– De modo que, a menos que la atropellara un coche invisible que de alguna manera hubiera conseguido entrar en aquel sótano, alguien la estranguló hasta matarla -apunté.
– Éste -me informó Cooper, agitando el hueso hioide de Rosie en mi dirección- es en muchos sentidos el aspecto más fascinante de este caso. Tal como hemos visto anteriormente, parece ser que nuestra víctima tenía unos diecinueve años de edad. En adolescentes es raro encontrar el hueso hioide roto, porque aún es flexible y, sin embargo, esta fractura, como las otras, es claramente perimortem. La única explicación plausible es que un agresor con una gran fuerza física la estrangulara brutalmente.
– Un hombre -sentencié yo.
– El candidato más probable es un hombre, efectivamente, pero no conviene descartar tampoco a una mujer fuerte en un estado emocional alterado. La teoría más coherente con toda la constelación de lesiones es la siguiente: el atacante la agarró por el cuello y le golpeó la cabeza repetidamente contra una pared. Las dos fuerzas opuestas, el impacto de la pared y el ímpetu del atacante, se combinaron para fracturar el hioide y comprimir la vía respiratoria.
– Y se ahogó.
– Asfixió -me corrigió Cooper con una mirada-. Eso creo, sí. El detective Kennedy está en lo cierto al afirmar que las lesiones de la cabeza habrían ocasionado la muerte en cualquier caso, debido a la hemorragia intracraneal y a los daños cerebrales, pero el proceso podría haber llevado unas cuantas horas. Antes de que eso ocurriera es probable que hubiera muerto por la hipoxia causada o bien por el estrangulamiento manual en sí, por la inhibición vagal provocada por el estrangulamiento manual o por la obstrucción de la vía respiratoria debido a la fractura del hueso hioide.
Yo no dejaba de apretar el interruptor mental con todas mis fuerzas. Por un segundo vi la línea del cuello de Rosie cuando se reía.
Cooper me explicó, con el único fin de asegurarse de contaminarme el pensamiento más allá de lo humanamente posible:
– El esqueleto no muestra indicios de otras lesiones perimortem, pero el nivel de descomposición impide poder determinar si hubo heridas en los tejidos blandos. Por ejemplo, no sabemos si la víctima sufrió abusos sexuales.
– Pensaba que el detective Kennedy había dado a entender que estaba vestida. Si es que eso sirve de algo.
Cooper frunció los labios.
– Apenas quedan restos de tela. De hecho, el laboratorio de la policía científica ha descubierto algunos fragmentos de ropa en o cerca del esqueleto: una cremallera, botones de metal, corchetes de sostén y cosas por el estilo, lo cual implica que la enterraron casi con toda la ropa. Sin embargo, no nos revela que llevara esa ropa puesta. Tanto el curso natural de la descomposición como la considerable actividad de los roedores han alterado lo bastante estos artículos como para que nadie pueda afirmar si la enterraron con la ropa puesta o simplemente con la ropa.
– ¿La cremallera estaba abierta o cerrada? -pregunté.
– Cerrada. Así como los corchetes del sujetador. No es más que una hipótesis (podría haberse vestido ella misma después de que abusaran de ella), pero supongo que apunta en una dirección.
– ¿Y qué hay de las uñas? -inquirí-. ¿Estaban rotas?
Rosie se habría defendido con uñas y dientes.
Cooper suspiró. Estaba empezando a aburrirse conmigo y todas estas preguntas de manual que Scorcher ya le había formulado; o se me ocurría algo estimulante o estaba perdido.
– Las uñas -repitió él, señalando con un leve asentimiento desdeñoso hacia unas astillas marrones que había junto a los huesos de las manos de Rosie- se descomponen. En este caso, como el cabello, se han conservado parcialmente gracias a la alcalinidad del entorno, pero están gravemente deterioradas. Y como por el momento no soy mago, soy incapaz de adivinar su condición previa a tal deterioro.
– Sólo un par de cosas más, si tiene tiempo, y lo dejaré en paz -aclaré-. ¿Sabe si los del laboratorio encontraron algo más con ella, aparte de los restos de tela? ¿Unas llaves o algo por el estilo?
– Lo más probable -contestó Cooper con austeridad- es que los técnicos del laboratorio tengan más información al respecto que yo.
Tenía la mano en el cajón, listo para cerrarlo. De haber llevado Rosie llaves encima, o bien su padre se las habría devuelto o ella las había robado para tener la opción de salir por la puerta principal aquella noche, y no la habría aprovechado. Sólo se me ocurría una razón para ello: quería esquivarme por todos los medios.
– Por supuesto -confirmé-. Ya sé que no es de su competencia, doctor, pero la mitad de ellos son poco más que monos adiestrados; no confiaría en que supieran siquiera de qué caso les hablo, por no mencionar ya que me facilitaran la información correcta. Por eso no quería arriesgarme a jugar a la lotería en este caso.
Cooper alzó las cejas con ironía, como si fuera consciente de mi maniobra y no le importara.
– Su informe preliminar lista dos anillos de plata y tres pendientes de plata, todos ellos identificados provisionalmente por los Daly como coherentes con las joyas propiedad de su hija, y una llavecita, típica de un candado industrial de baja calidad, que según parece encaja con las cerraduras de la maleta que encontraron en la escena del crimen. El informe no lista ninguna otra llave, accesorios ni otras pertenencias.
Y ahí estaba yo, de regreso al mismo punto en el que me encontraba la primera vez que puse los ojos en aquella maleta: sin pistas, catapultado a un agujero negro con gravedad cero sin una sola pista sólida a la que agarrarme. Por primera vez se me ocurrió que quizá nunca llegara a descubrir nada, que era una posibilidad real.
– ¿Alguna pregunta más? -quiso saber Cooper.
En el depósito de cadáveres reinaba el silencio, apenas interrumpido por el zumbido del regulador de la temperatura en algún lugar. Yo no suelo lamentarme más de lo que me emborracho, pero aquel fin de semana era especial. Observé los huesos marrones esparcidos desnudos bajo los fluorescentes de Cooper y deseé con todas mis fuerzas poder retroceder en el tiempo y dejar las cosas como estaban. Y no por mí, sino por Rosie. Ahora les pertenecía a todos: a Cooper, a Scorcher, al vecindario; cada cual podía señalarla y usarla a su antojo. En Faithful Place ya habría dado comienzo el pausado y agradable proceso de digerirla y convertirla en otra historia local truculenta más, algo a medio camino entre un relato fantasmal y una obra costumbrista, entre la leyenda urbana y la inevitabilidad de la realidad. Y esa historia acabaría por devorar todos los recuerdos que teníamos de ella, tal como la tierra había devorado su cuerpo. Habría sido mejor que hubiera permanecido en aquel sótano. Al menos las únicas personas que acariciarían su memoria serían sus seres queridos.
– No -contesté-. No tengo más preguntas.
Cooper cerró el cajón deslizándolo, un largo siseo de acero contra acero, y los huesos desaparecieron en el interior de aquel laberinto de muertos señalados con un interrogante.
Lo último que vi antes de salir de la morgue fue la cara de Rosie aún resplandeciente en la caja de luz, luminosa y transparente, con aquellos ojos chispeantes y aquella sonrisa incomparable en un fino papel superpuesto a su calavera en descomposición.
Cooper me acompañó hasta la puerta. Le di las gracias más lameculos que fui capaz de formular y prometí enviarle una botella de su vino favorito para navidades. Me despidió con un apretón de manos en la puerta y regresó a enfrascarse en las truculentas tareas que Cooper realiza cuando se queda solo en el depósito de cadáveres. Doblé la esquina y le asesté un puñetazo a la pared. Los nudillos se me quedaron como una hamburguesa, pero el dolor fue tan resplandeciente que durante unos breves segundos, mientras me doblaba para acariciarme la mano, me dejó el pensamiento en blanco y tranquilo.