– No. No. Yo me estaba tomando una cerveza tranquilamente, solo, sin hacer daño a nadie, hasta que ese gilipollas ha venido en busca de follón. ¿Habéis oído lo que ha dicho?
Kevin contestó:
– Está bloqueado y ha decidido comportarse como un gilipollas. ¿Te sorprende acaso?
– Y entonces ¿por qué me habéis sacado a mí del bar?
Era consciente de sonar como un chiquillo lloriqueando un «Pero si ha empezado él…», pero me resultaba imposible reprimirme.
Kevin contestó:
– Shay es del barrio. Es su bar.
– Shay no es el propietario de este maldito vecindario. Yo tengo tanto derecho como él…
Intenté zafarme de ellos y regresar al pub, pero el esfuerzo a punto estuvo de hacerme perder el equilibrio. El aire frío no me estaba ayudando a serenarme; más bien me sacudía desde todos los ángulos, desconcertándome y haciendo que me zumbaran los oídos.
– Claro que sí -confirmó Jackie, manteniéndome encarado en dirección contraria al bar-, pero, si te quedas ahí, no va a dejar de pincharte. Y no tiene sentido quedarse para eso. Nos vamos nosotros a otro sitio y ya está, ¿te parece?
Fue en aquel momento cuando una fría aguja de sentido común logró perforar la neblina de Guinness. Me detuve en seco y sacudí la cabeza hasta que la borrachera se me pasó ligeramente.
– No -contesté-. No, Jackie, no me parece bien.
Jackie volvió el rostro hacia mí con expresión de angustia.
– ¿Te encuentras bien? ¿Tienes ganas de vomitar?
– No, no voy a vomitar. Pero no tengo ninguna intención de ir a ningún otro sitio porque tú lo digas.
– Vamos, Francis, no seas…
– ¿Recuerdas cómo empezó toda esta historia, Jackie? -pregunté-. Me telefoneaste y me convenciste para que trajese mi trasero a este lugar de mala muerte. Ojalá me hubiera golpeado la cabeza en la puerta de un coche a medio camino o sencillamente te hubiera dicho que te metieras tu genial idea por el culo. Porque mira qué ha acabado pasando, Jackie. Mira bien. ¿Qué? ¿Te sientes bien contigo misma ahora? ¿Disfrutas de la satisfacción del trabajo bien hecho? ¿Ya estás contenta? -Me balanceaba. Kevin intentó pasar un hombro por debajo del mío, pero yo me desembaracé de ambos, me desplomé con todo mi peso en una pared y me cubrí el rostro con las manos. Al cerrar los ojos vi miles de estrellitas-. Sabía que no tenía que venir. ¡Joder! Sabía que no tenía que venir…
Guardamos silencio durante un rato. Notaba a Kevin y a Jackie intercambiarse miradas, intentando urdir un plan mediante el código de los movimientos de cejas. Finalmente, Jackie inquirió:
– No sé vosotros dos, pero a mí se me están congelando las tetas. Voy a entrar a por mi abrigo, ¿me esperáis?
– Coge el mío también -le pidió Kevin.
– Estupendo. No os vayáis a ningún sitio, ¿eh? ¿Francis?
Me apretó tímidamente el codo, tanteando. La ignoré. Al cabo de un momento la oí suspirar y luego el taconeo orgulloso de sus zapatos rehaciendo el camino por el que habíamos venido.
– ¡Puñetero día de los cojones! -exclamé.
Kevin se apoyó en la pared a mi lado. Lo escuchaba respirar, soplando para quitarse el frío.
– Es cierto, pero no es culpa de Jackie -terció.
– Así es, Kev. Ya lo sé. Pero vais a tener que perdonarme porque en este preciso instante eso me importa un comino.
El callejón olía a grasa y a orines. En algún lugar, a una o dos calles de distancia, un par de tipos habían empezado a gritarse, sin palabras, sólo un gruñido ronco y salvaje. Kevin se recostó con todo su peso contra la pared.
– Lo entiendo -dijo-. No sé si sirve de algo, pero me alegro de que hayas regresado. Ha estado bien verte. No por todo lo de Rose, claro está, ya me entiendes… Pero me alegra de verdad volver a verte.
– Tal como ya he dicho, así debería ser, pero las cosas no siempre son como deberían.
Kevin continuó:
– A mí la familia me importa mucho. Siempre me ha importado. Yo no he dicho que moriría por vosotros cuando Shay ha salido con todas esas tonterías. Sencillamente no me apetecía que me dijera qué tengo que pensar.
– No te preocupes. Nadie moriría por nadie.
Me destapé la cara y aparté la cabeza unos centímetros de la pared para comprobar si el mundo había empezado a estabilizarse. No me pareció que nada se inclinase de manera excesivamente peligrosa.
– Antes todo era mucho más sencillo -continuó Kevin-. Me refiero a cuando éramos niños.
– Pues te aseguro que yo no lo recuerdo así.
– Bueno, ya sé que no era sencillo, entiéndeme, pero… no sé… Al menos sabíamos lo que se suponía que teníamos que hacer, aunque hacerlo fuera una gaita a veces. Al menos lo sabíamos. Creo que echo eso en falta. ¿Sabes a qué me refiero?
– Kevin, amigo mío, te lo confieso: te aseguro que no te entiendo -contesté.
Kevin giró la cabeza sobre la pared para mirarme. El aire frío y la bebida le habían sonrosado las mejillas y le conferían un aspecto como de ensueño; tiritaba ligeramente y, con su peinado de moda desaliñado, parecía un chaval de una postal navideña antigua.
– Bueno -replicó con un suspiro-. Probablemente no. No importa.
Me separé cautelosamente de la pared, dejando una mano apoyada por si acaso, pero las rodillas me respondieron bien.
– Jackie no debería andar por ahí sola a estas horas -observé-. Ve a buscarla.
Me miró con un pestañeo.
– ¿Vas a… nos vas a esperar aquí, verdad? Regreso en un segundo.
– No.
– Ah. -Parecía confuso-. ¿Y qué hay de mañana?
– ¿Qué pasa con mañana?
– ¿Seguirás por aquí?
– Lo dudo.
– ¿Volverás… algún día?
Parecía tan jodidamente joven y perdido que me desarmó.
– Ve a buscar a Jackie.
Conseguí recuperar el equilibrio y eché a andar. Transcurridos unos segundos escuché las primeras pisadas de Kevin, lentas, avanzando en la dirección opuesta.
Capítulo 8
Dormí la mona unas cuantas horas en mi coche (estaba demasiado contaminado para que ningún taxista me aceptase, pero no lo suficiente como para pensar que llamar a la puerta de mi madre fuera una buena idea). Me desperté con la boca como una alpargata en medio de una de esas mañanas gélidas y densas donde la humedad se te cala en los huesos. Tardé unos veinte minutos en que se me pasara el tortícolis.
Las calles estaban resplandecientes y vacías; las campanas repicaban convocando a la misa matutina, pero nadie prestaba demasiada atención. Localicé una cafetería deprimente llena de europeos del este deprimidos y pedí un desayuno nutritivo: madalenas mustias, un puñado de ibuprofenos y un cubo de café. Cuando sospeché que estaba a punto de alcanzar el límite, conduje hasta casa, arrojé la ropa que llevaba puesta desde el viernes por la mañana en la lavadora, me lancé a mí mismo a una ducha de agua hirviendo y sopesé cuál sería mi siguiente movimiento.
Por lo que a mí concernía, aquel caso estaba cerrado con una C mayúscula como una casa. Scorcher podía quedárselo todo para él sólito. Por muy imbécil que fuera, por una vez en la vida su obsesión por ganar jugaba a mi favor: antes o después haría justicia a Rosie, si es que se le podía hacer. Incluso me mantendría al corriente de los grandes avances, no necesariamente por razones altruistas, pero eso me importaba un bledo. En menos de un día y medio había tenido más que suficiente de mi familia para otros veintidós años. Aquella mañana en la ducha habría jurado por mi alma que nada en el mundo podría arrastrarme de nuevo a Faithful Place.
Me quedaban unos cuantos cabos sueltos por atar antes de poder arrojar de nuevo todo aquel embrollo al círculo infernal del que había salido. Considero que el término «demarcación del problema» es una sandez que ha inventado la clase media para pagarle el Jaguar a su psiquiatra, pero tanto da: yo necesitaba demarcar aquel problema, necesitaba saber a ciencia cierta que era a Rosie a quien habían encontrado en aquel sótano, necesitaba saber cómo había muerto y necesitaba saber si Scorcher y sus muchachos habían obtenido alguna pista de adónde se dirigía aquella noche antes de que alguien se interpusiera en su camino. Me había pasado toda mi vida adulta madurando alrededor de una cicatriz con la forma de la ausencia de Rosie Daly. Imaginar que ese bulto de tejido cicatrizado se desvaneciera me había dejado tan desconcertado y mareado que había acabado haciendo gilipolleces como pelearme con mis hermanos, una idea que dos días antes me habría hecho huir despavorido a las montañas. Me pareció acertado recuperar mis modales antes de hacer algo lo bastante estúpido como para acabar en una amputación.