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– ¿Sabes a quién me recuerdas? A Shay -replicó Jackie, con una sonrisita maligna dibujándosele en la comisura de los labios.

– No seas malvada. Si pensara que eso es cierto, me volaría la cabeza.

Me miró con cara de resignación.

– Ya sé lo que te pasa -me informó-. Anoche te tomaste una cerveza que te sentó mal y tienes los intestinos destrozados. Eso siempre os pone de mal humor. ¿Tengo razón?

Volvió a sonarme el teléfono: Kevin.

– ¡Joder! -exclamé, en un tono más desagradable de lo pretendido. Darle mi número había tenido sentido en aquel momento, pero con mi familia cedes un centímetro y se trasladan a tu casa y empiezan a redecorártela. Además, ni siquiera podía apagar aquel maldito trasto, porque había personas que podían necesitarme en cualquier momento-. Si el puñetero Kev es tan malo captando indirectas, no me extraña que no tenga novia.

Jackie me dio una palmadita apaciguadora en el brazo.

– No le hagas caso. Deja que suene. Esta noche le preguntaré si llamaba para algo importante.

– No, gracias.

– Apuesto a que lo único que quiere saber es si volveréis a veros.

– No sé cómo explicártelo para que me entiendas, Jackie, pero me importa un bledo qué quiere Kevin. Aunque, si resulta que estás en lo cierto y lo único que quiere es saber si volveremos a quedar, puedes decirle de mi parte, con mucho amor y muchos besos, que no volveremos a vernos nunca. ¿Entendido?

– Venga, Francis, basta ya. Sabes que no hablas en serio.

– Y tanto que sí. Créeme, Jackie, lo hago.

– Es tu hermano.

– Y, por lo que he podido ver, es un tipo muy agradable que supongo que cuenta con un amplio círculo de amigos y conocidos que lo adoran. Pero yo no soy uno de ellos. Mi único vínculo con Kevin es un accidente de la naturaleza que nos embutió en la misma casa durante unos cuantos años. Y ahora que ya no vivimos ahí, ya no tiene nada que ver conmigo, no más que el tipo que hay sentado en aquel banco. Y lo mismo digo de Carmel, de Shay y, desde luego, de mamá y papá. No nos conocemos, no tenemos absolutamente nada en común y no se me ocurre motivo alguno en esta verde tierra que nos ha dado Dios para querer reunirnos para tomar té y pastitas.

– Contente un poco, hazme el favor -me instó Jackie-. Ya sabes que no es tan fácil como eso…

El teléfono volvió a sonar.

– Sí -refuté-. Sí lo es.

Toqueteó unas hojas caídas con la punta de un pie y esperó a que el teléfono volviera a guardar silencio. Entonces añadió:

– Ayer dijiste que nosotros éramos los culpables de que Rosie decidiera abandonarte.

Respiré hondo y suavicé mi voz.

– A ti no te culpo. Si aún andabas con pañales…

– ¿Por eso a mí sí sigues viéndome?

– Ni siquiera se me había ocurrido que recordaras aquella noche -contesté.

– Le pedí a Carmel que me explicara lo ocurrido ayer, después de que… Recuerdo fragmentos aislados. Se me mezclan momentos, como a todos.

– A mí no -la contradije-. Recuerdo ese día con una claridad cristalina.

Eran cerca de las tres de la madrugada cuando mi amigo Wiggy concluyó la jornada en su segundo empleo y apareció en el aparcamiento para darme mi pasta y cubrir el resto de su turno. Yo regresé caminando a casa en medio de las migajas estentóreas y tambaleantes del sábado noche, silbando bajito para mí mismo, soñando con el día siguiente y compadeciendo a los demás hombres por no ser yo. Doblé la esquina de Faithful Place flotando en el aire.

De repente intuí que algo había sucedido. La mitad de las ventanas de la calle, incluidas las nuestras, estaban iluminadas. Si uno se colocaba en pie en la parte superior de la calle y prestaba atención podía escuchar las voces susurrando tras los cristales, vertiginosas y tensas por la emoción.

La puerta de nuestro piso tenía unas cuantas hendiduras y rozaduras nuevas. En el salón había una silla de la cocina bocabajo, con las patas separadas y astilladas. Carmel estaba arrodillada en el suelo, con el abrigo echado sobre un camisón floreado descolorido, barriendo la porcelana rota con un cepillo y un recogedor; le temblaban tanto las manos que no dejaban de caérsele los añicos. Mamá estaba sentada tensa en un extremo del sofá, resollando y secándose a toquecitos con un pañuelo el labio partido; Jackie estaba hecha un ovillo en el extremo opuesto, chupándose el dedo y acurrucada bajo una manta. Kevin estaba en la butaca, mordiéndose las uñas y con la vista perdida en la nada. Shay estaba apoyado en la pared, balanceándose sobre uno y otro pie, con las manos embutidas en sus bolsillos; tenía unos brutales círculos blancos alrededor de los ojos, como un animal acorralado, y se le ensanchaban las aletas de la nariz al respirar. Le iba a salir un bonito moretón en el ojo. Escuché el ruido de mi padre vomitando entre gritos ásperos en el fregadero de la cocina.

– ¿Qué ha sucedido? -pregunté.

Se sobresaltaron. Los cinco pares de ojos miraron en mi dirección, enormes y sin pestañear, totalmente inexpresivos. Carmel había llorado.

– Llegas en el momento oportuno -apuntó Shay.

Los demás guardaron silencio. Al cabo de un rato le arrebaté el cepillo y el recogedor a Carmel de las manos y la acompañé al sofá, donde se sentó entre mamá y Jackie y empezó a sollozar. Mucho rato después, los ruidos de la cocina dieron paso a ronquidos. Shay entró con mucha cautela y regresó con todos los cuchillos afilados. Ninguno de nosotros se acostó a dormir en la cama aquella noche.

Alguien había ofrecido a mi padre trabajar bajo mano aquella semana: cuatro días enyesando paredes sin necesidad de comunicárselo a la oficina de desempleo. Había acudido al bar con la paga extra y se había concedido a sí mismo un premio a base de toda la ginebra que era capaz de aguantar. A mi padre la ginebra le provoca autocompasión y la autocompasión lo convierte en un ser malvado. Había regresado tambaleándose a Faithful Place y había montado un numerito delante de la casa de los Daly, conminando a Matt Daly a gritos a salir a pelear como un hombre. Con la salvedad de que en aquella ocasión había ido un paso más allá de lo habitual. Se había abalanzado contra la puerta de los Daly varias veces, cosa que no lo había llevado a ningún sitio, salvo a tropezarse en las escaleras. Se había descalzado un zapato y lo había arrojado una y otra vez contra la ventana de los Daly. Entonces fue cuando mi madre y Shay habían salido a intentar obligarlo a entrar a rastras en casa.

Normalmente, mi padre solía encajar bien que alguien le comunicara que ya había suficiente por aquella noche, pero aquel día le quedaba aún bastante gasolina en el tanque. El resto de la calle, Kevin y Jackie incluidos, había contemplado desde la ventana cómo mi padre llamaba a mi madre «vieja frígida», a Shay «maricón inútil» y a Carmel, cuando salió en su ayuda, «sucia zorra». Mamá lo había llamado «vago y animal» y había implorado al cielo que se muriera y se pudriera en el infierno. Mi padre les había dicho a los tres que le quitaran las manos de encima o esa noche, mientras dormían, les cortaría el pescuezo. Entretanto, los había apaleado en la medida de sus fuerzas y posibilidades.

Nada de aquello era una novedad. La diferencia estribaba en que, hasta entonces, todo aquello había ocurrido puertas adentro. Traspasar aquella frontera equivalía a quedarse sin frenos a ciento veinte kilómetros por hora. Finalmente, en voz baja y llana, Carmel me había dicho: