía todas las búsquedas cada par de años, tirando de contactos que me debían favores. Nunca preguntaban.

En los últimos tiempos (me sosegué después del nacimiento de Holly) simplemente esperaba que el radar detectara a Rosie en algún momento, en algún lugar, viviendo una de esas vidas corrientes y satisfechas que nunca se registran en el sistema, acordándose de mí de vez en cuando con un ligero suspiro al pensar en lo que ambos podíamos haber hecho juntos. En ocasiones me la imaginaba viniendo a mi encuentro: mi teléfono sonando en mitad de la noche, unos repiqueteos en la puerta de mi despacho. Nos imaginaba sentados uno al lado del otro en un banco de un parque, contemplando a Holly resbalar por el tobogán junto a dos pequeños traviesos, sumidos en un silencio agridulce. Imaginé también una noche infinita en un pub poco iluminado, nuestras cabezas acercándose cada vez más al abrigo de la conversación y las risas a medida que la noche progresaba, nuestros dedos deslizándose hacia el otro sobre la madera maltrecha de la mesa. Imaginé cada centímetro del aspecto que tendría: las patas de gallo de tanto sonreír que jamás había llegado a verle, la flacidez de su barriga después de dar a luz a unos hijos que no eran míos, toda la vida que había vivido y yo me había perdido escrita en su cuerpo en Braille para que mis manos la leyeran. Me la imaginé dándome respuestas que yo jamás había anticipado, respuestas que le conferirían sentido a todo, que harían que todas las piezas del rompecabezas patinaran con suavidad y encajaran finalmente. Imaginé, por increíble que parezca, una segunda oportunidad.