No tenía que ser yo. De hecho, no debería haberlo sido; hay que mantenerse al margen de los casos en los que la familia está implicada, y yo supe quién era la denunciante en cuanto vi el nombre «Jacinta Mackey» en el formulario de denuncia. Medio Dublín se llama uno u otro, pero dudo que nadie salvo mis padres tuviera la mala sombra de combinar ambos nombres y llamar a una niña Jackie Mackey. Podría haber informado a mi superior y dejar que otra persona anotara su descripción del complejo de inferioridad de Pichacorta y haber continuado el resto de mi vida sin tener que volver a pensar nunca en mi familia ni en Faithful Place ni en el «Misterioso caso de la misteriosa maleta». Pero me picaba la curiosidad. Jackie tenía nueve años cuando yo me marché de casa, y mi fuga no había tenido nada que ver con ella. Además, era muy buena niña. Quería averiguar en qué se había convertido. Simplemente pensé que no podía hacerme daño volver a establecer contacto. Craso error.
– Toma -le dije a Holly, tras dar con su otro zapato y calzárselo-. Vamos a sacar a tu tía Jackie de paseo y luego podemos comernos esa pizza que te prometí el viernes por la noche.
Una de las muchas alegrías que me ha reportado el divorcio es que ya no tengo la obligación de salir a dar esos paseos dominicales vigorizantes por Dalkey, intercambiando saludos educados con parejas grises que consideran que mi acento devalúa el valor de sus propiedades inmobiliarias. A Holly le gustan los columpios del parque Herbert (por lo que he creído entender por el vivo monólogo de baja intensidad que inicia cuando se sube a uno de ellos, los considera sus caballos y tienen alguna conexión con Robin Hood), de manera que ahí fue donde la llevé. El día, aunque hacía un frío apenas por debajo del punto de congelación, había acabado por iluminarse, y montones de padres divorciados habían tenido la misma idea. Algunos de ellos se habían llevado con ellos a sus nuevas novias trofeo. Yo, con Jackie y su chaquetón de leopardo falso, consideré que encajaba perfectamente en el paisaje.
Holly se abalanzó sobre los columpios y Jackie y yo encontramos un banco desde donde podíamos vigilarla. Observar a Holly columpiarse es una de las mejores terapias que conozco. Es una niña fuerte, para ser tan chiquitilla; puede estar meciéndose durante horas sin cansarse, y yo puedo pasarme todo ese tiempo contemplándola, felizmente hipnotizado por su vaivén. Fue entonces, cuando noté que los hombros empezaban a relajárseme, en que caí en la cuenta de lo tenso que había estado. Respiré hondo y me pregunté cómo iba a apañármelas para mantener a raya mi presión sanguínea cuando Holly creciera y dejaran de interesarle los parques.
Jackie comentó:
– Madre mía, ha crecido más de veinte centímetros desde la última vez que la vi… Dentro de nada me pasa una cabeza…
– Así es. Creo que de aquí a poco voy a encerrarla en su habitación hasta que cumpla los dieciocho años. Estoy preparándome para la primera vez que mencione el nombre de un chico sin fingir que siente arcadas.
Estiré las piernas delante de mí, me enlacé las manos tras la nuca, dirigí el rostro hacia el tenue sol y pensé en pasar el resto de la tarde exactamente en aquella postura. Se me relajaron los hombros un centímetro más.
– Pues ya puedes irte preparando. En los tiempos que corren empiezan muy temprano.
– Holly no. Le he explicado que los chicos no dejan de usar pañales hasta los veinte años.
Jackie soltó una carcajada.
– Pues con eso sólo vas a conseguir que le gusten los chicos mayores.
– Lo bastante mayores como para entender que papaíto tiene un revólver.
– Francis, quería preguntarte algo -cambió de tercio Jackie-. ¿Estás bien?
– Lo estaré una vez me libre de esta resaca. ¿Tienes una aspirina?
Rebuscó en su bolso.
– No, no llevo. Ese leve dolor de cabeza te sentará bien; así te lo pensarás dos veces antes de emborracharte la próxima vez. Pero no me refería a eso, de todos modos… Bueno… ya sabes a qué me refiero… ¿Cómo estás? Después de lo de ayer y de lo de anoche…
– Soy un hombre disfrutando de su tiempo libre en el parque con dos mujeres encantadoras. ¿Qué más puedo pedir?
– Tenías razón: Shay se comportó como un gilipollas. No debería haber hablado así de Rosie.
– Bueno, ahora ya no puede hacerle ningún daño.
– Estoy segura de que nunca estuvo con ella, al menos no de ese modo. Lo único que quería era fastidiarte.
– ¡No me digas! No me había dado cuenta…
– Normalmente no se comporta así. No me malinterpretes: no digo que sea ningún santo, pero está mucho más tranquilo que cuando éramos pequeños. Sólo que… no sabe bien cómo gestionar tu regreso. Seguro que me entiendes…
– No te preocupes por eso, cariño -la tranquilicé-. En serio. Hazme un favor: olvidemos lo ocurrido, disfrutemos del sol y contemplemos a mi maravillosa hijita. ¿De acuerdo?
Jackie rió.
– Fantástico -respondió-. Vamos allá.
Holly desempeñó su papel siendo la niña más guapa que un padre podía desear: se le habían escapado algunos mechones de la coleta y el sol hacía que refulgieran como el fuego, mientras ella continuaba columpiándose canturreando algo para sí misma en voz baja. El nítido balanceo de su espalda y el movimiento natural con el que encogía y estiraba las piernas fueron relajándome los músculos, con una dulzura similar a la de un porro de primera categoría.
– Ya ha hecho los deberes -informé transcurrido un rato-. ¿Quieres que vayamos al cine después de comer?
– Claro. Voy a avisar en casa.
Los otros cuatro pasarían la resaca combinada con la pesadilla del fin de semana en casa: domingo por la noche con mamá y papá, roast beef, helado de tres sabores… y diversión y juegos a gogó hasta que alguien pierde la cabeza.
– Llega tarde y ya está -la incité-. Compórtate como una rebelde.
– He dicho que iba a encontrarme con Gav en la ciudad primero, para tomarme una cerveza con él antes de que salga de juerga con sus amigos. Si no paso un poco de tiempo con él va a acabar pensando que me he buscado un amante. Sólo he venido a comprobar si estabas bien.
– ¿Por qué no le invitas a que venga con nosotros?
– ¿A ver una película de dibujos animados? ¿Estás de broma?
– Oye, sería ideal para su nivel.
– ¡Calla! -rechistó Jackie en tono pacífico-. No sabes valorar a Gavin.
– Desde luego, no como tú lo haces. Pero diré en su favor que dudo mucho que a él le gustara que lo hiciera.
– Eres un guarro, de verdad. Ah, casi se me olvidaba: ¿qué te ha pasado en la mano?
– Intenté salvar a una virgen vociferante de unos motoristas nazis satánicos.
– Venga, hablo en serio. ¿Te caíste? ¿Después de separarnos anoche? No digo que estuvieras… borracho, pero…
Me sonó el teléfono, el que utilizan mis colaboradores en la calle.
– Vigila a Holly -le pedí, mientras rebuscaba el móvil en el bolsillo: no indicaba ningún nombre conocido y, además, no reconocía el número-. Tengo que responder. ¿Dígame?
Estaba a medio camino de levantarme del banco cuando Kevin balbuceó torpemente:
– Ehhh, ¿Frank?
– Lo siento, Kev. No me pillas en buen momento -dije y colgué, guardé el teléfono y me senté.
– ¿Era Kevin? -quiso saber Jackie.
– Sí.
– ¿Y qué sucede? ¿No estás de humor para hablar con él?
– No. No lo estoy.