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La tristeza se desvaneció y afloró una sonrisita traviesa que la hizo parecer una niña de nuevo.

– Es verdad, sí. Aquel baile, la primera vez que lo vi: nada más verlo le dije a Louise Lacey: «Ése es para mí». Entonces llevaba aquellos pantalones de campana que estaban tan de moda…

Jackie se echó a reír.

– No te rías -la reprendió Carmel-. Gavin va siempre con tejanos gastados; a mí me gustan los hombres que hacen un esfuerzo por estar guapos. Trevor tenía un culito precioso con aquellas campanas, para que te enteres. Y olía de maravilla. ¿De qué diantre os reís vosotros dos?

– ¡Eras una golfa! -exclamé yo.

Carmel le dio un sorbito recatado a su sidra de peras.

– No lo era. Entonces las cosas eran distintas. Si te gustaba un muchacho, preferías morir a que se enterara. Te las tenías que ingeniar para que fuera él quien te persiguiera.

– ¡Joder! -exclamó Jackie-. Esto parece la puñetera Orgullo y prejuicio. Yo le pedí a Gavin para salir.

– Pues os digo que funcionó; mucho mejor que todas esas tonterías de hoy en día, esas chicas que van a las discotecas sin bragas. Yo conseguí al hombre que quería, ¿no es cierto? Prometida a los veintiún años. ¿Tú estabas aún aquí, Francis?

– Por los pelos -aclaré-. Me marché unas tres semanas después.

Recuerdo la fiesta de compromiso: las dos familias nos apretujamos en el salón de casa; las respectivas madres se repasaban de arriba abajo como un par de pitbulls obesos; Shay interpretaba su papel de hermano mayor y le disparaba a Trevor roña; Trevor convertido en la manzana de Adán, con los ojos como platos, aterrorizado; Carmel sonrojada, triunfante, embutida en un espantoso vestido plisado rosa que la hacía parecer un pescado con las tripas fuera. Por entonces yo era aún un capullo más integral de lo que lo soy ahora; me quedé sentado en el alféizar de la ventana, al lado del hermano cerdito de Trevor, ignorándolo y congratulándome fervientemente porque iba a largarme de una vez por todas de Dodge y nunca más tendría que enfrentarme a una fiesta de compromiso con huevos rellenos y emparedados. Hay que andarse con cuidado con lo que se desea. Observándolos allí a los cuatro, alrededor de aquella mesa del bar, tuve la sensación de haberme perdido algo aquella noche, como si una fiesta de compromiso, al menos a largo plazo, pudiera haber sido algo bueno que celebrar.

– Llevaba mi vestido rosa -apuntó Carmel con satisfacción-. Todo el mundo me decía que estaba guapísima.

– Y lo estabas -comenté yo, guiñándole el ojo-. De no haber sido mi hermana, te aseguro que incluso a mí me habrías gustado.

Jackie y ella soltaron un gritito seguido de un:

– ¡Venga ya!

Pero yo ya no les prestaba atención. En el otro extremo de la mesa, Shay y Kevin mantenían una conversación privada, y el tono defensivo en la voz de Kevin había ascendido lo suficiente como para despertar mi curiosidad.

– Es un trabajo. ¿Qué tiene de malo?

– Un trabajo en el que te rompes los cuernos lamiéndole el culo a un pijo, «sí, señor», «no, señor», «tres bolsas llenas, señor», y todo por el bien de una gran empresa que te arrojará a los lobos en cuanto la cosa se ponga fea. Les haces ganar miles de libras a la semana y ¿qué obtienes tú a cambio?

– Me pagan. El verano que viene quiero ir a Australia, quiero ir a bucear alrededor de la Gran Barrera de Arrecifes y comer hamburguesas de canguro y emborracharme en barbacoas en Bondi Beach con unas australianas despampanantes gracias a este empleo. ¿Qué pega le ves?

Shay soltó una carcajada ronca.

– Será mejor que ahorres tu dinero.

Kevin se encogió de hombros.

– Ganaré mucho más invirtiéndolo.

– Y un cuerno. Eso es lo que quieren que creas.

– ¿Quién? ¿De qué habláis?

– Los tiempos cambian, amigo. ¿Qué crees que PJ Lavery…?

– Maldito capullo -lo interrumpimos todos al unísono, salvo Carmel, que con la maternidad se había vuelto más fina.

– ¿Por qué crees que está demoliendo el interior de esas casas? -continuó Shay.

– ¿A quién le importa eso? -Kev empezaba a irritarse.

– Pues debería importarte a ti. Ese Lavery es un viejo zorro; sabe de dónde sopla el viento. El año pasado compró esas tres casas de un porrazo, envía esos folletos promocionando apartamentos de lujo, y ahora de repente desestima la idea y las vende por partes.

– ¿Y qué? Quizás está en pleno divorcio o lo acosan los impuestos o algo por el estilo. ¿Por qué debería eso ser problema mío?

Shay miró a Kevin como si hubiera perdido la razón por un momento, inclinándose hacia delante, con los codos apoyados en la mesa. Luego soltó otra carcajada y sacudió la cabeza.

– No lo entiendes, ¿verdad? -dijo, estirando la mano para asir su cerveza-. No tienes ni puñetera idea de nada. Te tragas hasta el último pedacito de mierda que te echan; crees que todo será vino y rosas. Me muero de ganas de ver tu careto.

– Estáis borrachos -sentenció Jackie.

Kevin y Shay nunca se habían gustado demasiado, pero aquel día se me escapaban muchas capas de significado de su conversación. Era como escuchar la radio con un exceso de electricidad estática: sólo captabas el tono, pero no el sentido de lo que estaba ocurriendo. Me resultaba imposible determinar si la interferencia procedía de los veintidós años de distancia o de las ocho cervezas. Mantuve el pico cerrado y los ojos abiertos.

Shay dejó el vaso con contundencia en la mesa.

– Te diré por qué Lavery no se gasta su dinero en los apartamentos de lujo. Para cuando los haya acabado de construir, nadie tendrá dinero para comprarlos. Este país está a punto de irse por la cloaca. Está al borde del precipicio, a punto de caer rodando a mil por hora.

– Así que nada de apartamentos -se lamentó Kev, con un encogimiento de hombros-. Pues estupendo, ¿qué quieres que te diga? Sólo le habrían aportado a mamá más pijos a los que maldecir.

– Los pijos son tu necesidad básica, tío. Cuando ellos se extingan, tú también lo harás. ¿Quién va a comprar tus televisores para fanfarronear una vez estén todos en el paro? ¿De qué vive un chapero si sus clientes se arruinan?

Jackie le dio una palmada en el brazo a Shay.

– Calla. No seas desagradable.

Carmel se tapó la cara con la mano y me deletreó «Borracho», en un gesto a medio camino entre la extravagancia y la disculpa, pero ella también se había bebido ya tres sidras y utilizó la mano equivocada. Shay los ignoró a ambos.

– Este país está construido sobre la nada y buenas relaciones públicas. Una patada y todo se irá al carajo, y la patada está a punto de llegar.

– No sé por qué estás tan contento -replicó Kevin enfurruñado. Él también estaba un poco ebrio, pero, en lugar de ponerse agresivo, le daba por la introspección; estaba repantingado sobre la mesa, enfurruñado, con la vista clavada en su bebida-. Si el barco se hunde, tú te hundirás con el resto de nosotros.

Shay negó con la cabeza, sonriendo.

– Ah, no, no, no. Lo siento, tío; no tendrás esa suerte. Yo tengo un plan.

– Tú siempre tienes un plan. ¿Y adónde te han llevado hasta ahora tus planes?

Jackie suspiró sonoramente.

– Hace buen tiempo -me dijo.

– Esta vez es distinto -le contestó Shay a Kevin.

– Seguro que sí.

– Espera y verás, amiguito. Espera y verás.

– Suena estupendo -replicó Carmel con firmeza, como una anfitriona intentando recuperar el control de su cena. Había acercado su taburete a la mesa y estaba sentada muy erguida, con el dedo meñique levantado del vaso con gesto finolis-. ¿Por qué no nos hablas de ese plan?

Transcurrido un momento, Shay desvió los ojos hacia ella, se repanchingó en su asiento y se echó a reír.

– Ah, Melly -dijo-. Tú siempre has sido la única que me ha sabido enseñar modales. ¿Sabéis que cuando yo no era más que un adolescente nuestra Carmel me sacudió en las piernas hasta que me escapé corriendo por llamar a Tracy Long «putilla»?