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Otras noches, incluso después de todo el tiempo transcurrido, aún quería lo que quería a los veinte años: verla aparecer en algún informe habitual de la Unidad de Violencia Doméstica, en algún archivo de prostitutas infectadas por el VIH, muerta de sobredosis en una morgue en un barrio de mala muerte de Londres. Había leído las descripciones de cientos de mujeres sin identificar en el transcurso de los años.

Y ahora todo había estallado por los aires: mi segunda oportunidad, mi venganza, mi bonita y gruesa línea Maginot antifamilia. El hecho de que Rosie Daly me hubiera dejado plantado me había servido de mojón, un mojón colosal y sólido como una montaña. Y ahora titilaba como un espejismo y el paisaje no cesaba de cambiar a su alrededor; nada de aquel paisaje se me antojaba ya familiar.

Pedí otra cerveza, acompañada por un Jameson's doble: era la única manera que se me antojaba posible de llegar hasta la mañana. Me sentía incapaz de concebir cualquier otra cosa que lograra apartar esa imagen de mi pensamiento, la pesadilla de unos huesos marrones y delgadísimos acurrucados en una madriguera, con hilillos de tierra cayendo sobre ella con un sonido de diminutos pies escabullándose.

Capítulo 7

Me concedieron un par de horas para mí solo, en un gesto de delicadeza que no había previsto, antes de venir en mi búsqueda. Kevin fue el primero en aparecer: asomó la cabeza por la puerta como un crío jugando al escondite, envió un rápido y astuto mensaje de móvil mientras el camarero le servía una cerveza, y se quedó erguido junto a mi mesa, arrastrando los pies, hasta que lo liberé de su sufrimiento y con un gesto le invité a que se sentara a mi lado. No hablamos. Las chicas tardaron unos tres minutos en unírsenos. Llegaron sacudiéndose la lluvia de los abrigos, entre risitas, mientras lanzaban miraditas de soslayo al pub.

– ¡Madre mía! -exclamó Jackie en lo que a ella se le antojó un susurro, al tiempo que se quitaba la bufanda-. Recuerdo cuando nos moríamos de ganas de entrar en este lugar sólo porque no se permitía la entrada a las mujeres. Ahora que lo pienso, mejor para nosotras.

Carmel miró el asiento con recelo y lo sacudió con un pañuelo antes de sentarse.

– Gracias al cielo que mamá al final no ha venido. Este lugar la mataría.

– ¡¿Qué?! -preguntó exclamado Kevin alzando la mirada-. ¿Mamá iba a venir?

– Está preocupada por Francis.

– Lo que le pasa es que se muere por sorberle el coco. No os habrá seguido, ¿verdad?

– Yo no lo descartaría -replicó Jackie-. Mamá, la Agente Secreta.

– Seguro que no. Le he dicho que te habías ido a casa -me explicó Carmel con las yemas de los dedos sobre los labios, en un gesto entre culpable y malicioso-. ¡Dios me perdone!

– Eres un genio -comentó Kevin sin malicia al tiempo que se repantingaba de nuevo en su asiento.

– Kevin tiene razón. Lo único que habría conseguido es provocarnos un dolor de cabeza. -Jackie estiró el cuello, intentando atraer la mirada del camarero-. ¿Me servirá algún día?

– Voy a pedir -se ofreció Kevin-. ¿Qué te apetece?

– Una gin-tonic, por favor.

Carmel acercó su taburete hasta la mesa.

– ¿Crees que tendrán sidra de peras?

– Uf, por favor, Carmel.

– No me gustan las bebidas fuertes. Ya sabes que no me sientan bien.

– Yo no voy a pedir una puñetera sidra de peras en la barra, que te quede claro. Me van a enviar de vuelta de una patada en el culo.

– No creo que se asusten -aventuré-. Parece que estemos en 1980. Probablemente tengan un cajón entero de sidra de peras detrás del mostrador.

– Sí, y un bate de béisbol esperando a que alguien pida una.

– Iré yo.

– Ahí viene Shay. -Jackie se incorporó ligeramente y le hizo una señal con la mano para captar su atención-. Que vaya a pedir él, ya que está de pie.

Kevin preguntó:

– ¿Quién lo ha invitado?

– Yo -contestó Carmel-. Y, por una vez en la vida, ya podéis empezar los dos a comportaros como los hombres adultos que sois. Esta noche quien importa es Francis, y no vosotros.

– Brindo por eso -dije.

En aquellos momentos estaba ya agradablemente borracho, a punto de entrar en esa fase en la que todo parece colorido y desdibujado y nada, ni siquiera ver a Shay, podría alterarme. Normalmente, en cuanto empiezo a notar un leve cosquilleo me paso al café sin pensármelo dos veces. Pero aquella noche tenía previsto disfrutar de cada segundo de evasión.

Shay se acercó despacio hasta el rincón donde nos encontrábamos, mesándose el cabello con una mano para sacudirse las gotas de lluvia.

– Jamás habría dicho que este antro estaba a tu altura -me dijo-. ¿Has traído aquí a tu amigo el poli?

– Ha sido de lo más reconfortante. Todo el mundo lo ha recibido como a un hermano.

– Habría pagado por verlo. ¿Qué bebéis?

– ¿Vas a pagar una ronda?

– ¿Por qué no?

– ¡Qué amable! -exclamé-. Kevin y yo, cerveza; Jackie, un gin-tonic, y Carmel una sidra de peras.

– Nos morimos de ganas de ver cómo vas y la pides -bromeó Jackie.

– No me inquieta en absoluto. Observad y aprended.

Shay se dirigió hasta la barra, llamó la atención del camarero como si aquél fuera su bar habitual y blandió la botella de sidra en el aire hacia nosotros con gesto de victoria.

– Maldito fanfarrón -se lamentó Jackie.

Shay regresó haciendo equilibrismos con todas las bebidas de golpe, con esa precisión que uno adquiere con la práctica.

– Y bien -dijo, mientras las depositaba sobre la mesa-. Cuéntanos, Francis: ¿era ésa tu chica? ¿La causante de todo este lío? -Al ver que todos se quedaban boquiabiertos, añadió-: ¿Qué pasa? ¡Espabilad! Si os morís de ganas de preguntárselo. ¿Lo era, Francis?

Carmel dijo con la mejor voz maternal que fue capaz de entonar:

– Deja en paz a Francis. Se lo he advertido a Kevin y ahora te lo advierto a ti: esta noche vais a tener que comportaros como adultos.

Shay soltó una carcajada y acercó un taburete. Yo había dispuesto de tiempo suficiente durante el último par de horas, cuando aún no tenía el cerebro encurtido, para determinar exactamente qué quería compartir con la gente de Faithful Place, o con mi familia, que en resumidas cuentas era prácticamente lo mismo.

– No pasa nada, Melly -la tranquilicé-. Aún no se sabe nada definitivo, pero, sí, todo apunta a que son los restos de Rosie.

Jackie contuvo el aliento. Se produjo un silencio. Shay emitió un largo y grave silbido.

– Que Dios la tenga en su gloria -musitó Carmel con voz queda.