Se tragó el anzuelo: las cejas se le engancharon al nacimiento del pelo y aquella chispa resplandeció aún más. De no haber sido porque él mismo se había encontrado el trabajo perfecto, me habría inquietado seriamente saber a qué dedicaba aquel sujeto el tiempo libre.
– Así que -continué-, como entenderá, me interesa mucho saber qué le ocurrió, a menos que esté usted demasiado ocupado para explicármelo. Y con respecto a Kennedy: ojos que no ven, corazón que no siente.
Arrugó las comisuras de los labios, que es lo más cercano a una sonrisa en Cooper.
– Sígame, por favor -me invitó.
Largos pasillos, elegantes escalinatas, acuarelas antiguas de una calidad pasable colgadas en las paredes…; alguien había drapeado guirnaldas de agujas de pino falsas entre ellas y había conseguido un discreto equilibrio entre lo festivo y lo sombrío. Incluso el propio depósito de cadáveres, una larga sala con molduras en los techos y ventanas altas, sería bonito si no fuera por los detalles superfluos: el aire gélido y denso, el olor, las inhóspitas baldosas del suelo y las filas de cajones de acero que forran una de las paredes. Una placa en medio de aquellos cajones rezaba, en claras letras grabadas: «PRIMERO LOS PIES. ETIQUETA CON NOMBRE EN LA CABEZA».
Cooper frunció los labios pensativo mientras contemplaba los cajones y recorrió con un dedo toda la línea, con los ojos entrecerrados.
– Nuestra nueva Sin Nombre -anunció-. Aquí, sí.
Dio un paso adelante y abrió un cajón con una larga floritura.
Hay un clic que uno aprende a activar muy al principio de empezar a trabajar en la Policía Secreta. Con el tiempo resulta muy fácil, demasiado quizás: un clic en algún recoveco de la mente y toda la escena se despliega a distancia, como en una pequeña pantalla, a todo color, mientras uno observa y planea su estrategia y da algún golpecito ocasional a los personajes, alerta, absorto y, en general, seguro. Quienes no encuentran ese interruptor rápidamente terminan en otras brigadas, o bajo tierra. Accioné el interruptor y observé.
Los huesos estaban perfectamente dispuestos sobre la camilla de metal, de un modo casi artístico, como si fueran el rompecabezas definitivo. Cooper y su equipo los habían limpiado por encima, pero aún conservaban un colorcillo marrón y un aspecto grasiento, salvo por las dos claras filas de dientes, como una sonrisa Colgate perfecta. Aquella cosa parecía un millón de veces demasiado pequeña y frágil para ser Rosie. Por un instante, una parte de mí albergó cierta esperanza.
En la calle, una pandilla de muchachas reían a carcajada limpia, pero su risa nos llegaba atenuada por el grueso vidrio de las ventanas. La estancia parecía demasiado luminosa; Gooper estaba un pelo demasiado cerca de mí, observándome con atención reconcentrada.
– Los restos pertenecen a una hembra blanca adulta joven, de entre 1,54 y 1,57 metros de estatura y constitución entre media y recia. La evolución de las muelas del juicio y la fusión incompleta de las epífisis sitúa su edad entre los dieciocho y los veintidós años.
Hizo una pausa. Esperó hasta obligarme a preguntarle:
– ¿Puede confirmar si es Rose Daly?
– No disponemos de radiografías dentales, pero los informes muestran que Rose Daly tenía un empaste, en una muela inferior posterior derecha. La difunta posee un empaste de tales características en esa misma muela.
Tomó el hueso de la mandíbula entre sus dedos pulgar e índice, lo inclinó hacia atrás y señaló algo en el interior de la boca.
– Mucha gente tendrá un empaste así…
Cooper se encogió de hombros.
– Todos sabemos que las coincidencias improbables ocurren. Por fortuna, no dependemos exclusivamente del empaste para su identificación. -Hojeó un montoncito ordenado de expedientes que descansaba sobre una larga mesa y extrajo dos transparencias que colocó en una caja de luz vertical, superpuestas-. Observe esto -me indicó, y encendió la luz.
Y allí estaba Rosie, iluminada y riendo, recortada contra una pared de ladrillos rojos y un cielo gris, con la barbilla en alto y el pelo revoloteando al viento. Por un segundo, ella fue todo lo que vi. Luego vi las diminutas equis en blanco que salpicaban su rostro, y luego vi la calavera vacía contemplándome desde detrás.
– Como puede comprobar por los puntos que he señalado -explicó Cooper-, las marcas anatómicas del cráneo encontrado: el tamaño, los ángulos y el espacio entre las cavidades oculares, la nariz, los dientes, la mandíbula, etc., se corresponden a la perfección con los rasgos de Rose Daly. Y si bien ello no constituye una identificación concluyente, es indudable que sí nos aporta un grado razonable de certidumbre, en especial si le añadimos el empaste y las circunstancias. He informado al detective Kennedy que puede notificárselo a la familia: yo no tendría reparos en justificar bajo juramento que creo que éste es el esqueleto de Rose Daly.
– ¿Cómo murió? -quise saber.
– Lo que está usted viendo, detective Mackey -preguntó Cooper, señalando los huesos con un amplio movimiento de brazo-, es lo único que tengo. Rara vez puede determinarse con certeza la causa de la muerte cuando lo único de que se dispone son los restos de un esqueleto. Es evidente que la golpearon, pero no tengo manera de descartar, por ejemplo, la posibilidad de que padeciera un infarto letal durante la paliza.
– El detective Kennedy mencionó algo sobre fracturas en el cráneo -apunté.
Cooper me dedicó una mirada de superioridad de primera categoría.
– A menos que yo esté profundamente confundido -dijo-, el detective Kennedy no es forense cualificado.
Forcé una sonrisa.
– Bueno, tampoco es ningún pelmazo cualificado, pero se desenvuelve bastante bien.
La comisura del labio de Cooper se movió.
– Y que lo diga -corroboró-. Aunque sea por mera casualidad, el detective Kennedy tiene razón en cuanto a las fracturas craneales. -Alargó un dedo y giró la calavera de Rosie hacia un lado-. Observe esto -señaló.
El fino guante blanco confería a su mano un aspecto mortecino y mojado, como si estuviera en plena muda. La parte posterior del cráneo de Rosie parecía un parabrisas reventado con varios golpes con un palo de golf: estaba cubierto de multitud de telarañas de grietas que radiaban en todas direcciones, entrecruzándose. La mayoría del cabello se le había desprendido; lo habían depositado junto a ella, formando un montoncito mullido, pero aún colgaban unos cuantos cabellos rizados del hueso destrozado.
– Si mira de cerca -indicó Cooper acariciando las grietas delicadamente con la yema de un dedo-, observará que los bordes de las fracturas están astillados; no son rupturas limpias. Esto revela que, en el momento de producirse estas lesiones, el hueso era flexible y estaba húmedo, no seco y quebradizo. Es decir, que las fracturas no se produjeron después de la muerte; se infligieron o bien en el instante de la muerte o poco antes o después. Responden a varios impactos con fuerza (he calculado al menos tres), propinados con un objeto plano, de unos diez centímetros de ancho, sin bordes afilados ni esquinas.
Tuve que contenerme para no tragar saliva; me habría visto hacerlo.
– Bueno -intervine-, yo tampoco soy forense, pero me da la sensación que con tres golpes de ese calibre podría matarse a alguien.
– Ah -exclamó Cooper con una sonrisa de suficiencia-. Se podría, pero en este caso no podemos asegurar con certeza que así fuera. Observe este punto.
Toqueteó a tientas la garganta de Rosie y pescó dos frágiles fragmentos de hueso.
– Esto -informó, colocándolos con delicadeza en una herradura- es el hueso hioide. Se encuentra en la parte superior de la garganta, justo debajo de la mandíbula, y su función es aguantar la lengua y proteger la vía respiratoria. Como puede comprobar, uno de los cuernos más grandes está completamente cortado. Un hueso hioide fracturado se relaciona prácticamente siempre con los accidentes de vehículos motorizados o un estrangulamiento manual.