Encontré ropa limpia, salí al balcón, encendí un cigarrillo y telefoneé a Scorcher.
– Frank -me saludó, con un grado de educación perfectamente calibrado para hacerme saber que no le hacía ninguna gracia tener noticias mías-. ¿Qué puedo hacer por ti?
Modulé mi voz con un tono avergonzado.
– Sé que eres un hombre ocupado, Scorcher, pero quería pedirte un favor.
– Me encantaría atenderte, viejo amigo, pero estoy un poco…
¿Viejo amigo?
– Iré al grano -lo interrumpí-. ¿Conoces a mi adorable compañero de brigada? ¿Yeates?
– Sí, nos han presentado.
– Divertido, ¿no es cierto? Anoche nos tomamos unas copas y le expliqué la historia que tenemos entre manos y me insinuó que mi novia de la adolescencia pudiera haberme abandonado. Para abreviar, y dejando de lado cuán profundamente herido estoy porque mi propio colega pusiera en duda mi magnetismo sexual, he apostado cien libras a que Rosie no pretendía dejarme. Si tienes algo que respalde mi teoría, podemos repartirnos las ganancias.
Yeates parece desayunar gatitos en lugar de cereales y no es el típico que se anda con camaraderías: Scorch no corroboraría mi versión. Al final dijo en un tonillo estirado:
– Toda la información relacionada con la investigación es confidencial.
– Tenía previsto vendérsela al Daily Star… La última vez que lo comprobé, Yeates seguía siendo policía, al igual que tú y que yo, aunque más corpulento y más feo.
– Un policía que no pertenece a mi equipo. Como tú.
– Venga ya, Scorch. Al menos dime si era Rosie quien estaba en ese sótano. Si es un cadáver de la era victoriana, le pago a Yeates su dinero y caso resuelto.
– Frank, Frank, Frank -repitió Scorcher, cubriéndome con su compasión-. Sé que esto no está siendo fácil para ti, amigo. Pero ¿recuerdas la conversación que mantuvimos?
– Con todo lujo de detalle… Lo que inferí de ella es que me querías fuera de tu vista. Por eso te ofrezco un trato que no podrás rechazar, Scorchie. Si no lo aceptas ahora, no habrá más oportunidad. Responde a mi pequeña pregunta y la próxima vez que tengas noticias mías será cuando te invite a tomar unas cuantas cervezas para felicitarte por haber resuelto el caso.
Scorch dejó en barbecho mi oferta por unos instantes.
– Frank -dijo, cuando calculó que yo habría caído en la cuenta de cuánto desaprobaba mi propuesta-, esto no es un mercado de trueque. Yo no voy a hacer ningún trato ni ninguna apuesta contigo. Estamos hablando de un caso de asesinato, y mi equipo y yo necesitamos trabajar sin interferencias. Pensaba que eso te habría bastado para apartarte de mi camino. Francamente, me has decepcionado.
Me vino a la memoria una imagen de una noche, cuando ambos estudiábamos en Templemore, en la que a Scorch le habían partido la cara y me desafió a comprobar quién de los dos era capaz de mear más alto en una tapia de regreso a casa. Me preguntaba cuándo se había convertido en un gilipollas pomposo de mediana edad, o si acaso siempre lo había sido en el fondo y la testosterona adolescente simplemente lo había enmascarado durante un tiempo.
– Tienes razón -acepté con penitencia-. No es de buena persona hacer que ese bravucón de Yeates piense que me tiene cogido por las pelotas…
– Hummm -murmuró Scorcher-. ¿Me permites que te diga algo, Frank? El afán de ganar es fantástico… hasta que dejas que te convierta en un perdedor.
Sabía perfectamente que sus palabras carecían de sentido, pero el tono con que las pronunció me sonó a una profundidad desbordante.
– Creo que eso que acabas de decir es demasiado intelectual para mí, amigo -repliqué-, pero quédate tranquilo, reflexionaré sobre ello. Nos vemos. -Y colgué.
Me fumé otro pitillo mientras contemplaba a la brigada de las compras dominicales avanzando a empellones por los muelles. Me encanta la inmigración; la gama de mujeres a la vista en estos días incluye varios continentes más que hace veinte años y, mientras que las irlandesas se preocupan por convertirse en aterradores pirulís pelirrojos, las maravillosas mujeres del resto del mundo se encargan de compensarlo. Vi a una o dos a las que habría pedido en matrimonio allí mismo y con las que le habría dado a Holly una docena de hermanos a quien mi madre llamaría «mestizos».
El técnico de la policía científica no me servía de nada: después de haber echado por tierra su maravillosa tarde de ciber-porno, no iba a dignarse a darme ni los buenos días. A Cooper, por otro lado, le caigo bien y trabaja los fines de semana, así que, a menos que tuviera trabajo atrasado, para entonces ya habría realizado la autopsia. Y cabía la generosa posibilidad de que esos huesos le hubieran aportado al menos parte de la información que yo necesitaba saber.
Por otra hora más, Holly y Olivia no iban a enfadarse menos de lo que ya lo estaban. Arrojé el cigarrillo por el balcón y me puse en movimiento.
Cooper odia a la mayoría de las personas, y casi todas ellas piensan que las odia por capricho. Jamás se les ha ocurrido pensar que lo que Cooper detesta es aburrirse, y que su umbral del aburrimiento es muy bajo. Si lo aburres una vez (y era evidente que Scorch había logrado hacerlo en algún momento), te descarta para siempre. En cambio, si eres capaz de despertar su interés, es todo tuyo. Y a mí me han llamado muchas cosas, pero nunca aburrido.
La morgue municipal está a corta distancia a pie desde mi apartamento, en un bonito edificio de ladrillo rojo de más de cien años de antigüedad. Pocas veces se me presenta la ocasión de entrar en él, pero normalmente la idea de ir a ese lugar me alegra, del mismo modo que me alegra que la Brigada de Homicidios esté instalada en el castillo de Dublín: lo que nosotros hacemos fluye por el corazón de esta ciudad como el río y nos merecemos las partes buenas de su historia y su arquitectura. Aquel día, no obstante, no todo eran sonrisas. En algún lugar allí dentro, mientras Cooper pesaba, medía y examinaba hasta el último centímetro de ella, había una muchacha que podría ser Rosie.
Cooper acudió a la recepción cuando pregunté por él, pero, como la mayoría de las personas aquel fin de semana, no brincó de alegría al verme.
– El detective Kennedy -me indicó, pronunciando el nombre con escrupulosidad, como si tuviera mal sabor- me ha informado específicamente de que usted no forma parte de su equipo de investigación y no tiene necesidad de conocer ningún detalle sobre este caso.
Y eso que le había pagado la cerveza… De desagradecidos está el mundo lleno.
– El detective Kennedy necesita urgentemente que se le bajen los humos -repliqué-. No tengo por qué pertenecer a su equipillo para estar interesado en el caso. Es un caso interesante. Y…, bueno, preferiría evitar cotilleos, pero, si la víctima es quien pensamos que es, me crié con ella.
Eso encendió una chispa en los redondos ojillos de Cooper, tal como había previsto.
– ¿Es eso cierto?
Bajé la vista y me hice el renuente para despertar su curiosidad.
– En realidad -añadí, mientras me examinaba la uña del dedo gordo-, durante un tiempo, de adolescentes, fue mi novia.