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– Claro. Tú siempre te has creído más listo que nosotros, ¿verdad?

– Sólo más que tú, encanto. Y acabas de demostrármelo.

– ¿Y qué te hace más listo? ¿El hecho de que Carmel y yo dejáramos la escuela cuando cumplimos dieciséis años? ¿Acaso crees que se debió a que éramos demasiado obtusos como para continuar estudiando? -Shay estaba inclinado hacia delante, con las manos aferradas al borde de la mesa; un destello de rubor rojo encendido le cubría los pómulos-. Fue para poder llevar un salario a la mesa y que papá no tuviera que hacerlo. Para que pudierais comer. Para que vosotros tres pudierais compraros los libros de texto y vuestros pequeños uniformes y acabar el bachillerato.

– Madre mía -murmuró Kevin mirando su cerveza-. Ahí va la caballería…

– Sin mí, tú probablemente hoy no serías policía. No serías nada. ¿Crees acaso que estaba fardando cuando he dicho que moriría por mi familia? Casi lo hago. Perdí mi educación. Renuncié a todas las oportunidades que tenía en la vida.

Arqueé una ceja.

– ¿Qué ocurre? ¿Acaso te habrías convertido en profesor universitario de haber sido otras las circunstancias? No me hagas reír, por favor. Tú no perdiste nada.

– Nunca sabré qué perdí. Pero ¿a qué has renunciado tú en tu vida? ¿Qué te ha robado esta familia a ti? Dime solamente una cosa. Una.

– Esta puta familia me robó a Rosie Daly -contesté.

Silencio absoluto, congelado. Todos me miraban estupefactos; Jackie sostenía el vaso en alto con la boca entreabierta, atrapada a medio sorbo. Lentamente me di cuenta de que me había puesto en pie, de que me balanceaba y de que mi voz había bordeado un rugido.

– Dejar los estudios no es nada; unos cuantos cachetes no son nada. Yo lo habría asumido todo, lo habría suplicado, mucho antes que perder a Rosie. Y ahora ella está muerta.

Carmel preguntó en tono de perplejidad:

– ¿Crees que te dejó por nosotros?

Yo era plenamente consciente de que había algo malo en lo que había dicho, algo que había cambiado, pero no sabía detectar con precisión qué era. En cuanto me incorporé, la bebida me golpeó directamente en las corvas.

– ¿Qué demonios crees que pasó, Carmel? -pregunté-. Un día estábamos locamente enamorados el uno del otro, amor verdadero para siempre jamás, amén. Íbamos a casarnos. Habíamos comprado los billetes del ferry. Juro ante Dios que habríamos hecho lo que fuera, Melly, cualquier cosa concebible por estar juntos. Y al día siguiente, al puto día siguiente huyó de mí.

Los parroquianos comenzaban a mirar en nuestra dirección, sus conversaciones se deshilvanaban, pero me sentía incapaz de bajar la voz. Siempre soy la persona con la cabeza más fría en cualquier pelea y con el nivel más bajo de alcohol en sangre en cualquier bar. Aquella noche se había salido de madre, y era demasiado tarde para reencauzarla.

– ¿Qué fue lo único que cambió entretanto? Que papá se fue de juerga e intentó entrar a la fuerza en casa de los Daly a las dos de la madrugada, y luego todos vosotros, mi gran familia con clase, tuvo una pelea a gritos y porrazos en medio de la calle. Tú recuerdas aquella noche, Melly. Todo Faithful Place recuerda aquella noche. ¿Cómo no iba a cambiar Rosie de opinión después de aquello? ¿A quién le apetece tener a gente así como familia? ¿Quién quiere esa sangre para sus hijos?

Carmel preguntó, en voz muy baja y aún sin expresión alguna en el rostro:

– ¿Por eso nunca regresaste a casa? ¿De verdad has pensado eso todo este tiempo?

– Si papá hubiera sido una persona decente -contesté-, si no hubiera sido un borracho o si al menos lo hubiera llevado con discreción… Si mamá no hubiera sido mamá… Si Shay no hubiera andado metiéndose en problemas día sí y día también… Si todos nosotros hubiéramos sido diferentes…

Kevin dijo, fuera de sí:

– Pero si Rosie no fue a ningún sitio…

No entendí lo que decía. El día acabó por vencerme y estaba tan cansado que notaba mis piernas fundirse en aquella alfombra raída.

– Rosie me dejó porque mi familia era una pandilla de animales -concluí-. Y no la culpo por ello.

Jackie replicó con un matiz de dolor en la voz:

– Eso no es cierto, Francis. No es justo.

– Rosie Daly no tenía ningún problema conmigo, amiguito -aclaró Shay-. De eso que no te quepa duda.

Shay había recobrado el control; se había desparramado en su silla y el rojo se había desvanecido de sus pómulos. Fue su manera de decirlo…, aquella chispa de arrogancia en sus ojos, aquella sonrisita perezosa curvándose en las comisuras de sus labios…

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Rosie era una muchacha encantadora. Muy agradable, muy… sociable: ésa es la palabra que buscaba.

Se me había desvanecido el cansancio.

– Si vas a insultar a alguien que no está presente para defenderse, al menos hazlo sin tapujos, como un hombre. Y si no tienes agallas para hacerlo, cierra el pico.

El camarero asestó un golpe en la barra con un vaso.

– ¡Eh! ¡Pandilla! ¡Ya está bien de jaleo! Si no os calmáis, os pongo a todos de patitas en la calle.

– Simplemente te felicito por tu buen gusto -replicó Shay-. Unas tetas espléndidas, un culo espléndido y una actitud espléndida. Era toda una golfa, ¿no es cierto? De cero a cien en un abrir y cerrar de ojos.

Una voz aguda en algún rincón de mi cerebro me aconsejaba que me marchara de allí, pero me llegaba neblinosa y vaga a través de todas aquellas capas de bebida.

– Rosie no te habría tocado ni por todo el oro del mundo.

– Piensa un poco, amiguito… porque hizo mucho más que tocarme. ¿Nunca notaste mi olor en su cuerpo al desnudarla?

Lo arranqué de la silla por el cuello de la camisa y estaba a punto de encajarle un puñetazo cuando los otros entraron en acción con esa eficacia torpe e instantánea que sólo tienen los borrachos. Carmel se interpuso entre nosotros, Kevin me agarró del brazo que tenía preparado para sacudirle y Jackie apartó las bebidas de en medio para evitar accidentes. Shay consiguió zafarse de mi otra mano (escuché un desgarro) y ambos nos fuimos dando tumbos hacia atrás. Carmel agarró a Shay por los hombros, lo obligó a sentarse y, apantallando mi presencia con su cuerpo, intentó tranquilizarlo diciéndole una sarta de tonterías. Kevin y Jackie me agarraron por debajo de los hombros, me dieron media vuelta y me condujeron en dirección a la puerta; a medio camino recuperé el equilibrio y recordé lo que estaba ocurriendo.

– Soltadme -los conminé-. Soltadme.

Siguieron avanzando como si oyeran llover. Intenté desembarazarme de ellos, pero Jackie se había cerciorado de engancharse a mí de tal manera que me fuera imposible separarme de ella sin hacerle daño, y aún me faltaba mucha bebida para tal cosa. Shay gritó alguna maldad por encima del hombro de Carmel, quien con más ímpetu empezó a sisearle que se callara, mientras Kevin y Jackie maniobraron expertamente arrastrando de mí entre mesas, taburetes y una concurrencia atónita, consiguieron sacarme del bar y me llevaron hasta la esquina para que me diera el aire fresco. La puerta se cerró de un portazo a nuestras espaldas.

– ¿Qué cojones…?

Jackie intentó apaciguarme hablándome como a un chiquillo:

– Escucha, Francis. Sabes perfectamente que no puedes pelearte aquí.

– Ese capullo estaba pidiendo a gritos que le partiera la cara, Jackie. Lo estaba suplicando. Ya has oído lo que ha dicho. Dime que no se merece una buena tunda.

– Claro que se la merece, pero no podéis destrozar el bar. ¿Te apetece que demos un paseo?

– ¿Qué pretendéis? ¿Por qué me sacáis a mí a rastras de ese antro? Shay es quien…

Me agarraron de los brazos y echamos a andar.

– Te sentirás mucho mejor si te da el aire fresco -comentó Jackie en un tono tranquilizador.