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Ella y Jackie se santiguaron.

– Eso ha sido lo que tu amigo les ha explicado a los Daly -añadió Jackie-. Ese tipo con el que hablabas. Pero nadie sabía si creerlo o no… Ya sabes lo que pasa con la policía, que siempre dice cualquier cosa. Tú no, pero el resto de policías sí… Podría haberle interesado que creyéramos que se trataba de ella.

– ¿Cómo lo saben? -preguntó Kevin con la tez lívida.

– Aún no lo saben -aclaré-. Tienen que hacerle las pruebas.

– ¿La de ADN y esas cosas?

– No lo sé, Kev, no es mi campo.

– Tu campo -repitió Shay, dándole vueltas a su vaso entre los dedos-. Siempre me lo he preguntado: ¿en qué campo trabajas tú exactamente?

– En esto y aquello -contesté.

Por motivos evidentes, los agentes secretos acostumbran a decirles a los civiles que trabajan en Derechos de Propiedad Intelectual o algo que suene lo bastante aburrido como para atajar la conversación de golpe. Jackie cree que yo implemento soluciones estratégicas de uso del personal.

– ¿Pueden averiguar… ya sabes… pueden averiguar qué fue lo que le sucedió a Rosie? -preguntó Kevin.

Abrí la boca, pero la volví a cerrar; me encogí de hombros y di un largo trago a mi cerveza.

– ¿Acaso no les ha explicado Kennedy eso a los Daly?

Carmel respondió con la boca fruncida:

– No ha soltado prenda. Le han suplicado que les explicase qué le había ocurrido, pero no les ha dicho ni mu. Se ha marchado y los ha dejado con la duda.

Jackie estaba encrespada de la indignación; incluso parecía que se le había cardado más el pelo.

– ¡Su propia hija, y les ha dicho que no era de su incumbencia si la habían asesinado o no! Me da igual que sea tu amigo, Francis, pero eso está muy feo, mucho.

Scorcher estaba causando una impresión aún mejor de la que yo había anticipado.

– Kennedy no es mi amigo. No es más que un gusano con el que colaboro de vez en cuando.

– Apuesto lo que sea a que sois lo bastante amigos como para que te haya explicado qué le sucedió a Rosie -aventuró Shay.

Eché un vistazo alrededor del pub. Las conversaciones habían aumentado un poco de volumen, o quizá no fuera eso, sino que ahora eran más aceleradas y concretas: por fin se había difundido la noticia. Nadie nos miraba, en parte por cortesía con Shay y en parte porque era la clase de local donde la mayoría de los parroquianos tenían problemas propios y conocían el valor de la intimidad. Me acodé en la mesa y con voz muy baja comenté:

– Está bien. Podrían despedirme por revelaros esto, pero los Daly merecen saber lo que nosotros sabemos. Necesito que me prometáis que no llegará a oídos de Kennedy.

Shay me miraba con un escepticismo de mil vatios, pero los otros tres me contemplaban fijamente, asintiendo a mis palabras, más contentos que unas pascuas: nuestro Francis, después de todos aquellos años, seguía siendo un muchacho de Liberties antes que un policía; qué felicidad ser una familia tan unida.

Eso sería lo que mis hermanas harían saber al resto del vecindario, como salsa de acompañamiento a mis pequeños bocaditos de información suculenta: Francis está de nuestro lado.

– Tiene toda la pinta de que alguien la asesinó -comuniqué.

Carmel ahogó un grito y se santiguó de nuevo.

– ¡Que Dios nos bendiga! -exclamó Jackie.

Kevin seguía pálido.

– ¿Cómo? -preguntó.

– Aún no se sabe nada acerca de eso.

– Pero lo descubrirán, ¿verdad?

– Probablemente. Después de todo este tiempo puede resultar difícil, aunque el equipo del laboratorio sabe bien lo que se hace.

– ¿Cómo en CSI? -preguntó Carmel con los ojos abiertos como platos.

– Sí -contesté, cosa que habría provocado al inútil del agente de la policía científica un aneurisma (los de la científica detestan CSI con todas sus fuerzas), pero que sin duda alegraría el día a las viejecitas del barrio-. Exactamente.

– Aunque sin magia -terció Shay con sequedad, con la vista clavada en su cerveza.

– Te sorprenderías. Esos muchachos son capaces de encontrar casi cualquier cosa que se propongan: una salpicadura de sangre añeja, muestras minúsculas de ADN, cientos de tipos de lesiones, lo que se te ocurra. Y mientras averiguan qué le sucedió a Rosie, Kennedy y su equipo intentarán adivinar quién fue el culpable. Interrogarán a todo el mundo que viviera por aquí en la época. Querrán saber quiénes eran sus amigos, si había discutido con alguien, con quién se llevaba bien y con quién mal, qué hizo en cada momento de sus últimos días con vida, si alguien notó algo raro la noche en que desapareció, si alguien vio a algún desconocido merodeando por el lugar o con un comportamiento extraño en torno a la hora de su muerte o poco después… Van a ser puñeteramente exhaustivos y van a tomarse todo el tiempo que necesiten. Todo, cualquier cosa, hasta el detalle más nimio, puede ser crucial.

– Madre del cielo -suspiró Carmel-. Es como en la tele, ¿a que sí? Es una locura.

En los bares, las cocinas y los salones de los hogares que nos rodeaban todo el mundo hablaba ya: rememoraba el pasado, desenterraba viejos recuerdos, los comparaba, los contrastaba y los ponía en común para conjugar un millón de teorías. En mi vecindario, el cotilleo es un deporte competitivo elevado al nivel de categoría olímpica, y nunca hay que desmerecer un buen cotilleo; yo los reverencio con todo mi corazón. Tal como le había comentado a Scorch, la información es munición, y la munición iba a ir que volaba por el barrio, salpicada, eso sí, con alguna que otra granada que no estalla. Yo quería que todos los buenos cotilleos se centraran en desempolvar las cargas vivas, y quería asegurarme de que llegaran a mis oídos, fuera como fuese. Si Scorcher había desairado a los Daly, lo iba a pasar mal extrayéndole información a cualquiera en un radio de un kilómetro a la redonda. Y yo quería que si alguien andaba suelto por ahí con algo de qué preocuparse, tuviera motivos para preocuparse de verdad.

– Si me entero de algo más que considero que los Daly deberían saber, no consentiré que queden fuera del círculo -les aseguré.

Jackie alargó una mano y me acarició la muñeca.

– Lo siento muchísimo, Francis -me reconfortó-. Albergaba la esperanza de que acabara siendo otra cosa, una confusión, no sé…

– Pobrecilla -se compadeció Carmel en voz baja-. ¿Qué edad tenía? ¿Dieciocho?

– Diecinueve años y unos meses -contesté.

– Madre mía, poco más que mi Darren. Y todos estos años ha estado en esa casa. Con sus padres preguntándose dónde andaría todo este tiempo…

– Jamás pensé que diría esto, pero gracias a Dios que Lavery compró esa casa -apuntó Jackie.

– Ojalá sea así -convino Kevin. Apuró su cerveza-. ¿A alguien le apetece otra ronda?

– A mí -contestó Jackie-. ¿A qué te refieres con lo de «Ojalá sea así»?

Kevin se encogió de hombros.

– Lo único que digo es que ojalá que todo salga bien.

– Por todos los santos, Kevin, ¿cómo podría esto salir bien? Esa pobre muchacha está muerta. Lo siento, Francis.

Shay aclaró:

– Lo que Kevin quiere decir es que esperemos que la policía no descubra algo que nos haga desear a todos que los obreros de Lavery hubieran arrojado esa maleta a un contenedor y no hubieran abierto la caja de Pandora.

– ¿Como qué? -preguntó Jackie-. ¿Kev?

Kevin arrastró hacia atrás su taburete y dijo, con un estallido repentino de autoridad:

– Ya he tenido suficiente de esta conversación, y probablemente Frank también. Voy a pedir a la barra. Si seguís hablando de este asunto cuando regrese, os dejo las bebidas y me largo a casa.

– ¡Vaya, vaya! -exclamó Shay con una sonrisa chueca-. El pequeño ratoncito ruge como un león. Bien hecho, Kev. Tienes toda la razón. Hablemos de Supervivientes. Venga, ve a pedirnos una copa.