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Tampoco había furgoneta de la Científica en esta ocasión, ni andaba por allí Cooper, pero entre el coche de los uniformados y el vehículo del depósito de cadáveres estaba estacionado el brillante Beemer plateado de Scorcher. La cinta de escena del crimen volvía a rodear la casa del número dieciséis de la calle y un tipo corpulento vestido de paisano, uno de los hombres de Scorch a juzgar por el traje, vigilaba que nadie la traspasase. Fuera lo que fuese que se había llevado a Kevin, no había sido un infarto.

El monstruo de la ciénaga optó por ignorar mi presencia, lo cual resultó una buena opción. En las escaleras del número ocho estaban Jackie, mi madre y mi padre. Mi madre y Jackie estaban abrazadas; por su aspecto, parecía que, si se apartaban, ambas se desmoronarían. Papá daba caladas ansiosas a un pitillo.

Muy despacio, a medida que fui acercándome, sus ojos se posaron en mí, pero parecían no reconocerme. Cualquiera habría dicho que era la primera vez que me veían.

– Jackie. ¿Qué ha sucedido?

Papá se adelantó:

– Que has regresado. Eso es lo que ha sucedido.

Jackie me agarró por las solapas con fuerza y presionó su cabeza contra mi brazo. Tuve que reprimir el impulso de desembarazarme de ella.

– Jackie, cielo -dije con cariño-. Necesito que mantengas el tipo un poco más. Cuéntame qué ha ocurrido.

Empezó a temblar.

– Oh, Francis -musitó, con una voz apenas audible que denotaba asombro-. Oh, Francis. ¿Cómo…?

– Ya lo sé, cielo. ¿Dónde está?

Mamá contestó con tristeza:

– Está en la parte posterior del número dieciséis. En el jardín. Ha pasado toda la mañana ahí, con toda esta lluvia que está cayendo.

Estaba apoyada en la verja y su voz sonaba grave, a amargura, como si llevara horas sollozando, pero sus ojos seguían siendo intensos y estaban secos.

– ¿Alguien tiene alguna idea de lo que ha ocurrido?

Nadie contestó. Mamá movió los labios.

– Está bien -dije-. ¿Estamos seguros al cien por cien de que es Kevin?

– Claro que lo estamos, bobo -contestó mamá con brusquedad. Me miró como si estuviera a punto de cruzarme la cara-. ¿Crees acaso que no reconocería al hijo que he llevado en mis entrañas? ¿Es que te has vuelto tonto o qué te pasa?

Me vinieron ganas de empujarla escaleras abajo.

– Está bien -dije-. Habéis actuado correctamente. ¿Dónde está Carmel?

– De camino -me informó Jackie-. Igual que Shay. Sólo tiene que, tiene que, tiene que… -No consiguió concluir la frase.

– Está esperando a que llegue el jefe para ocuparse de la tienda -aclaró mi padre. Dejó la colilla del cigarrillo sobre la verja y la observó caer y apagarse junto a la ventana del sótano.

– Bien -respondí yo. Bajo ningún concepto iba a dejar a Jackie con aquel par, pero ella y Carmel podían hacerse compañía-. No hay ningún motivo para que esperéis aquí con el frío que hace. Entrad en casa, tomad algo caliente y yo iré a ver si puedo descubrir qué ha sucedido.

Nadie se movió. Yo le solté a Jackie los dedos de mi chaqueta con la máxima delicadeza de la que fui capaz y los dejé allí a los tres. Docenas de ojos atónitos me persiguieron calle arriba hasta el número dieciséis.

El tipo grandullón que vigilaba la cinta echó un vistazo a mi identificación y me informó:

– El detective Kennedy está en la parte posterior. Baje por las escaleras y salga por la puerta.

Le habían advertido de mi presencia previsible.

La puerta trasera estaba entreabierta y por ella penetraba una veta de luz grisácea y fantasmal que iluminaba vagamente el sótano y las escaleras. Los cuatro hombres que había en el jardín parecían salidos de un retablo o de un sueño de morfina. Los tipos de la morgue, con toda su parafernalia y enfundados en sus monos de un blanco prístino, aguardaban pacientemente apoyados en su camilla contra una pared recubierta de malas hierbas, entre cascos de botellas y agujas gruesas como cables; Scorcher, mordaz e hiperrealista con su lacia cabeza inclinada y su abrigo negro aleteando contra la gastada pared de ladrillo, estaba agachado y alargaba una mano enguantada; y luego estaba Kevin. Estaba tumbado boca arriba, con la cabeza hacia la casa y las piernas abiertas en un ángulo imposible. Tenía un brazo por encima del pecho y el otro doblado bajo él, como si lo hubieran inmovilizado. Tenía la cabeza echada hacia atrás, en un gesto salvaje, y miraba en la dirección opuesta a mí, y grandes charcos irregulares de algo negruzco cubrían la suciedad que había a su alrededor. Los dedos blancos de Scorcher rebuscaban con delicadeza en el bolsillo de sus tejanos. El viento silbaba, un silbido agudo y peligroso, por encima de la tapia.

Scorcher fue el primero en oírme o en advertir mi presencia. Alzó la vista, apartó su mano de Kevin bruscamente y se enderezó.

– Frank -me saludó, acercándose hacia mí-. Lamento mucho tu pérdida.

Estaba desenfundándose el guante, preparándose para darme un apretón de manos.

– Quiero verlo -le corté.

Scorcher asintió con la cabeza y dio un paso atrás para apartarse de mi camino. Me arrodillé en medio de toda la basura y las malas hierbas, junto al cuerpo de Kevin.

La muerte había hecho que se le afilaran los rasgos, sobre todo los pómulos y la boca; parecía cuarenta años mayor de lo que jamás llegaría a ser. El lado de la cara que se le veía estaba blanco como la nieve; el opuesto, donde la sangre se había asentado, estaba manchado de color morado. De la nariz le manaba un hilillo de sangre seca y, a través de su mandíbula abierta, pude ver que le habían roto los dientes delanteros. Tenía el cabello lacio y sin vida, oscuro por efecto de la lluvia. Le caía un párpado mustio sobre un ojo nebuloso, como en un guiño malicioso y estúpido a la vez.

Me sentí como si me hubieran empujado bajo una catarata y el agua me estuviera asestando una paliza, como si la fuerza del agua me arrancara el aliento.

– Cooper. Llamad a Cooper -dije.

– Ya ha estado aquí.

– ¿Y?

Un silencio minúsculo. Vi a los muchachos de la morgue intercambiar una mirada. Entonces Scorcher me explicó:

– En su opinión, tu hermano falleció o bien por una fractura en el cráneo o bien porque le rompieron el cuello.

– ¿Cómo?

Scorcher contestó con delicadeza:

– Frank, ahora tienen que levantar el cadáver. Vayamos dentro; hablaremos allí. Ellos se ocuparán de él.

Alargó la mano para ayudarme a incorporarme sujetándome del codo, pero tuvo la sensatez de no tocarme. Miré por última vez el rostro de Kevin, aquel guiño ausente, el hilillo negro de sangre y la delicada curva de su ceja, que en el pasado había sido lo primero que había visto cada mañana, junto a mí, en la almohada, cuando yo tenía seis años.

– De acuerdo -accedí.

Al dar media vuelta para marcharme, escuché el pesado crujido de los muchachos al abrir la cremallera de la bolsa para el cadáver.

No recuerdo entrar en la casa ni a Scorcher guiándome por las escaleras, apartándome del camino de los muchachos de la morgue. Ningún acto infantiloide como liarme a puñetazos con las paredes cambiaría la realidad; estaba tan enfadado que por un minuto pensé que me había quedado ciego. Cuando se me aclaró la vista nos encontrábamos en la planta superior, en una de las estancias posteriores que Kevin y yo habíamos comprobado el sábado. Estaba más iluminada y era más fría de lo que recordaba; alguien había abierto la hoja inferior de las ventanas de guillotina y un haz de luz gélida se había filtrado en el interior.