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– Esto va cada vez a peor.

Nadie la miró.

Kevin y Jackie le habían gritado a mi padre por la ventana que parara; Shay les había chillado que regresaran dentro de casa; mi madre los había acusado a berridos de que todo aquello era culpa suya por obligar a su padre a beber, y mi padre les había aullado que esperaran a que entrara él en casa. Finalmente, alguien (y las hermanas Harrison eran la únicas vecinas que tenían teléfono) había llamado a la policía, cosa que todos sabíamos que no había que hacer jamás, junto con vender heroína a niños pequeños o jurar en presencia del cura. Mi familia había logrado que las hermanas Harrison se saltaran la barrera de este tabú.

Mamá y Carmel habían suplicado a los uniformados que no se llevasen a papá, menuda desgracia, y ellos habían sido lo bastante cándidos como para ceder a sus súplicas. En aquel entonces, a ojos de muchos policías la violencia doméstica era lo mismo que provocar estropicios en tu propia casa: una idea absurda, pero probablemente no un delito. Habían arrastrado a papá hasta arriba de las escaleras, lo habían soltado en el suelo de la cocina y se habían largado.

– Fue una mala noche, estoy contigo -convino Jackie.

– Supuse que había hecho cambiar de opinión a Rosie -expliqué yo-. Durante toda su vida su padre la había advertido sobre la pandilla de salvajes que somos los Mackey. Y ella había prestado oídos sordos a sus advertencias, se había enamorado de mí y se había convencido a sí misma de que yo era diferente. Y entonces, a sólo unas horas de dejar toda su vida en mis manos, justo cuando cada minúscula duda en su pensamiento se habría multiplicado por mil, precisamente entonces aparecieron los Mackey para demostrarle que su padre tenía razón: montamos un espectáculo para todo el vecindario, entre gritos, como unos camorristas, pegándonos e insultándonos como una pandilla de babuinos drogados con polvo de ángel. Debió de preguntarse si yo también sería así de puertas para adentro. Tuvo que preguntarse, en lo más profundo de su ser, si yo también sería uno de ellos. Y sin duda debió de plantearse cuánto tardaría en aflorar el Mackey que yo llevaba dentro.

– Y decidiste marcharte, aunque fuera sin ella.

– Pensé que me merecía salir de todo aquello, sí -contesté.

– Siempre me había preguntado por qué no regresaste a casa sin más.

– De haber tenido dinero, me habría subido a un avión y habría puesto rumbo a Australia. Cuanto más lejos, mejor.

Jackie preguntó:

– ¿Sigues culpándolos? ¿O sólo lo hiciste anoche por efecto de la bebida?

– Sí los culpo -contesté-. Los culpo a todos. Es probable que sea injusto, pero a veces la vida es muy perra.

Me sonó el móviclass="underline" un mensaje de texto. «Hola, frank, soy kev, no quiero molestarte pq eres 1 hombre ocupado pero llamame cuando puedas. Es sólo para hablar. Gracias.» Lo borré.

– Sin embargo, ¿y si después de todo Rosie nunca tuvo intención de abandonarte, Francis? -expuso Jackie-. ¿Entonces qué?

No tenía respuesta para aquella pregunta, de hecho, una gran parte de mi cabeza ni siquiera la asimilaba, y me parecía que llegaba con demasiadas décadas de retraso como para buscar una. Ignoré a Jackie hasta que se encogió de hombros y decidió retocarse el pintalabios. Observé a Holly dar vueltas describiendo grandes y alocados círculos a medida que las cadenas del columpio se desenredaban y me concentré en pensar exactamente en nada salvo en si debería ponerle la bufanda, cuánto tiempo transcurriría hasta que se le pasara el enfado y viniera diciendo que tenía hambre, y qué ingredientes iba a echarle a mi pizza.

Capítulo 10

Nos comimos la pizza, Jackie se dirigió a demostrarle un poco de amor a Gavin y Holly me suplicó que la llevara a la pista de patinaje sobre hielo que habilitan en la Sociedad Real de Dublin durante las navidades. Holly patina como un hada y yo patino como un gorila con problemas neurológicos, cosa que para ella supone un valor añadido porque se troncha de risa cuando me estampo contra las paredes. Cuando la devolví a casa de Olivia, ambos estábamos felizmente exhaustos y un poco exaltados por todos esos villancicos navideños enlatados y, sin duda alguna, de mucho mejor humor. Al vernos en el umbral, sudados, desaliñados y sonrientes, incluso Liv consiguió esbozar una sonrisa reacia. Me encaminé a la ciudad a tomar un par de cervezas con los colegas, luego regresé a casa (Twin Peaks nunca me había parecido más bonito) y me cargué unos cuantos nidos de zombis en la Xbox antes de irme a dormir acariciando el agradable pensamiento de disfrutar de una jornada normal de trabajo, tanto que incluso pensé que podría comenzar la mañana siguiente por besuquear la puerta de mi despacho.

Fui listo al disfrutar del mundo real mientras tuve oportunidad. En lo más profundo de mí, incluso mientras agitaba mi puño al cielo y juraba no volver a ensuciar los adoquines de aquel agujero infernal nunca más, debí saber que Faithful Place iba a tomarse mi promesa como un desafío. Me había concedido permiso para alejarme de su territorio, pero iba a volver en busca de mí.

Se acercaba la hora del almuerzo del lunes y yo acababa de presentar a mi chico con el lío del traficante de drogas a su nueva abuelita cuando sonó el teléfono de mi despacho.

– Mackey -saludé.

Brian, el administrador de nuestra brigada, me informó:

– Tienes una llamada personal. ¿Quieres que te la pase? No te habría molestado, pero suena… no sé… urgente. Y eso por decirlo suavemente.

Kevin otra vez; tenía que ser él. Pese a todo el tiempo que había transcurrido, seguía siendo el mismo capullo pegajoso: un día acompañándome y ya pensaba que era mi mejor nuevo amigo o mi compañero o lo que fuera que se hubiera imaginado. Cuanto antes atajara aquel asunto de raíz, mejor.

– ¡Joder! -exclamé, mientras me frotaba el entrecejo, que súbitamente había empezado a latir con fuerza-. Pásamelo.

– Pásamela -me corrigió Brian-, y no parece que esté muy contenta. He creído conveniente advertírtelo.

Era Jackie y lloraba a moco tendido.

– Francis, gracias al cielo, por favor, tienes que venir. No lo entiendo, no sé qué ha pasado, por favor…

Su voz se disolvió en un lamento, un sonido fino y agudo mucho más allá de la vergüenza o el control. Algo frío se tensó en mi nuca.

– ¡Jackie! -le dije bruscamente-. Explícame qué sucede.

Apenas pude entender la respuesta: algo acerca de los Hearne, la policía y un jardín.

– Jackie, sé que estás triste, pero necesito que te recompongas un segundo para explicarme qué ha ocurrido. Respira hondo y cuéntamelo.

Tomó aliento.

– Kevin. Francis… Francis… Dios mío… Es Kevin.

Esa abrazadera gélida de nuevo, más tensa ahora.

– ¿Qué le pasa? ¿Está herido? -pregunté.

– Está… Francis, Dios mío… Está muerto. Está…

– ¿Dónde estás?

– En casa de mamá. Fuera.

– ¿Está ahí Kevin?

– Sí… no… aquí no, en la parte posterior, en el jardín, está… está…

Volvió a quebrársele la voz. Sollozaba e hiperventilaba al mismo tiempo.

– Jackie, escúchame con atención. Siéntate, bebe algo y asegúrate de que alguien se ocupe de ti. Salgo ahora mismo para ahí.

Ya tenía la chaqueta medio puesta. En la Secreta nadie te pregunta dónde estabas esta mañana. Colgué y salí corriendo.

Y allí volvía a estar, de regreso en Faithful Place, como si nunca me hubiera ido. La primera vez que salí de allí, aquel sitio me había permitido escapar durante veintidós años antes de tensar la cuerda. La segunda me había reclamado en menos de treinta y seis horas.

El vecindario al completo se había echado de nuevo a la calle, como si fuera sábado por la tarde, sólo que aquella vez era distinto. Los niños estaban en la escuela y los adultos en sus puestos de trabajo, de manera que sólo había ancianos, amas de casa y ratas que viven del subsidio de desempleo, todos ellos bien protegidos del frío cortante, y nadie parecía exultante por estar pasando un feliz día a la intemperie. Todas las escaleras y todas las ventanas estaban abarrotadas de rostros inexpresivos y observadores, pero la calle estaba vacía, salvo por mi viejo amigo el monstruo de la ciénaga, que caminaba arriba y abajo como si estuviera protegiendo el Vaticano. Los uniformados se habían situado un paso por delante en esta ocasión y habían hecho retroceder a los curiosos antes de que ese zumbido peligroso empezara a cobrar vida. En algún lugar, un bebé lloriqueaba, pero, aparte de eso, imperaba un silencio asesino, tan sólo interrumpido por el murmullo del tráfico lejano, el repiqueteo de las suelas de los zapatos del monstruo de la ciénaga y el lento goteo de la lluvia matutina deslizándose por los canalones de las casas.