Me miró con grandes ojos compasivos.
– Todo se arreglará, Francis. Ya verás. -Pasé por alto el comentario-. Te propongo una cosa -sugirió Jackie en un arrebato de inspiración-. Ven a casa de mamá y papá conmigo cuando devuelvas a Holly. Shay ya estará sobrio y estoy segura de que querrá disculparse contigo y Carmel va a traer a los críos…
– No me apetece -repliqué.
– Venga, Francis. ¿Por qué no?
– Papi, papi, papi… -Holly es de las personas más oportunas que conozco: saltó del columpio y vino corriendo al galope hasta nosotros, levantando las rodillas, imitando a un caballo. Tenía las mejillas sonrosadas y hablaba casi sin aliento-. Antes de que se me olvide, ¿puedo comprarme unas botas blancas? ¿Unas que tienen un borde de piel y dos cremalleras y que son muy blanditas y llegan hasta aquí de alto?
– Ya tienes muchos zapatos. La última vez que los conté tenías tres mil doce pares.
– Noooo, pero no tengo ningunas como éstas. ¡Venga, va! Un regalo especial.
– Depende -contesté-. ¿Por qué?
Si Holly quiere algo que no responde ni a la necesidad ni a una gran celebración, la obligo a exponerme sus motivos; quiero que comprenda la diferencia entre necesitar, querer y encapricharse. Me alegra, no obstante, que la mayor parte de las veces me pida las cosas a mí en lugar de a Liv.
– Porque Celia Bailey las tiene.
– ¿Y quién es esa tal Celia? ¿Va contigo a clases de baile?
Holly me miró atónita.
– Celia Bailey. Es famosa, papi.
– Me alegro por ella. ¿Y por qué es famosa?
Abrió los ojos aún más.
– Sale en la tele.
– Lo supongo. Pero ¿qué hace? ¿Es actriz?
– No.
– ¿Cantante?
– ¡No!
Era evidente que cada vez sonaba más estúpido. Jackie contemplaba la escena con una sonrisita en la comisura de los labios.
– ¿Astronauta? ¿Saltadora con pértiga? ¿Una heroína de la Resistencia francesa?
– ¡Para ya, papi! ¡Sale en la tele!
– También salen los astronautas y los cantantes y personas capaces de reproducir sonidos de animales con el sobaco. ¿Por qué sale esa tal Celia?
Holly tenía los brazos en jarras y empezaba a enfurruñarse.
– Celia Bailey es modelo -me informó Jackie, resuelta a evitar que nos enfadáramos-. Seguro que la has visto. Es una rubia. Salió con aquel tipo que era el dueño de las discotecas hace un par de años y él le puso los cuernos; ella encontró los mensajes de correo electrónico que le enviaba a su amante y los vendió a la prensa sensacionalista. Ahora es famosa.
– Ah, ésa -dije yo. Jackie estaba en lo cierto. La conocía: una irlandesa cabeza de chorlito cuyo mayor logro en la vida había sido ligarse a un niño mimado forrado de pasta y luego asistir a las tertulias diarias de la televisión para explicar, con una sinceridad desgarradora y unas pupilas del tamaño de la cabeza de un alfiler, cómo había logrado superar su adicción a la cocaína. Ésa es la suerte de personas que alcanzan el estrellato en Irlanda últimamente-. Holly, cariño, eso no es ser famoso. Eso es una mujer con la cabeza hueca embutida en un vestido que le va tres tallas pequeño. ¿Qué ha hecho en la vida que valga la pena?
Se encogió de hombros.
– ¿Qué sabe hacer?
Otro encogimiento de hombros, esta vez extravagante y con un deje de fastidio.
– Entonces ¿por qué demonios es famosa? ¿Por qué quieres parecerte a alguien así?
Puso los ojos en blanco.
– Porque es guapa.
– ¡Por el amor de Dios! -exclamé sinceramente horrorizado-. Pero si es de plástico. Se ha operado de pies a cabeza. Ni siquiera parece humana.
Holly estaba a punto de sacar humo por las orejas, del desconcierto y la frustración que llevaba encima.
– ¡Es modelo! ¡Lo ha dicho la tía Jackie!
– Ni siquiera es modelo. Lo único que ha hecho es salir en un puñetero cartel para un yogur bebible. Hay una diferencia entre eso y ser modelo.
– ¡Es una estrella!
– No lo es. Katharine Hepburn era una estrella. Bruce Springsteen es una estrella. Esa Celia no es más que un cero a la izquierda. El mero hecho de haber ido por la vida diciendo que era una estrella hasta encontrar a un puñado de pueblerinos idiotas que la han creído no la convierte en una estrella. Y con ello no te estoy llamando pueblerina idiota.
Holly se había puesto como la grana y tenía la barbilla erguida, lista para la pelea, pero supo refrenar su genio.
– Da igual. Ni siquiera me importa. Yo lo que quiero son unas botas blancas. ¿Me las compras?
Yo era plenamente consciente de que me estaba cabreando más de lo que la situación exigía, pero no era el momento de ceder.
– No. Cuando admires a alguien famoso por hacer algo (lo que tú quieras), te juro que te compraré hasta la última prenda de su armario ropero. Pero antes muerto que invertir tiempo y dinero en convertirte en un clon de un pellejo sin cerebro que cree que el máximo logro en la vida es vender las fotografías de su boda a una revista.
– ¡Te odio! -gritó Holly-. ¡Eres tonto y no entiendes nada! ¡Te odio!
Le propinó una fuerte patada al banco, justo a mi lado, y salió disparada hacia los columpios, demasiado furiosa como para darse cuenta siquiera de si le dolía el pie. Pero otro niño había ocupado su columpio, así que se desplomó en el suelo, con las piernas cruzadas a lo indio, echando humo.
Transcurrido un momento, Jackie comentó:
– Ostras, Francis. No pretendo decirte cómo educar a tu hija, sabe Dios que no tengo ni idea, pero ¿era necesario montar este numerito?
– Obviamente, sí, lo era. A menos que creas que disfruto fastidiándole las tardes de los fines de semana a mi hija por diversión…
– Sólo quería unas botas. ¿Qué importa a quién se las haya visto puestas? Esa Celia Bailey es tonta, pobrecilla, pero es inofensiva.
– No, no lo es. Celia Bailey es la viva estampa de todo lo que va mal en este mundo. Es igual de inofensiva que un bocadillo de cianuro.
– Venga ya. ¿A qué viene tanto enfado? Dentro de un mes, a Holly se le habrá olvidado que existe siquiera y estará loca por algún grupo de música para niñas…
– Jackie, no es ninguna trivialidad. Quiero que Holly aprenda que existe una diferencia entre la verdad y todas esas sandeces. Está completamente rodeada, por todos los ángulos, de personas que le explican que la realidad es subjetiva: que si uno está convencido de que es una estrella, entonces se merece un contrato con una discográfica, al margen de si sabe cantar o no; y que si está convencido de que existen armas de destrucción masiva, le importa bien poco que existan o no, y la fama es un todo o nada porque no existes a menos que un número determinado de personas te preste atención. Quiero que mi hija aprenda que no todo en este mundo está determinado por la frecuencia con la que lo oiga o las ganas que tenga de que sea verdad o cuántos espectadores tenga. En algún lugar, para que algo sea real, tiene que existir una puñetera realidad. Y Dios sabe que eso no se lo va a enseñar nadie más. Así que he decidido enseñárselo yo. Y si por el camino se pone borde en alguna ocasión, pues que se ponga.
Jackie enarcó las cejas e hizo un gesto repipi con los labios.
– Estoy segura de que tienes razón -replicó-. Mejor me quedo calladita…
Guardamos silencio durante un buen rato. Holly había conseguido hacerse con otro columpio y lo hacía girar en círculos concienzudamente para enrollar las cadenas y dejarlo caer con un gruñido.
– Shay tenía razón en una cosa -dije al fin-. Un país que rinde pleitesía a Celia Bailey está a punto de irse por el retrete.
Jackie chasqueó la lengua.
– No llames al mal tiempo.
– No lo hago. Simplemente digo que quizás un crac no nos iría del todo mal.
– ¡Por favor, Francis!
– Intento criar a una hija, Jackie. Ese simple hecho basta para acojonar a cualquier ser humano. Añádele el hecho de que intento educarla en un entorno donde de lo único que se habla, prácticamente, es de moda, fama y grasa corporal, donde te incitan a no pensar y comprarte algo bonito… Me paso anonadado la mayor parte del tiempo. Cuando era más pequeña lograba olvidarme de vez en cuando, pero crece cada día que pasa y yo cada vez tengo más miedo. Llámame loco si quieres, pero me gustaría pensar que vive en un país donde a las personas de vez en cuando no les queda otro remedio que concentrarse en algo más crucial que coches para pichascortas y Paris Hilton.